Antonio Cuéllar

Durante muchos años, al final de cada sexenio, los mexicanos padecimos los efectos de tropiezos recurrentes de las administraciones salientes con relación al manejo imprudente de las finanzas públicas. La preeminencia de la cuestión política imponía la superioridad de la retórica y la conservación del poder político por encima de los resultados de la administración.  El camino emprendido en esa dirección habría acabado con la paz pública incuestionablemente.

La llegada de los tecnócratas al poder logró una redirección de la conducción administrativa del gobierno y contuvo el fenómeno creciente de la irresponsabilidad presupuestal, aunque no acabó con la corrupción.

Desde hace una treintena de años, con la adhesión de México al GATT y su proyección hacia el exterior, la medición del crecimiento del producto interno bruto del país ha cobrado una mayor relevancia y constituye un referente esencial tratándose de la atracción de capitales destinados a la realización de actividades productivas, demandantes de mano de obra.

La afirmación hecha por el Presidente, en el sentido de que el país debe de estar en manos de políticos y no de economistas, es incorrecta y se apoya en premisas que la historia ha destruido.  No por ello, debe de desconocerse que le asiste un punto de razón en la medida de que la pulcritud técnica en la gestión financiera del Estado, ha adolecido de factores de sensibilidad esencial que debieran haber impulsado la construcción de políticas públicas que fueran asertivas con relación a las necesidades de una vasta mayoría de la población.

Con motivo de los anuncios referentes a las lamentables condiciones en que nuestro país se mantiene al borde de la recesión, hubo lugar a que se comparara el estado de la economía durante el arranque y transcurso de las administraciones pasadas, desde la llegada de Vicente Fox hasta la última, de Enrique Peña Nieto.

Es verdad que cada una, por razones distintas, enfrentaron circunstancias que incidieron negativamente en las posibilidades de crecimiento del país.

El sexenio de Vicente Fox, quien recibió finanzas públicas sanas y estableces de Zedillo que le precedió, enfrentó un rezago de la economía que estuvo fatalmente ligado al fenómeno de incertidumbre que el mundo entero enfrentó desde septiembre de 2001, tras el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York.  El inicio de la guerra en Irak, un detonador de crecimiento de la economía estadounidense, no se tradujo en beneficios para México que, en cambio, inició todo un proceso de reorganización de los cárteles internacionales de la droga con motivo del endurecimiento de las políticas fronterizas impuestas por el gobierno de los Estados Unidos.

A pesar de que Felipe Calderón gozó de los mejores precios por el barril de crudo que se hubieran ofrecido en el mercado internacional, no puede pasar desapercibido el hecho de que fue durante su sexenio, precisamente, que tuvo lugar la gran crisis financiera internacional del 2008, con motivo de la quiebra del sistema hipotecario europeo y de los Estados Unidos de América.  En ese año se vivió un período de desaceleración económica mundial del que, incluso, hay países que apenas empiezan a salir adelante, como España o Portugal.

Enrique Peña Nieto gozó de una época de estabilidad financiera internacional, aunque enfrentó una fase de crecimiento económico sumamente moderado, condición a la que estuvo aparejado el desarrollo del país, que en ese sentido fue perfectamente sincrónico.  Quizá fue éste quien enfrentó un fenómeno crítico que no existió en períodos de gobierno anteriores: las redes sociales y el crecimiento de la información.

No obstante que las tres administraciones mencionadas tuvieron como un propósito común el de establecer un auténtico estado de derecho, como medio para la atracción de capital productivo, enfrentaron invariablemente un clima de encono político a nivel nacional que impidió la consolidación de cualquier plan económico que pudiera diseñarse, no importa cuan bien pudiera lograrse.

Andrés Manuel López Obrador fue un adversario político implacable e inclemente con relación a cada uno de los gobiernos que le precedieron, y tuvo el tino de contagiar a México con la clara idea de que, nuestra clase política, es corrupta o es inepta, o padece de los dos defectos.

Hoy toca el turno a Morena de demostrar con hechos las razones por las que la conducción de las finanzas públicas con perspectiva social, es superior y mejor que la dirección del país bajo la mano de tecnócratas formados en las que se ostentan como las mejores universidades en el extranjero.

La verdad de las cosas es que las proyecciones ofrecidas son paupérrimas, si se toma en cuenta que la tasa de crecimiento durante el último trimestre es de 0.1%

Si bien es cierto que podría hablarse del enfrentamiento comercial entre China y los Estados Unidos como un factor que incide en el desarrollo de la economía global, éste no es determinante en la gran mayoría de los casos. México debió beneficiarse del ciclo positivo del que ha venido gozando nuestro principal socio comercial.

Es falso que el entorno exterior incida tan negativamente en la economía del país como dicen quienes asesoran o acompañan al Presidente.

El factor de la certidumbre que ofrece la legalidad, que empeñosamente desearon consolidar las administraciones anteriores, se desquebraja todos los días con motivo de los discursos y pronunciamientos del Presidente, que busca con ahínco la transformación regresiva de instituciones concebidas con el ánimo de robustecerla.

Se ha convertido en realidad el peor de todos los presagios: el mejor adversario político que ha tenido México y al que debieron enfrentarse los tres presidentes anteriores, se ha convertido en el mejor adversario de sí mismo. Más allá de factores externos que pudieran incidir negativamente en nuestro crecimiento, debe de aceptarse que los planes de desarrollo y las acciones empleadas para lograrlo, no son bien recibidas por quienes tienen la capacidad para llevarlo a cabo.  El mismo freno que ha impedido a nuestro país alcanzar estabilidad en el pacto social a lo largo de los últimos dieciocho años, es el que hoy impide ver las coordenadas hacia donde se dirige el país.

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