Rebeca Pal

Como saben, me gusta escribir sobre experiencias personales. Por eso quiero compartir con ustedes lo que fue una nueva situación en mi vida de pareja, que nos provocó algunas discusiones y me quitó mucha energía: mi mascota. Pero no, no es Maya (mi perrita) la del problema. Como siempre los animales no son los de la culpa, somos los humanos que todo lo queremos humanizar. Desde pequeña he tenido mascotas, comprendo la responsabilidad que implica, pero también no dejo de tener presente que son animales y hay que tratarlos como lo que son, de lo contrario lo considero como maltrato animal, porque la psicología del animal se modifica y eso les perjudica más de lo que nos podemos imaginar. Pero para mi esposo no fue así. Es la primera vez que tiene una mascota, y por un momento estuvo a punto de convertirla en el centro de nuestra vida y de nuestra relación.

Leyendo al respecto, me sorprendió darme cuenta la cantidad de parejas que han tenido o tienen un problema por tratar a las mascotas como si fueran personas. Un estudio llevado a cabo por Associated Press y Petside.com, revela que un 14% de las personas antepondría su perro a cualquier otro ser (sin importar que sea una persona querida), y un 50% no lo haría. Lo que nos da a entender de que no son pocas las parejas que se quedan “sin vida” a causa de una mascota.

“Como profesionales especializados en el tratamiento de conducta animal, nos llegan muchos casos de tensiones en la pareja por su causa, pero generalmente esconde detrás dificultades entre las personas para comunicarse. De hecho, trabajamos conjuntamente con un equipo de psiquiatras y psicólogos a los que frecuentemente acabamos derivando el problema”, explica Paula Calvo, etóloga y bióloga experta en el comportamiento animal, de la Cátedra Affinity de la Universidad de Barcelona

La doctora en Psicología María Jesús Comellas, también involucrada en la Cátedra (Fundación Affinity), afirma: “Si ante el gemido del perro lo aupamos, le damos espacio, el animal irá ensanchándolo. La cuestión es tener claro qué lugar debe tener cada elemento y hasta dónde puede llegar. Los perros construyen el suyo de manera intuitiva, en función de miradas, y si les dejas acceder, lo hacen”. En cuanto a la pareja añade: “Sucede que las mascotas se utilizan como se puede usar a los niños en el lecho matrimonial: es una manera de decir al otro que no se quieren relaciones sexuales. Y funciona mejor que un libro, porque éste no protesta si lo echas. En ocasiones no son los problemas de pareja, sino otros trastornos afectivos los que pueden provocar que hagamos cosas raras(…) Es el problema de humanizar al perro. Esto acaba interfiriendo en la vida sentimental. Hay que saber poner a cada cosa en su sitio”, concluye la psicóloga.

Lo escribí hace unos meses: “No pienso tratarlo como a un hijo. Creo que el exceso de cariño es una forma de maltrato animal. No podemos tratar a los animales como seres humanos porque hace que pierdan su identidad, que se sientan frustrados, ansiosos e inseguros. Los animales tienen otras necesidades físicas y psicológicas, diferentes a las nuestras. Al humanizarlos sólo conseguimos que nuestra mascota se sienta incompleta porque no es un humano, pero tampoco se siente como lo que es, un animal.”

Afortunadamente he podido hacerle entender a mi esposo que Maya es un animal, y por su bien y el nuestro, se le va a tratar como tal. Quise compartir esta experiencia porque llegué a dos conclusiones:

1. Las relaciones interpersonales pueden volverse muy frágiles o muy sólidas con el tiempo y con los roces. Si no quieres que una relación se fragmente, no te fragmentes.

2. Muchas veces por amor, hacemos daño. Lo hacemos porque no sabemos amar fuera de nuestras normas y nuestros intereses. Amamos lo que podemos dominar y controlar.

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