Jose Luis Camacho

Mal manejo económico, gobierno en bancarrota, inflación galopante y deuda externa inmanejable, eran algunos de los problemas que salían a la palestra pública en México con motivo del cambio en el Poder Ejecutivo Federal. Dicha situación ya no es así en este 2018, año en el que la ciudadanía elegirá un nuevo presidente y con él a 3 mil 500 nuevos servidores públicos.

 

Objeto de múltiples comentarios, el gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto no dejará esos pendientes, pues la inestable situación económica internacional ha encontrado un remanso de estabilidad en México, donde el manejo responsable, profesional y preventivo de las finanzas nacionales ha permitido hacer frente a la inquietud generada por la actuación del gobierno estadounidense, así como a la baja considerable en el precio del barril de petróleo. Si esta situación hubiera ocurrido hace diez años, México estaría quebrado.

 

Pero a lo largo de cinco años de gobierno, que no han sido de crisis, el Presidente Enrique Peña Nieto ha hecho frente a retos con los que algunos de sus antecesores no hubieran podido lidiar.

 

Estamos hablando de acontecimientos como la caída estrepitosa en los precios del petróleo; la asunción al poder en nuestro principal socio comercial de un hombre hostil a México; la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y hechos naturales de inusitada magnitud, tales como huracanes, temblores y explosiones.

 

Sin embargo, a pesar de la adversidad los resultados que arroja la administración pública federal es positiva para la nación, pues a diferencia de llegar a administrar, resulta evidente que los cambios emprendidos desde el 1 de diciembre de 2012 han obedecida a una lógica transformadora que han permitido al país fortalecerse en lo interno y hacer frente con mayores capacidades a los retos multifactoriales.

 

Es evidente que persisten problemas estructurales y que cinco años no son suficientes para resolverlos en su totalidad, sin embargo, es cierto que se ha puesto un alto en la inercia con la que se hacían las cosas en México y que agravaban los padecimientos, para en su lugar impulsar e implementar las reformas que han sido el vehículo de transformación.

 

Me refiero a la reforma educativa, que ha sido la punta de lanza de la modernización educativa en el país, al tiempo de recobrar la rectoría del Estado en la educación; a la reforma energética que ha sido el principal atractivo de inversiones productivas a lo largo y ancho del territorio nacional, creando empleo y círculos virtuosos.

 

La reforma de telecomunicaciones que ha dejado atrás la hegemonía televisiva y abierto el espectro a nuevas opciones de radio, televisión, telefonía celular e Internet; la reforma de competencia que ha establecido un ambiente más certero y claro para nuevos competidores, sin violentar los derechos de los empresarios ya establecidos.

 

Se trata sólo de algunos cambios emprendidos por el gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, en conjunción con las y los legisladores federales y locales que confeccionaron las reformas constitucionales y las aprobaron.

 

El México del año 2018 es distinto al de 2012, mostrando grandes avances y conquistas en diversas materias, sin perder de vista que el tema de la seguridad pública es el problema que más lastima y ofende a la población, responsabilidad que recae principalmente en las autoridades municipales y locales que no han sido capaces de frenar la impunidad y atender las denuncias ciudadanas. Ello a pesar del esfuerzo federal por combatir al crimen organizado.

 

Las cuentas que entrega el Presidente Enrique Peña Nieto son positivas, no hay duda de ello.

 

@jlcamachov

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