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Luis León, Bet-Biraí Nieto, Francisco Pazos, Juan Carlos Rodríguez y Jorge Villalpando
El estado de emergencia en el que se encuentran más de 300 municipios en 10 estados del país por terremotos y huracanes, minó la capacidad de las autoridades encargadas de coordinar esfuerzos de atención a víctimas

El sismo que golpeó la tarde de este 19 de septiembre a 10 estados del país, incluida la Ciudad de México, abrió la última herida que separa a la sociedad de las estructuras de gobierno.

En las últimas semanas el país ha sido sacudido por dos terremotos que arrasaron poblados en Oaxaca y Chiapas, y por huracanes o tormentas que golpearon con fuerza las costas del Pacífico y del Golfo de México, y sumieron en la miseria a cientos de pobres. En cada caso, el común denominador ha sido la respuesta inmediata de la sociedad que se ha volcado en atender la emergencia y resolver lo urgente, ante la pasividad de las autoridades.

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De esta forma y en tan corto tiempo, el estado de emergencia en el que se encuentran más de 300 municipios de 10 estados del país, colapsó la capacidad del Sistema Nacional de Protección Civil, órgano creado para impedir que ocurriera lo que se registró 32 años atrás, en el sismo de 1985, descoordinación, corrupción, improvisación y lentitud en la respuesta de las instituciones del Estado.

En prácticamente todos los escenarios de destrucción que se han registrado por lluvias o sismos en Oaxaca, Chiapas, Morelos, Guerrero, Puebla, Tlaxcala, estado de México, Tabasco, Veracruz o la Ciudad de México, la ausencia o tardanza de las dependencias locales y federales de protección civil, salud, seguridad social y de seguridad pública ha sido notorio. El vacío fue tan grave que no sólo rescatistas improvisados y algunos entrenados escalaron montañas de escombros para buscar sobrevivientes; sino que también levantaron piedras  para abrir caminos o cerraron vialidades por seguridad, abrieron albergues, repartieron alimentos, recabaron medicinas, construyeron sus listas de heridos, desaparecidos y hospitalizados, dotaron de equipo a los excavadores, improvisaron consultorios, se convirtieron en choferes, cocineros, personal de vialidad y vigilancia, y hasta albergaron a vecinos.

Pero fue el impacto del terremoto de este 19 de septiembre el que terminó por exhibir las deficiencias de las autoridades. Testimonios recabados por ejecentral, por parte de personal especializado que participó en las tareas de rescate, muestran que el sistema de intercomunicación de las fuerzas federales falló durante las primeras 24 horas del desastre. También evidenciaron que ninguno de los planes de atención de emergencia que implementan la Policía Federal, la Marina y el Ejército se integraron en uno solo, junto con el de la Ciudad de México, por lo que no trabajaron bajo un solo mando.

Y por si fuera poco, el equipo especializado que se utilizó por parte de Cruz Roja y bomberos o Marina fue de poco impacto, porque se tuvo que dividir en pequeñas células para abarcar más inmuebles, porque otro equipo especializado, como los drones que detectan la presencia de cuerpos por la temperatura y que posee la Policía Federal no se utilizaron.

Esta vez se puso a prueba toda la capacidad federal y estatal. En un diagnóstico que aparece en el Programa Nacional de Protección Civil 2014-2018, se reconoce que una mala coordinación, carente de articulación, esquemas de cooperación y sinergia entre todos los involucrados de los planes de protección civil de los estados con el gobierno federal “ha provocado una deficiente disponibilidad y aprovechamiento de los recursos para atender emergencias, tales como los refugios temporales, la instalación de centros de acopio, la capacidad de distribución de ayuda humanitaria, entre otros”.

Dentro de estas deficiencias, se incluye la falta de registros públicos del estado de la Red Nacional de Brigadistas Comunitarios, así como de la participación de grupos voluntarios en acciones de protección civil, “los cuales antes las inclemencias han sido los iniciadores y organizadores de sus propias acciones, lo cual genera dificultades operativas para convocarlos a realizar trabajos preventivos, urgentes o de auxilio a la población, ya que no hay una coordinación con la autoridad local de protección civil”.

Esta insuficiente coordinación con grupos especializados ha provocado con frecuencia respuestas desarticuladas, parciales y poco efectivas en cuanto a la administración de emergencias y desastres, lo cual genera finalmente un limitado aprovechamiento de este recurso humano. Asimismo, se debe considerar que el Gobierno de la República ha centralizado sus recursos humanos y materiales en la generación de un modelo de gestión de riesgos poco cooperativo, vertical e ineficiente, lo que provoca que la atención por parte de las autoridades federales se retrase al tener que atender eventos simultáneos. Existe una deficiente capacidad de las instancias operativas de comunicación, de alertamiento, información, apoyo permanente y enlace entre los integrantes del sistema, en las tareas de preparación, auxilio y recuperación, esto se debe a que los protocolos de respuesta a emergencias están desactualizados y los boletines de alertamiento tienen un alcance territorial limitado”.

De acuerdo con la Ley General de Protección Civil el Sistema Nacional de Protección Civil se coordina desde la Secretaría de Gobernación y se integra por todas las dependencias y entidades de la administración pública federal, por los sistemas de protección civil de las entidades federativas, sus municipios y las delegaciones; por los grupos voluntarios, vecinales y organizaciones de la sociedad civil, los cuerpos de bomberos, así como por los representantes de los sectores privado y, social, los medios de comunicación y los centros de investigación, educación y desarrollo tecnológico.

La falta de actualización de un marco jurídico que permita a cada uno de sus integrantes tener las bases legales de actuación para coordinar esfuerzos y recursos en favor de la población.

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Una historia conocida

¡Otra vez las costureras! Exclamó un taxista que circulaba cerca de las calles Chimalpopoca y Bolívar, donde se encontraba uno de los 800 talleres que cayeron el 19 de septiembre de 1985. El terremoto de hace 32 años cobró la vida de 600 mujeres. Treinta y dos años después, un edificio de cuatro pisos de la empresa textiles ABC Toys, en la colonia Obrera, fue escenario de una tragedia similar en la que las protagonistas fueron las mismas costureras.

Entre los escombros, hombres y mujeres, todos civiles, ninguno con insignias en sus ropas ni capacitación en protocolos de protección civil y rescate, pero sí organizados, sacaron con cubetas y carritos del supermercado Bodega Aurrerá, que justamente se encontraba frente al lugar del desastre, decenas de pedazos de escombro y fierros.

El desplome del edificio, que tenía los vidrios polarizados, le ha dado la vuelta a las redes sociales por medio de un video que dio cuenta de la desgracia: una nube de humo y polvo se levantó sobre la calle. En el predio contiguo, la escuela primaria Simón Bolívar resintió el golpe del derrumbe y sólo perdió una de sus bardas al derrumbarse sobre una vecindad contigua.

El sismo de magnitud 7.1 paralizó a la ciudad, que incrédula guardó silencio ante la tragedia. La parálisis también engulló a los cuerpos de reacción y auxilio de la capital, así como a los federales. Hasta el edificio de las costureras, la ayuda de elementos de Protección Civil tardó una hora con 40 minutos en llegar, y en las primeras horas del siniestro, el Ejército simplemente estuvo ausente.

Sin embargo, los vacíos que la autoridad iba dejando fueron prácticamente, y casi  de inmediato, cubiertos por la ciudadanía. Habían pasado ya más de tres horas desde que ocurrió el terremoto y no existía un puesto de mando en el sitio para coordinar las tareas de rescate.

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El desarrollo de las acciones frente a la emergencia y la obligada reacción de la sociedad dejó ver que el Comité de Emergencias, presidido por el secretario de Protección Civil de la Ciudad de México, Fausto Lugo, estaba rebasado.

Las evaluaciones sobre el estado de 38 edificios que colapsaron durante el sismo no se realizó a tiempo, los servicios básicos en colonias de las delegaciones Benito Juárez y Cuauhtémoc tardó en ser restablecida más de 12 horas y falló la coordinación de las brigadas de acopio y rescate. Todo quedó en manos de la sociedad. En tanto, la operación de rescate en el edifico de Simón Bolívar continuaba, quien llegó cerca de las cuatro de la tarde fue el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, el cual fue despachado casi de inmediato entre gritos y rechiflas de los presentes. ¡Largo!, ¡Ensúciate las manos, cabrón! Poco más de media hora después, las autoridades de Protección Civil anunciaron que había una fuga de gas y se interrumpieron por unos minutos las labores de rescate.

Pese a ello, el escenario de solidaridad se extendió, pues los primeros en prestar auxilio para rescatar a los sobrevivientes fueron los vecinos, la sociedad civil, entre ellos estudiantes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), quienes se coordinaron para sacar piedra por piedra y extraer a la gente sepultada entre los escombros. Entre ellos, Alejandra Hernández Morán e Israel López, estudiantes de las carreras Arte y Patrimonio y Promoción de la Salud, respectivamente.

“Entramos a la explanada de la escuela y llegando ahí vimos los escombros y a la gente que estaba arriba de la estructura que ya estaba colapsada”, relató Israel, quien explicó que desde que arribaron al lugar hasta las siete de la noche, hora en la que los jóvenes se tomaron un descanso, fueron testigos del rescate de ocho personas vivas y cinco muertas. Hacia las 6:30 de la tarde, una mujer fue sacada de los escombros.

Ante la emergencia y para hacer frente a la tragedia, el heroísmo no conoce de cargos o escalafones. El conserje del edificio, rescató a 25 personas, sus actos se sumaron a los de oficinistas, albañiles y otras decenas de jóvenes estudiantes que estuvieron siempre dispuestos y ansiosos por ayudar.

En las inmediaciones de la zona, las calles se tornaron más que solidarias: en varios automóviles se pegaron cartulinas de colores con la leyenda “No fumes, hay fuga de gas”, llegaron cuadrillas de 20 personas equipadas con picos, palas, cascos y cubetas a bordo de camionetas; decenas que también aportaron ayuda llevando comida, cargando garrafones y paquetes con agua embotellada, cubrebocas, gasas y otros enseres de primera necesidad.

Adolfo Vladimir

El cuidado de la comunidad también salió de parte de sus habitantes: “Hay muchas ratas por acá”, esos no son de la colonia, dijo un vecino que advirtió la presencia de delincuentes que trataban de abrir los automóviles estacionados cerca del lugar del siniestro.

Tragedia con punto paralelismo

La posibilidad de que un sismo con capacidad destructiva ocurriera el 19 de septiembre, el mismo día que el de 1985, era remota. Pero ocurrió. Esa cruel paradoja fue aderezada con el hecho igualmente inverosímil, por lo trágico de su resultado: el derrumbe en la colonia Obrera de un edificio ocupado por talleres de costura. Otra vez una fábrica de ropa. Otra vez costureras atrapadas. Como hace 32 años.

Conforme el día avanzó y las calles fueron quedando vacías, llegar a la zona del derrumbe fue cada vez más complicado. Para llegar a la fábrica de textiles es necesario cruzar una larga calle semivacía, oscura y llena de grafitis.

Como fue constatado en otras zonas de la ciudad, los habitantes de la colonia, con el apoyo secundario de policías, mantuvieron el control del acceso principal a la calle Bolívar, que conduce a través de un callejón oscuro a un camino tenebroso, cuyo semblante cambia al doblar la esquina, y observar a un ejército de voluntarios que esperaba indicaciones para poner sus manos al servicio del rescate.

Con la noche, potentes reflectores marcaban la zona de la tragedia. Al igual que ocurrió en Gabriel Mancera, en la colonia Del Valle, el mando de las labores de rescate fue asumido por el Ejército Mexicano, cuyos elementos controlaron el perímetro con el apoyo de Seguridad Pública de la Ciudad de México y la Policía Federal. Aunque esto ocurrió horas después del sismo.

Otra vez, como en 1985, la fábrica en la que laboraban costureras sucumbió a la sacudida y quedó reducida a escombros. Los cuatro pisos colapsaron y quedaron compactados en no más de tres metros. Hay muy pocos resquicios para trabajar y los movimientos requirieron de precisión quirúrgica, por los lados, no había de otra.  Así fue como elementos de la Cruz Roja Mexicana, voluntarios, los Topos Tlatelolco y cientos de personas cubrieron todos los frentes del edificio. A un costado se localiza la escuela primaria Simón Bolívar, en la que sólo se cayó una barda. En el patio de este colegio se movilizaron al menos 200 voluntarios que gritaban, se organizaban y apoyaban en tareas para buscar sobrevivientes.

A pesar de la presencia del Ejército, aquí los voluntarios también fueron los que se organizaron sin recibir órdenes de nadie. Subidos en el techo, cuatro personas desmontaron un anuncio espectacular con sopletes de gas. Mientras, en tierra los gritos organizaban una cadena humana para pasar cubetas llenas de cascajo. El objetivo era abrir terreno para que varios topos se escabulleran por los recovecos de la parte del edificio que colinda con la escuela. En tanto, un centenar de voluntarios esperaban a que terminaran los trabajos del trascabo para ayudar con sus manos.

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Sin voz de mando

Al cruzar el camellón de la calle Chimalpopoca -que hace intersección con la calle Bolívar- unas 40 mujeres resguardan los víveres recibidos, sobre todo paquetes de botellas de agua. También hay frazadas y comida. Hay mujeres deambulando con comida preparada y café que ofrecen a los voluntarios.

Nuevamente, los centros de acopio no respondían a las Normas Técnicas que establece la Ley del Sistema de Protección Civil de la Ciudad de México, que establece la coordinación y mando de las autoridades. Nada de eso ocurrió, las decisiones fueron tomadas por cada grupo de vecinos y voluntarios.

Para llegar a la azotea hay que escalar por una esquina que se venció y las placas de cemento sirven de rampa. Arriba se organizan elementos de la Cruz Roja y voluntarios. También hay efectivos del Ejército, pero no participan en la remoción. Sólo resguardan.

El techo está lleno de agujeros que complican el avance para llegar al interior de la fábrica. Uno de los voluntarios dice que se han rescatado al menos a 14 costureras con vida. Nadie observa su reloj ni está pendiente de la hora. El trascabo termina su trabajo y ahora un elemento canino busca señales de vida. Todos los voluntarios observan en silencio. Se escuchan gritos de júbilo: el can parece que encontró a alguien. Pero empieza la carrera contra el reloj.

Del lado de la escuela piden silencio, parece que otra sobreviviente fue encontrada cerca, y justo a las 5 de la madrugada el Ejército desaloja la azotea. Ya se removió el anuncio espectacular y las decenas de rescatistas y voluntarios descienden. Su rostro refleja insatisfacción e incertidumbre. Hay muchas manos y poca organización. Un rescatista independiente dice: “ninguna autoridad sabe qué hacer, ni saben organizarse. Escucha los gritos, no viene de un policía o un soldado, viene de la gente”.

Y los voluntarios siguen esperando el momento de actuar. El rescate de las costureras tendrá que esperar. Hasta el cierre de esta edición, la cifra de personas rescatadas con vida de los escombros del edificio de las costureras era de 37, aunque la expectativa se planteó en que al menos 100 personas podrían haber quedado atrapadas debajo de las ruinas.

La emergencia se viraliza

El hueco del silencio. Un zumbido sordo que se apoderó de la colonia Roma y la Condesa, aún con miles de capitalinos en las calles de la Ciudad de México; apareció de nuevo, como 32 años atrás, en un 19 de septiembre, el silencio de la tragedia.

Huecos que fueron revelados a los pocos minutos, cuando el polvo que marcó como aguijones los lugares de la tragedia, se disipó. Y entonces estaban ahí las imágenes que retuercen la voluntad y el aplomo. Pocas cosas cimbran tan profundo el espíritu como un edificio vuelto en escombros. Aplastado, despanzurrado, abierto.

Adolfo Vladimir

La urbe quedó incompleta. No como dos semanas atrás, cuando los capitalinos sorprendidos vieron como la ciudad aguantó el paso del que se dijo fue el terremoto de mayor magnitud vivido en los últimos 100 años. Esta vez la suerte no estuvo de nuestro lado.

Frente a la incertidumbre fue necesario plantar la cara. Los minutos que siguieron al sismo magnitud 7.1 que sacudió al Valle de México, además de Morelos, Puebla, Michoacán y Guerrero, pusieron a prueba todos los protocolos de actuación que durante décadas planearon las autoridades, de todos los niveles de gobierno, y que cada 19 de septiembre, irónicamente, se practicaban.

La mesa de la tragedia estaba puesta. En las calles al menos 39 edificios habían colapsado totalmente y alrededor de 600 tocados estructuralmente, y en riesgo de caer. La población todavía aturdida aguardaba que los protocolos, de los que tantas veces escuchó, fueran implementados desde el Gobierno de la Ciudad de México y el Gobierno Federal.

Se cernió el caos

No hubo zonas de seguridad delimitadas. Miles se arrejuntaban en los camellones y en los parques, en donde parecía un sitio seguro, lejos de las estructuras tambaleantes. Tampoco hubo brigadas ni evacuaciones controladas. Y los errores comenzaron. Nadie impidió que decenas de oficinistas y vecinos que regresaran a los inmuebles segundos después de que el sismo pasó, sin que las estructuras fueran evaluadas y los daños estructurales confirmados o descartados, como establecen los planes internos de protección civil ante un evento geológico.

Ninguna autoridad lo impidió y, en el caso del edificio que colapsó en la esquina de San Luis Potosí y Medellín, en la colonia Roma, la falla en los protocolos provocó que al menos cuatro personas que regresaron al inmueble quedaran atrapadas cuando colapsó.

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Todo era caos. Había que alejarse de las trabes derruidas, de los muros colapsados, de las ventanas que en segundos explotaron. Y nada. El silencio. Y nada. La ayuda no llegaba.

La Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México parecía que había desaparecido, limitada a implementar “operativos de vialidad” en algunas vías como en avenida Salamanca. Algunos pocos elementos mantuvieron los cordones de seguridad, los cuales entorpecieron en muchos puntos el apoyo ante la falta de equipos profesionales de emergencia.

El gobierno había quedado rebasado. Nuevamente, como 32 años antes el mismo 19 de septiembre, pero de 1985. Aunque no todos, pues el Heroico Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México se multiplicaba para ayudar a la población, aunque el resto de las corporaciones de auxilio tardaron en aparecer. Las pocas unidades de protección civil de las delegaciones, rebasadas, aguardaron en vano el apoyo del gobierno central.

Ante la incapacidad de dar respuesta, nuevamente fue la sociedad. Otra vez la sociedad. Otra vez los capitalinos. Otra vez en un 19 de septiembre. Todas las manos fueron necesarias y así ocurrió. Como una gran fuerza de trabajo improvisada, oficinistas, obreros, paseantes, extranjeros y turistas, todos se convirtieron en capitalinos dispuestos a levantar a la ciudad y rescatar de las entrañas colapsadas de concreto a quienes no tuvieron la fortuna de salir antes del derrumbe.

La piel descubierta por lágrimas que arrastraban el polvo de las mejillas descubría lo profundo de la tragedia. “Hay compañeros muertos”, gritó una mujer uniformada con una bata color azul. “Por favor, compañeros, vamos a organizarnos hay que salir de la zona. Están diciendo que hay un derrame químico y fugas de gas. Vayamos en orden”, buscó organizar otro joven desde un altavoz, a unos pasos del número 280 de la calle Puebla, en la colonia Roma, en donde rescatistas improvisados ya realizaban labores de rescate.

El olor a químicos en ese punto era indiscutible. Pero no se percibió la alerta sonora que mandata la Ley del Sistema de Protección Civil de la Ciudad de México para este tipo de inmuebles, en los que se resguarda material químico.

Tampoco se observó una coordinación entre la Unidad de Protección Civil de la delegación Cuauhtémoc y la Secretaría de Protección Civil de la Ciudad de México para proteger la vida de quienes deambulaban por la calle. Sólo había policías que nunca pudieron evacuar el inmueble, delimitar un perímetro de seguridad y permitir la operación de las dos ambulancias que arribaron al lugar.

Una mujer con crisis nerviosa permaneció más de 20 minutos recostada sobre la acera de la calle Puebla, porque ningún paramédico se acercó a prestarle atención de primeros auxilios. Así fueron los minutos después de la sacudida.

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Manos anónimas

Imágenes similares se replicaban en Narvarte, en el Centro Histórico, la Doctores, Del Valle. No había control, ni una estrategia de ayuda a la población. La policía de la Ciudad de México se limitó a formar cordones de seguridad con granaderos para impedir el paso en algunos puntos en los que habían ocurrido derrumbes.

Así fue en Álvaro Obregón 280, en los límites de las colonias Roma y Condesa, en donde existía un edificio de oficinas que no resistió el embate de la sacudida. Sobre sus escombros, no más de 10 rescatistas improvisados removían cascotes de concreto para buscar a quienes estuvieran atrapados.

Ahí los trabajos comenzaron sin que personal de protección civil oportunamente realizara una evaluación de alerta temprana o que se diseñara una estrategia con base en los atlas de riesgos y peligros de la Ciudad de México y de la delegación Cuauhtémoc. Tampoco se proporcionó a los rescatistas un mapa del inmueble o el estimado de personas que lo habitaban durante el sismo. Todo se hacía a ciegas.

A unos cuantos metros. Al unísono 80 manos se levantaron espontáneamente. ¿Qué más necesitan? Una voz femenina gritó: ¡manos! Espontáneamente, alrededor de 40 personas levantaron sus brazos con las manos en el aire y sin mediar palabras se sumaron a los esfuerzos ciudadanos.

Todos eran civiles, observadores cautivos dispuestos a convertirse una vez más en los protagonistas de la historia, pero sin protagonismos. Comenzaron a acarrear materiales: cemento, varillas, pedazos de muebles, todos residuos de unas oficinas que estaban en el número 290 de la avenida Álvaro Obregón, en pleno corazón de la Ciudad de México.

La historia se repetía casi burlona, un terremoto volvía a sacar a la luz la memoria de aquel doloroso 1985, con la diferencia que en esta ocasión, el gobierno estaba en pie. Ninguna institución de los tres niveles había colapsado.

Como en otros sitios de la ciudad, la policía llegó y acordonó. Limitaron pero no actuaron, por falta de coordinación y capacidad de reacción. La policía fue tal vez la más visible en su ausencia, aunque de esta se pudo señalar a casi todas las instituciones. Al menos, en la colonia Roma Norte y Sur, en las primeras horas del 19 de septiembre de 2017, como hace más de tres décadas, su capacidad de actuar fue rebasada por la de los ciudadanos.

En cuestión de minutos, vecinos y voluntarios mostraron su solidaridad y empatía por desconocidos, empujados por la voluntad de suponer que había gente atrapada en los escombros. Sin pinzas hidráulicas o gatos para levantar losas y trabes; sólo con las manos comenzaron los rescates.

No hubo más tiempo. Faltaban manos profesionales sobre los edificios destruidos y en las aceras aledañas, ambulancias para recibir a quienes fueran arrancados con vida de las losas colapsadas. Sin manos profesionales suficientes ni puestos de control de daños, y con la ausencia de unidades de protección civil, probablemente rebasadas por la emergencia, la improvisación fue la estrategia y el protocolo a seguir.

Adolfo Vladimir

Rescates improvisados

Decenas de trabajadores de la construcción, acostumbrados a moverse entre estructuras, fueron los primeros en escalar la montaña de escombros en la que se convirtió en edificio que ocupó la esquina de San Luis Potosí y Medellín. Ahí no hubo cordones de seguridad, ni chalecos en color naranja que identificaran a los cuerpos de protección civil, tampoco policía o elementos del Ejército. Lo que sí hubo fueron ciudadanos y vecinos.

En bermudas y tenis, con pantalón de oficina y gafete retráctil o con el delantal aún sobre la ropa, decenas de hombres y mujeres se organizaron sin la necesidad de responder a planes de protección civil o a estrategias de rescate. Improvisado comenzó el rescate. “Cadena” “Una cadena” se escuchó desde el remolino de gente y en unos cuantos segundos se formaron dos filas de manos que movilizaban escombros incesantemente.

Sobre los restos de concreto y ladrillo, con cascos y sin ellos, con botas de seguridad o mocasines, la ayuda de los rescatistas anónimos se intensificaba. Al menos cuatro personas habían ingresado al inmueble antes de que la estructura colapsara. Había que sacarlos con vida.

Algo similar ocurrió en la calle Ámsterdam. Ahí también se rompieron los protocolos para buscar a personas en estructuras colapsadas. Con gritos, los vecinos preguntaban si alguien permanecía atrapado, ante la ausencia de las autoridades para ejecutar operaciones planificadas. Una madre se abrió paso entre los escombros, por supuesto que el casco y el equipo de seguridad fue lo de menos, su hijo estaba en el cuarto nivel del inmueble cuando este cedió ante el embate sísmico.

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Ahí tampoco hubo uniformes ni insignias ni mandos. El único uniforme fue el de las ropas de los voluntarios cubiertas de polvo y el único mando fue el de la organización espontánea y las voces ciudadanas que ordenaban cargar, ayudar a otro, buscar agua, ofrecer comida, recopilar pilas y lámparas, buscar cobijas. La autoridad fueron todos en la colonia Roma.

Como en otros sitios los chalecos color naranja fueron inexistentes, tampoco se vieron cuadrillas de la Secretaría de Salud, suplantadas por médicos, enfermeras y estudiantes voluntarios, o los chalecos rosas de la Secretaría de Desarrollo Social. Incluso las estructuras más robustas como el Ejército Mexicano y la Policía Federal sólo fueron evidentes hasta ya entrada la noche. Más de ocho horas después de la tragedia.

El ruido de los pocos radios de comunicación fue avasallado por las voces de las madres que dejaban en encargo a sus hijos para aportar sus manos, adolescentes de secundaria que apoyaron cargando escombros del área de lavandería de la primaria ubicada en el cruce de las calles Orizaba y Chihuahua. Todos trabajaron hombro a hombro con vecinos y visitantes. Sin distinción de clases o estatus social, todos se fueron sumando.

Lo que parecía no tener sentido al mover el escombro acumulado en los camellones para amontonarlo del otro lado de la cera, resultaría fundamental. Horas después pasarían por ahí la maquinaria pesada, ahora sí bajo la coordinación de Protección Civil y del Ejército.

Entonces, el enojo

En el parque Pushkin, se ubicó uno de los centros de atención médica que fueron parte del simulacro convocado por el Gobierno de la Ciudad de México poco más de dos horas antes del sismo. En ese punto, por la tarde, el enojo era evidente. Había reclamos de actores públicos por la falta de un programa eficaz de protección civil y por que se percibía que la reacción era primordialmente ciudadana.

Hombres y mujeres coordinaron el transito para permitir el ingreso a las zonas más afectadas por derrumbes. Con cartulinas fluorescentes de color verde y pegadas con cinta canela a sus pechos asumieron las funciones de los agentes de tránsito en la esquina de la avenida Cuauhtémoc y Álvaro Obregón.

Gritaban “alto” y “siga” para intentar contener a los automovilistas que también tenían prisa por saber de sus seres queridos. A pesar de esto, las indicaciones fueron respetadas porque la autoridad fue ganada con base en el esfuerzo propio y colectivo.

Enfrente de ese parque, de esa gente, de ese enojo, en un edificio color naranja del que ya no se podía ver el número, la gente y un mesero atendían a un vecino que se arrojó del segundo nivel de su edificio movido por el pánico que le provocó el sismo. La autoridad judicial capitalina no podía dar referencias sobre este hecho porque sólo se limitó a observar a los ahora colegas policías de cartulina.

Así el terremoto golpeó la cotidianidad de la colonia Roma y lo mismo sucedió con sus vecinos, no tan favorecidos económicamente, en las calles Doctor Lucio y Doctor Licea, al otro lado de la avenida Cuauhtémoc, en la colonia Doctores en donde tres edificios que soportaron el sismo parecían perder el rigor de sus muros y ceder ante el colapso potencial.

En las calles de la colonia Doctores los protocolos tampoco fueron la línea de actuación. Sino la intuición de los vecinos que alertaban sobre fugas de gas con un simple “carnal apaga tu cigarro”. Todos obedecían. La ausencia de las autoridades marcaba los rostros ciudadanos con un dejo de abandono, tan sólo subsanado por el apoyo que dos policías bancarios ofrecieron al implementar un perímetro de seguridad.

Lo mismo ocurrió en la colonia Obrera, en las calles Chimalpopoca y Bolívar, donde una fábrica de textiles desapareció en segundos. El número de personas que se encontraban en el inmueble es, hasta el cierre de esta edición, desconocido, pues tampoco se sabe si el mismo contaba con un Plan Interno de Protección Civil, y si la Secretaría de Protección Civil local lo tenía en su poder.

Lo que sí fue una certeza eran los gritos ciudadanos, otra vez las manos levantadas para ayudar o para guardar silencio con la esperanza de encontrar a una persona más con vida. Todos eran civiles, los que gritaban con voz de mando y los que obedecían.

El Hospital General, ubicado en la colonia Doctores, se encontraba en una tranquilidad inusual. Solamente recibirían pacientes civiles, las consultas externas se habían cancelado, nada que reportar dijeron, sabían que lo más dramático vendría con las horas.

Cruzando la avenida Cuauhtémoc, justo a unas cuadras del hospital, en la colonia Roma, otro epicentro de la tragedia por el número de edificios colapsados, una joven acordonó el acceso a lo que llamo “su calle”, su casa, pidió respeto a fotógrafos y curiosos, sostuvo que respetaran su casa, nadie la enfrentó, todos obedecieron.

Ella resguardaba un edificio de cuatro niveles que se había derrumbado y del que habían caído escombros a un estacionamiento ubicado en la parte posterior del inmueble colapsado, aplastando cuatro vehículos. Esos mismo autos destrozados sirvieron como escaleras improvisadas para algunos civiles que escalaron los escombros y desde el techo buscar a sobrevivientes.

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Ciudadanos llenaron el vacío

Con seguridad ninguno o muy pocos de los que el 19 de septiembre pasado ayudaron voluntariamente en cada punto de colapso conocían los protocolos de atención y rescate oficiales. Con seguridad casi ninguno había elaborado un Programa Interno de Protección Civil, contemplado como parte de las herramientas del Sistema de Protección Civil de la Ciudad de México; y a pesar de todo esto, fueron ellos quienes empujaron los rescates y organizaron la ayuda.

Sumergidos en el caos y la desinformación, las calles de la capital se paralizaron. Avenida Chapultepec, Cuauhtémoc, Reforma, la zona de Polanco, Roma, Condesa, Insurgentes. Todas inundadas por vehículos, detenidas por la falta de energía eléctrica que regulara los pasos semafóricos.

Pero las arterias de la ciudad no podían permanecer detenidas. Había que abrir paso a los vehículos de emergencia que comenzaban a reaccionar casi unas horas después de la sacudida. Y nuevamente los improvisados. Jóvenes que se colocaron en los cruceros para regular el tránsito para abrir el paso a ambulancias, patrullas y camiones de bomberos.

Estos agentes sin uniforme improvisaron carriles reversibles sobre el Eje 3 Sur, en dirección al Centro Médico Siglo XXI. Controlaron el flujo en los cruceros y detuvieron el paso cuando era imposible continuar, para dejar siempre un carril libre para la circulación. “Espérate, espérate”, gritaba un joven al conductor de un vehículo que mostraba daños en el cofre y estaba cubierto de polvo. “A donde vas a ir si ya no se puede pasar”, le reprochó. Esto ayudó a que la ciudad no quedara paralizada. Nuevamente las autoridades fueron las ausentes.

IMG_5955Las escenas de solidaridad ciudadana se replicaron conforme la tarde avanzó. En la colonia Del Valle, donde dos edificios residenciales cayeron, fueron los vecinos y alumnos del Centro Universitario México, junto con unos pocos paramédicos y bomberos capitalinos, los que con equipos improvisados ayudaron en los rescates.

Hacia las cinco de la tarde, poco más tres horas después del movimiento, al menos 200 personas, en su mayoría jóvenes estudiantes, ya también de otras universidades como el Instituto Tecnológico Autónomo de México, trabajaron en el retiro de escombros. Pedazos de losas, varillas retorcidas, recubrimientos, todos eran pasados de mano en mano. Cubeta tras cubeta circulaba entre largas filas de voluntarios.

En el cruce de Gabriel Mancera y Escocia, una cuadrilla de bomberos recubiertos por el polvo de los escombros se notaba agotada por el esfuerzo. El golpe en esa zona de la colonia Del Valle fue tan duro que por la tarde ya también había aproximadamente 15 elementos del Ejército Mexicano trabajando en los rescates. Pero los ciudadanos no cedían al cansancio y continuaban acarreando los escombros.

En las primeras horas, sin la ayuda de ninguna autoridad delegacional, local o federal, fueron instaladas mesas de acopio de agua y alimentos para dar a los voluntarios. Estudiantes de medicina formaron una zona de seguridad con cartones sobre Gabriel Mancera para resguardar material médico. En tanto, vecinos de la colonia Del Valle y aledañas comenzaron a acarrear sin que nadie se los pidiera, víveres para apoyar a rescatistas y afectados.

El silencio se convirtió entonces en un factor de vida. Con los puños en alto los grupos improvisados pedían que se guardara calma que se acallaran las voces. El silencio daba entonces el hilo a los rescatistas expertos para seguir y dar con quienes quedaron atrapados. El sistema de repitió durante la tarde y noche del martes pasado.

Ahora vamos a relevarnos en las brigadas. Cada dos horas lo haremos porque nos dijeron que hay como 100 personas atrapadas”, alcanzó a gritar Raúl, uno de los voluntarios que seguía trabajando ya pasada la medianoche. Para entonces, el Ejército había tomado el control en esa zona de la colonia Del Valle, junto con la Policía Federal y decenas de paramédicos y rescatistas de organizaciones civiles que formaron tres cordones de seguridad.

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La ciudad fue un viacrucis

Mientras la ayuda improvisada se volcaba en las calles, el colapso también afectó la movilidad de la Ciudad de México. Desde el poniente en la zona corporativa de Santa Fe, hasta el oriente, en los límites de las delegaciones Iztapalapa y Tláhuac, los trayectos para millones de capitalinos que buscaban llegar a casa se convirtieron en auténticos viacrucis.

Bajar de Santa Fe no sólo requirió viajes de aproximadamente tres horas y media, hasta el Centro de Transferencia Modal de Observatorio, sino la fortuna de subir a los pocos autobuses que todavía prestaban servicio en esa zona enclavada en los límites de las delegaciones Álvaro Obregón y Cuajimalpa.

El caos paralizó la circulación en las calles de Santa Fe, de por sí afectadas por casi 150 mil viajes que se realizan durante los días laborales, sólo en la zona de grandes corporativos y universidades. El cierre de vialidades como Paseo de la Reforma, provocaron que decenas de automovilistas que buscaban bajar por avenida Constituyentes quedaran varados. Incluso, a través de redes sociales fueron denunciados asaltos y “cristalazos” en contra de los automovilistas detenidos.

Quienes lograron llegar a terminales del Sistema de Transporte Colectivo (STC) o lanzaderas de otros servicios de transporte enfrentaron estaciones conglomeradas y trenes del Metro saturados, así como decenas de autobuses paralizados ante el cierre de vialidades y la congestión vehicular que se provocó.

Los caminantes de Tláhuac

En el extremo oriente de la capital, como si fueran corredores de una maratón, cientos de personas que desfilaban por avenida Tláhuac fueron asistidos por vecinos que sacaron jarras y garrafones para ofrecer agua a los que se quedaron sin Metro, debido a la suspensión del servicio en la Línea 12 a consecuencia del terremoto del martes.

Es lo menos que podemos hacer en estos momentos”, comentó Marisol Ruiz, vecina de la colonia Estrella Culhuacán, en la delegación Iztapalapa, quien junto con sus hijos salió a la avenida a repartir bolsas de agua para quienes caminaron hasta seis kilómetros para llegar a sus casas. “Algunos van hasta Chalco, otros tienen su casa en Tulyehualco. Esos sí tendrán que caminar varias horas”, comentó.

En 2014, cuando el tramo elevado de la Línea 12 del Metro fue suspendido por fallas en las vías, el gobierno de la ciudad envió camiones RTP para cubrir los 10 kilómetros qué hay entre la estación Atlalilco y la terminal Tláhuac. Pero esta vez, las autoridades capitalinas dejaron a los usuarios a su suerte durante la tarde y la noche del martes 19 de septiembre.

Rogelio Mata es un estudiante de preparatoria que vive en la colonia San Simón Culhuacán. Al llegar de la escuela, después de que las clases fueron suspendidas por el sismo, tomó una silla de ruedas que nadie ocupa en su casa y se lanzó a avenida Tláhuac para socorrer a los adultos mayores que se quedaron varados en las estaciones Atlalilco, Culhuacán, San Andrés Tomatlán, Lomas Estrella y Calle 11.

Desagraciadamente el gobierno no considera que hay ancianos que ya no pueden caminar o personas que tienen a bebés de brazos  o discapacitados que no pueden caminar distancias largas. Yo no puedo llevarlos hasta su casa, pero al menos los muevo para que pesquen un taxi o mientras llega algún familiar”, dijo el estudiante.

Además de agua, los residentes de las colonias aledañas a las estaciones Periférico Oriente, Tezonco, Olivos, Nopalera y Zapotitlán, todas ubicadas en el tramo elevado de la Línea Dorada, colocaron afuera de sus casas letreros improvisados en los que ofrecían sus baños para los peregrinos que se quedaron sin transporte. Otros más ofrecían aspirinas y analgésicos.

La gente se agolpó principalmente en la estación Atlalilco durante la tarde del martes de la semana pasada. Todo camión con compartimentos era detenido por la gente para preguntar a sus choferes si podían trasladar personas, principalmente a los adultos mayores.

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Los taxis ofrecieron servicios colectivos, pero eran insuficientes para los cientos de pasajeros que desfilaban por la avenida. Los policías de tránsito prometían que camiones RTP estaban en camino, pero hasta la medianoche no había aparecido.

›El presidente Enrique Peña Nieto activó a las 13:50 minutos del martes 19 de septiembre el Plan Nacional de Respuesta MX, el cual alinea los planes de las dependencias y entidades de la administración pública federal para la atención de emergencias provocadas por un agente perturbador, como un sismo.

Una situación similar se vivió en avenida Insurgentes, entre Perisur y San Ángel, donde el servicio de Metrobús fue suspendido tras el sismo. Cientos de estudiantes y personas en general desfilaron por la avenida que cruza Ciudad Universitaria, sin que las autoridades viales dieran alternativas para llegar a sus diferentes destinos.

Otro punto en el que los usuarios fueron obligados a salir del transporte público fue en avenida Cuauhtémoc, en donde la el servicio de la Línea 3 del Metrobús fue parcialmente suspendido en dirección a la terminal Etiopía, además la Línea 3 del Metro fue rebasada en su capacidad de transportación.

El mensaje fue claro, este otro 19 de septiembre, los pies marcharon al unísono, de aquí para allá, con las manos levantadas o cargadas de agua, víveres, alimentos, cobijas, palas, pilas, vendas, guantes de carnaza y muchas ganas de ayudar, de mandar un mensaje al centro de la tierra, que con autoridad o sin ella, siempre levantaremos las manos al unísono por si se necesitan.

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