Antonio Cuéllar

Al preguntársele en el debate sobre su oferta de amnistía a favor de los delincuentes, AMLO pareció introducir una intención disimulada de desdecirse de tan descabellada propuesta de campaña. Visto en retrospectiva no le habría ido tan mal, pues fue el hilo conductor de una letanía de recriminaciones alrededor de la cual se tejió el discurso de sus oponentes, que montados en ese desvarío acabaron por retratarlo como un simpatizante de la ilegalidad, habilidoso en la construcción de mentiras y experimentado en contradicciones.

La descripción más clara de lo que está sucediendo en esta elección la ofreció Anaya al cierre de su presentación, quien elocuentemente evidenció lo que todos ya sabemos pero de lo que no todos están conscientes: el próximo proceso electoral desembocará en una alternativa que podría conducir a nuestro país por dos senderos contrapuestos entre sí, el del crecimiento apoyado en una política de libre mercado y competitividad internacional, o el de un pretendido crecimiento dirigido a través del asistencialismo y el regreso al consumo doméstico.

Sin dejar de apreciar la necesidad de impulsar políticas a favor de la movilidad, o de la erradicación de la discriminación que fomentan la desigualdad y la pobreza, no se puede desdeñar el hecho de que, la reinstalación de las políticas económicas de hace cincuenta años serían, sin vacilación, terriblemente desastrosas para el país.

Una pregunta que hizo el Bronco, a la que ninguno de los dos aludidos dio respuesta, deviene absolutamente relevante y definitoria de nuestro destino: ¿Es verdad que habrá una alianza?

El sexenio de Enrique Peña Nieto se divide en dos, y a cada una de sus partes se le puede dar una calificación absolutamente distinta. Una primera mitad, impregnada de un sentimiento esperanzador cifrado en el éxito del Pacto por México y la consolidación de reformas necesarias para el desarrollo del país; y una segunda, claramente desaprovechada, desarticulada, en la que nuestra clase gobernante se dedicó a enmendar errores que provinieron de la corrupción y los abusos del poder, o de la impericia a la hora de gobernar (seguridad pública).

Desde cualquier punto que se vea, sin embargo, queda bien claro que la obcecada dedicación de nuestra clase política a la discusión de la agenda diaria, en lugar de la construcción de nuevos acuerdos encaminados a aterrizar las reformas aprobadas para los mexicanos, han alumbrado no sólo el hartazgo auténtico de la ciudadanía, sino un retraso económico y social que nos desorienta y que podría perdurar indefinidamente.

Como hasta antes de que iniciara este gobierno, y desde muchos años atrás, vuelve hacer falta encontrar un acuerdo nacional a favor de la gobernabilidad.

Es precisamente en esta coyuntura que este proceso electoral, tan controvertido por una parte, como pasional por la otra, podría arrojar un resultado increíblemente positivo para México…y no me refiero al triunfo de la izquierda radical.

La sumatoria de fuerzas arroja un resultado que cada día es más incontrovertible: la simpatía que muestra López Obrador en las encuestas, no podría contrarrestarse sino con la acumulación de aquella de la que gozan todos sus oponentes.  La conjunción de fuerzas constituye una necesidad electoral inaplazable.

Por descabellado que parezca, el contraste en la visión de país, la fortaleza electoral de Morena y el temor a que dicho partido gobierne, y que en ese proceso retrotraiga el éxito de un proceso legislativo que tardó muchos años en lograrse, obliga a que quienes hasta hoy han sido partidos antagonistas en un sinnúmero de causas públicas, se tengan que poner de acuerdo. ¿Tendrán esa serenidad e inteligencia para construirlo?

Es precisamente esa confluencia de prerrogativas y responsabilidades la que podría conceder al gobierno del país una nueva identidad, una multilateralidad que los obligaría a no pensar en el arrebato del poder como actividad cotidiana, sino en la adopción de las mejores prácticas de gobierno para servir a los intereses de los mexicanos. Un resultado electoral ideal que pondría fin al letargo e improductividad política que tanto ha permeado en nuestra sociedad.

Espero con tanto ahínco que el crecimiento de la popularidad de Andrés Manuel retumbe en la razón de los contendientes, y que sea a través de ese servicio a México que tan agradecidos debamos estarle a lo largo de la historia: un arrebatado candidato que, por el peligro de su discurso y sus propuestas de gobierno, habría logrado unir a todos los partidos en su contra, para gobernar bien a los mexicanos.

Otrosí digo

La porosidad de nuestras fronteras y de nuestras costas constituye un factor de desgobierno que incide negativamente en todos los aspectos de seguridad del país, tanto por lo que respecta al tráfico de armamento y drogas, como por lo que respecta al de personas, víctimas o victimarios por igual.

La condición de hacer valer el orden en materia migratoria en la frontera sur con Centroamérica, que ha impuesto el Gobierno de Donald Trump para la firma del Tratado, desde la visión más humanista que deba tener lugar, es una vergonzosa llamada de atención que, desafortunadamente, se tiene que agradecer.

No podemos ayudar a nuestros vecinos del sur, sumidos nosotros mismos en el desorden y la corrupción.

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