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Jair Avalos | Corresponsal

PALENQUE, Chis. Afuera de La Chingada todos quieren ver “al hombre”, “al presidente”… a Andrés Manuel López Obrador. Han llegado, por ahora, de Tabasco, Chiapas y Campeche, con papeles, libros, peticiones para gestionar recursos, quejas postelectorales, cajas de mangos, queso de cabra, licor de cacao y hasta escapularios para que lo cuiden. Es su penúltimo día de vacaciones y como no hay vigilancia, cualquiera puede tocar la puerta y, hasta ahora, todo el día desde la madrugada, el timbre no deja de sonar.

-Oiga, lléveme a La Chingada, por favor, se le pide al taxista que maneja un Tsuru blanco con verde, que se asemeja a una carreta vieja que al avanzar emite un sonido similar al de una maraca.

“¿A la de López Obrador?”, responde con otra pregunta el hombre de unos 40 años, moreno, estatura baja y con ropa demasiado holgada.

-Sí, dele para allá, se le pide con prisa.

“Aaah, vas a ver al hombre”, suelta una sonrisa y arranca.

Acá es Palenque, Chiapas. Ningún letrero dice cómo llegar al rancho del virtual presidente electo. Uno podría pasarse de largo de ese portón de metal negro deslavado que tiene al lado una pequeña puerta y ventanal igual de avejentados, flanqueados con paredes y castillos que alguna vez fueron blancas, ahora chorreadas de negritud. El techumbre en la entrada algún día fue marrón, pero ahora está muy manchado de moho. Pero basta preguntar y todos saben cómo llegar.

El sol de Villahermosa en esta época golpea y sudar es inevitable, la ropa se pega incómodamente al cuerpo. El aire se siente pesado y los pies atrapados en el calor del pavimento. El sombrero se vuelve una necesidad.

Desde la capital de Tabasco, hay que recorrer dos horas más pero por carretera, entre palmeras y asomándose ya la selva. El primer tramo no se siente, es casi recto, pero los últimos 40 minutos pesan. Es el anuncio que ya se está en territorio chiapaneco y allí, prácticamente no hay pavimento, es más bien un terregal blanco que se alza y que se supone están arreglando, aunque por momentos imposibilita la vista.

Cuando de nuevo el camino es pavimentado es que se está en Palenque, donde ya se siente la humedad, se ve la espesura y huele a selva. Por momentos, alejándose un poco de la ciudad, se escucha el fuerte graznido de los toleches y chachalacas, parecería que se ríen escandalosamente. Entonces uno entiende el dicho popular que inmortalizó al propio López Obrador: “Cállate chachalaca”.

Es un pueblo mediano, de calles pavimentadas y bien organizadas, rodeado de cerros con una vegetación densa, y ahora en julio el aroma es dulce, porque es la época de chicozapote, típico de acá. Son unos 40 mil habitantes, dicen las estadísticas oficiales, que viven de lo que siembran y del turismo al que le invierten mucho, por los vestigios arqueológicos que están a tan sólo 10 minutos, las lagunas, cascadas y las guacamayas que están muy cerca de la ciudad.

Hasta acá viajó el martes López Obrador, a La Chingada. Se dio un tiempo para descansar con su familia y regresará a la Ciudad de México este viernes 20 de julio. Se alejó del ruido y el ajetreo, del tsunami que él mismo provocó el 1 de julio y que se desdobló en festejos, conferencias de prensa, reuniones formales e informales con su equipo, el presidente Enrique Peña y hasta la delegación estadounidense que encabezaba el secretario de Estado Mike Pompeo.

EL DATO.El terreno donde se asienta la casa  de descanso tiene una extensión aproximada de tres hectáreas.

Andrés Manuel siguió con sus rutinas, el martes, aseguran los vecinos, se fue al río Chacamax a bañarse. Varias personas lo identificaron y se tomó fotos con ellos. Luego decidió apartarse, y en su rancho es posible, porque para ingresar a la casa se tiene que caminar por un pasillo empedrado de casi 50 metros. Desde afuera sólo se ve parte del patio principal, pues la enramada impide la visibilidad hasta la casa. De forma calculada, en el pasillo de ingreso se sembraron plantas de bambú para que estas taparan la vista superior desde un segundo o tercer piso. Y no tiene muchos vecinos. De un lado hay un terreno desocupado que se ofrece para la renta y del otro una familia poseedora de una taquería de barbacoa de borrego llamada El Hidalguense, su tierra natal.

Pues nosotros sólo vemos que llega el señor y su familia. A veces viene el encargado del rancho a comprar consomé o barbacoa y ya. A veces ni sabemos que está acá. Ahora sabemos por esta multitud”, dice la dueña del local.

›Y sí, desde las cinco de la mañana la gente comenzó a llegar. Eran apenas las nueve de la mañana y la entrada de la finca era una romería. El cúmulo de gente era tal, de una acera y de otra, que los vendedores de tacos de canasta, pozol y agua de avena no se despegan de la multitud y acabaron con su mercancía. Nadie pudo verlo, José Ruiz Palacios, hombre de tez morena y lentes oscuros, les pidió que lo dejaran descansar, comprometiéndose a entregar a su jefe sus peticiones y saludos.

Era tanta la gente que por un momento llegó una patrulla municipal. Un acomedido policía le solicitó a las personas que se retiraren de la puerta.

¡A mi usted no me va a quitar el derecho de ver al señor presidente. Nosotros lo apoyamos, ahora que responda a nuestra necesidades!”, le espeta una señora al uniformado.

Al final, todos fueron convencidos de esperar a los costados para dejar pasar y poco a poco se fueron yendo. Hasta un grupo de marimba quería entrar al rancho para tocar en su honor y al no poder, optaron por tocar desde la calle.

Al menos este miércoles nadie pudo ver “al hombre”, una referencia muy típica del campo para referirse a la persona del poder.

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