Antonio Cuéllar

Con la fortuna de que se esté convirtiendo en una costumbre, esa de esperar a que la designación de los premios Oscar a la mejor película de la noche recaiga en algún Director mexicano, el domingo pasado todos observamos en vilo el espectáculo en el que el premio se lo llevaría “Roma” de Alfonso Cuarón.  Sin demérito de todas las cualidades de la película y de la excelente interpretación histriónica atribuida a su protagonista, Yalitza Aparicio, considero que el verdadero éxito de la obra radica en la capacidad de sus creadores para reflejar la realidad en la que, auténticamente, todo México vive inmerso.

No se trató del drama de una muchacha engañada por el novio, dedicada al trabajo doméstico, y de su convivencia con la familia de sus empleadores; realmente su éxito radica en que dibujó de cuerpo entero una sociedad clasista en el que la discriminación racial es el pan nuestro de todos los días.  El relato, para beneficio de los espectadores, tiene la cualidad de haber dado un papel verdaderamente digno a quien interpreta el personaje más desolado: a la propia trabajadora indígena.

El fenómeno de la discriminación racial que aqueja a los mexicanos es oprobioso, en la medida en la que todos, según el grado y porcentaje de pigmentación de la piel, somos víctimas y victimarios del racismo.  Es una conducta en la que nuestra sociedad, esencialmente mestiza, provoca un sentimiento de repudio hacia sí misma, partiendo de la base de que casi todos somos indígenas y la gran mayoría aspira a dejar de serlo.  Las oportunidades y la movilidad social se hace expedita en función del color de la piel y los rasgos de la cara. Una familia en la que los individuos que la conforman son repudiados por sus propios padres, hijos y hermanos.

El señalamiento del problema es tardío, pero nunca inoportuno; y quizá el hecho de que la administración del Presidente López Obrador evoque a una transformación que persigue reivindiar la lucha de los más desprotegidos, de los más pobres, abra una oportunidad para iniciar un proceso que, efectivamente, acabe con este problema que, junto con muchos otros más, incluido el discruso oficial, divide a nuestra sociedad.

Lamentablemente las políticas asistenciales no deben de constituir la herramienta para la dignificación de la clase indígena, pues más allá de lograrlo, la hacen dependiente y, consecuentemente, más vulnerable todavía.  La solución debe encontrar planteamientos e ideas que la soporten en el largo plazo, y ninguna de éstas sería viable en la medida en la que la inserción social del indigenismo en México, no encuentre una vía de dignificación de la cultura indígena y sus aportaciones a la construcción nacional.

Algunas políticas emprendidas en el seno de las Naciones Unidas para el combate contra la discriminación y el respeto por los Derechos Humanos, pueden aportar ideas que se deben impuslar con eficacia en nuestro país.

Ante todo, no habrá proceso de erradicación de la discriminación que pueda alcanzar un buen fin, que no comience por una reforma y saneamiento de los planes de educación oficial; y por ello nos referimos, tanto a la educación de calidad de cada uno de los miembros de las comunidades indígenas, que a través del conocimiento encontrarán los caminos para asimilarse con el resto de los miembros del conglomerado nacional, como también de la educación incluyente a la que debe sujetarse a todos los mexicanos por igual.  El trabajo en el campo de la educación se debe emprender desde ambas vertientes.

Pero la educación resulta absolutamente insuficiente.  El estado de marginación de las comunidades indígenas es de tal gravedad, que el apoyo asistencial a través del cual se garantice un mínimo vital deviene absolutamente inaplazable.  Si bien es cierto que el obsequio de dádivas gubernamentales será siempre una mala solución de los problemas, no puede soslayarse la importancia para que, con el carácter temporal que deba corresponder, el sostenimiento económico de las comunidades indígenas, abieramente olvidadas a lo largo del tiempo y en distintas regiones del país, se beneficie de una política económica específica que garantice condiciones de supervivencia esencial para cada uno de sus miembros.

Por otro lado, no podemos dejar de ver cómo la obra cinematográfica misma constituye un ejemplo de la manera en que, el empleo de una imagen estereotipada en los medios de comunicación con relación a la clase indígena, puede ser un mecanismo de degradación y sometimiento del individuo que se debe cambiar. Deben emprenderse acciones que permitan la elevación de la concepción social del individuo indígena a través de los medios de comunicación; la supresión de sus debilidades y el impulso mediático de los aspectos que fortalecen su historia, sus tradiciones y su cultura.

Además, es preciso que se inserte al indígena en actividades productivas, para lo cual sería significativamente importante la adopción de políticas fiscales que favorezcan el empleo de clases vulnerables, entre ellas, la de todo un grupo social que, como ha quedado demostrado, ha sido separado a lo largo de la historia de cualquier beneficio de movilidad social a nivel nacional: la clase indígena.

En el mismo sentido podría hablarse de una nueva fiscalidad que favorezca el crecimiento económico regional, dirigido a beneficiar las áreas con un mayor número de asentamientos indígenas.

No puede descartarse tampoco la actualización normativa necesaria, con la finalidad de dar impulso a políticas para prevenir, combatir y castigar con efectividad los actos de discriminación indígena en lo general y en lo particular, en la manera racional que resulte adecuada y procedente.

Así como se han emprendido acciones afirmativas para beneficiar la aceptación y desarrollo nacional de grupos sociales en estado de vulnerabilidad, por sus preferencias sexuales, su discapacidad, o incluso por su calidad de víctimas de fenómenos destructivos de la naturaleza, toca un turno muy anhelado para que, la erradicación del racismo y la discriminación en México, auténticamente, se convierta en la revolución definitiva del siglo XXI. Ese debería ser el objetivo real y de largo plazo de la “Cuarta Transformación”.

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