Antonio Cuéllar

En la última semana han empezado a sonar distintas señales de alarma y se encienden focos rojos, tanto en el ámbito de la economía nacional como, sobre todo, en el del medio ambiente y el destino desastroso al que estamos enfilados, para el caso de que no se tomen acciones correctivas rápidamente.  La emergencia atmosférica en la que vivimos quienes habitamos en la capital del país y algunas de las grandes urbes de la megalópolis, demuestran la severidad del daño que puede ocasionar el débil planteamiento de políticas públicas en materia ecológica, imputable a esta administración federal y a algunas locales que la acompañan.

No es extraño que quienes entienden de la gravedad de la problemática escriban y se manifiesten en la pluralidad de medios de información que la modernidad ha colocado a nuestro alcance, sí, las benditas redes sociales.  La sociedad percibe que algo no anda bien y se organiza en consecuencia. Es quizá el símbolo de la importancia que tiene la marcha de quince mil almas en la Ciudad de México a principios de este mes, y un puñado de ciudadanos inconformes en otras capitales del país.

La manifestación social podría tener una medición equivocada, pues todo haría parecer que sea trató de unos cuantos ciudadanos que no constituyen una masa significativa frente al gran conglomerado que aglutina todavía el Presidente de la República —muy a pesar de las carencia de rumbo en el arranque de este gobierno, Andrés Manuel López Obrador continúa teniendo una gran popularidad entre el electorado—. Sin embargo, el despertar de una ciudadanía inconforme tiene un significado que se debe de valorar desde otra perspectiva.

La ciudadanía no cuenta dentro de sus aspectos esenciales con un fin u objetivo último por virtud del cual deba salir a marchar y expresarse en la calle.  La organización política del país como función social encargada de canalizar la energía que nuestros problemas aglutina está encomendada a unos cuantos, a los partidos políticos.  El hecho de que la sociedad civil produzca una convocatoria con tan importante respuesta constituye un evento que bajo ningún motivo se puede pasar por alto.

En condiciones normales, es la oposición misma la que tiene el deber de identificar y consumar ese liderazgo dirigido a señalar y denunciar lo que está mal, lo que rompe con las reglas.  Es ahí en donde Andrés Manuel tuvo grandes aciertos como oposición.

En el momento en que durante las administraciones pasadas se adoptaron políticas que vieron por los intereses del país de manera sectaria, aprovechó la oportunidad para levantar la voz y pregonar desaciertos del gobierno en perjuicio de las clases sociales que no se vieron privilegiadas.  Cuando hubieron actos de corrupción se señalaron y cuando se incurrió en abusos de autoridad, por acción o por omisión, se aprovechó la existencia de un aparato de información que fue lapidario en contra de quienes ocuparon el Palacio Nacional.

Estamos presenciando la manipulación artera de la ley o su inobservancia descarada, en la asignación de contratos o desviación del presupuesto, o en el incumplimiento de obligaciones de financiamiento en perjuicio de segmentos importantes de nuestra ciudadanía (profesores, médicos, guarderías y empleados públicos, por mencionar algunos), y el grave problema no es exclusivamente la afectación trascendente al estado de derecho, sino la inexistencia de un liderazgo opositor que pueda significar un contrapeso político que produzca un balance positivo de gobierno frente al Ejecutivo Federal.

La manifestación de quince mil ciudadanos en la Ciudad de México no fue un grito que clamara la terminación anticipada de lo que se avisora como un mal gobierno, como un pésimo administrador de los recursos públicos; es más bien la voz angustiada de quienes reclaman la inexistencia de una fuerza que los represente.  El reclamo y la denuncia del cinco de mayo no fueron dirigidos a Morena y a Andrés Manuel López Obrador, porque los ciudadanos no tienen una voz que los represente; la manifestación tuvo como destinatarios a los integrantes de una gran clase política que se ha mantenido a lo largo de las últimas décadas, y que a pesar de ver lo que está pasando, ha decidido permanecer callada, cómplice de la destrucción de una democracia que tardó muchas décadas en ser construida.

El video que compartió el “compañero” Fernández Noroña, en el que denunció y confrontó descortésmente a una señora que en las salas de abordar del aeropuerto tuvo el atrevimiento de llamarle “Pejezombie”, es el reflejo fiel de lo que está sucediendo en nuestro país. Una sociedad que está ávida y urgida de contener una conducción política que puede ser muy peligrosa, que no encuentra en su representación institucional a algún actor con liderazgo moral y político que pueda expresarse en su nombre.

Quizá sea cierto lo que se dice y, al final de cuentas, sean tantos los pecados que pudieran atribuirse al PAN y al PRI por la corrupción ocurrida durante las últimas décadas, que no exista conciencia limpia que pueda cumplir el propósito para el que los partidos políticos existen.  Una cosa es cierta, en esta época en que nos encontramos, nos urge contar con un Andrés Manuel López Obrador que pueda oponerse de manera efectiva al desmantelamiento de un sistema democrático que apenas empezaba a funcionar.  Por acción de éste y por omisión de los partidos políticos supervivientes, nuestra clase política será plenamente responsable de lo que podría ser la revivicencia de la catástrofe económica que México vivió en los años setentas.

Se está escribiendo un capítulo muy relevante de nuestra historia, y no existe una participación intelectual seria que pueda guiar con cordura a la construcción de una oposición que, aún desde la perspectiva presidencial, resulta indispensable.

Compartir