Raymundo Riva Palacio.

1ER. TIEMPO: El católico ultraconservador. La relación bilateral de Estados Unidos con México ha venido decayendo en jerarquía. Hasta hace no mucho tiempo fue directamente con la Casa Blanca, a través de Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump. En el arranque del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Kushner envió el mensaje que no tendría la misma relación que tuvo con Luis Videgaray, con su sucesor en la Cancillería, Marcelo Ebrard, porque le resultaba antipático. Ebrard comenzó en la ventanilla del secretario de Estado, Mike Pompeo, pero tras la invitación a Evo Morales a residir en México, donde fue recibido como dignatario, dejó de estar para los mexicanos. Desde diciembre pasado, sin embargo, la relación bilateral prácticamente se narcotizó, y quien lleva la voz cantante de Washington hoy en día es el procurador general, William Barr, un abogado considerado como uno de los halcones del gobierno de Trump, quien se ha radicalizado con el paso de los años, y se transformó en fundamentalista, que no era cuando ocupó el mismo cargo con el presidente George Herbert Walter Bush, a quien conoció en la primera parte de los años 70, cuando trabajó un tiempo en la CIA, donde Bush padre era director. Barr ha transitado por varios gobiernos republicanos, mostrando siempre una mano dura. Fue quien, contra la opinión institucional del Departamento de Justicia, como abogado junior, redactó el alegato que permitió al presidente Bush cazar al general Manuel Antonio Noriega, en Panamá, durante la invasión a ese país. En vísperas de la Primera Guerra del Golfo, como adjunto del procurador general y contraviniendo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, dijo que el presidente de Estados Unidos tenía todo el respaldo legal para invadir Kuwait, si lo consideraba necesario. La mano dura de Barr se ha venido endureciendo con los años. “Es el más temido, criticado y eficaz miembro del gabinete de Trump”, apuntó David Rohde en un reciente perfil sobre Barr en The New Yorker. “Como ningún otro abogado general desde la era del Watergate, ha actuado como la espada política y el escudo del presidente”. Su presencia en los asuntos mexicanos de interés para Trump se entiende por la forma como dispara sin miramientos en función de los intereses de Estados Unidos, y porque en México hay una persona que lo cultiva y se retroalimentan, Christopher Landau, el embajador de Trump ante el gobierno de López Obrador. Ese par tiene muchos kilómetros corridos juntos, compartido antes y hoy, creencias y objetivos.

2O. TIEMPO: El dúo dinámico. El 6 de diciembre, un día después de reunirse con el presidente Andrés Manuel López Obrador y su gabinete de seguridad, el embajador de Estados Unidos en México, Christopher Landau, llevó al procurador general, William Barr, a rezarle a la Virgen de Guadalupe. “Fuimos a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe para pedir su ayuda en nuestra labor”, dijo Landau a los periodistas. No era broma. Barr y Landau pertenecen al grupo de conservadores religiosos que tienen una gran influencia en la Casa Blanca, y han desbancado a los evangélicos, que habían sido una fuerza avasalladora en el corazón del poder estadounidense, y pese a que a ese grupo pertenece Trump. En el equipo del presidente de Estados Unidos, los católicos conservadores han sido la principal infiltración. The New Yorker y otras publicaciones periódicas, le han dedicado un alto número de páginas a descubrir quiénes son y qué poder tienen. Es bastante. Barr es una pieza clave por el papel que juega en la politización de la justicia, pero en el entramado político doméstico se encuentra Mick Mulvaney, el jefe de Gabinete interino, así como la asesora presidencial, su spin doctor y estratega de comunicación, Kellyanne Conway. Otras piezas estratégicas son Larry Kudlow, el director del Consejo Nacional Económico, Leonard Leo, que fue estratega de Steve Bannon, el ideólogo de Trump, y la Federalist Society, que ha sido la hoja de ruta del Presidente en la selección de los jueces en la Suprema Corte de Justicia, que es la que define, en términos reales, la orientación ideológica de aquella nación. Landau orbita en esa galaxia, particularmente en la Corte, en donde comenzó su carrera profesional, sirviendo como asistente de dos ministros, Antonin Scalia y Clarence Thomas. Scalia fue un ministro altamente controvertido por sus opiniones legales conservadoras y su consistencia a favor del derecho para tener armas y el apoyo a la religión en la política, así como su rechazo al aborto, a la acción afirmativa, a los derechos civiles, y su insensibilidad ante los problemas legales de los homosexuales. Thomas, acusado de acoso sexual —y exonerado— de una abogada, Anita Hill, en 1991, respaldaba regularmente las opiniones de Scalia en la Corte y no estaba de acuerdo en subsidios federales para la salud ni con los derechos constitucionales de personas del mismo sexo para casarse. Landau abrevó de ellos, y parecía en sus primeros años que la Suprema Corte era lo que ambicionaba. No fue así, pero se cruzó con Barr. 

3ER. TIEMPO: Los buddies en La Firma. Aunque separados por una generación, William Barr y Christopher Landau se conocieron en la vida profesional privada. Los dos salieron de universidades Ivy League; el procurador general de Estados Unidos de Columbia, y el embajador del presidente Donald Trump en México, de Harvard y, en una coincidencia adicional, los dos tuvieron experiencias académicas en la Universidad Georgetown, una reconocida institución jesuita en Washington. Sus vidas se cruzaron años más tarde, cuando coincidieron en GTE Corporation, donde Barr era abogado general —luego fue vicepresidente— y Landau era parte del equipo legal. Los dos pasaron también por otra firma de abogados en Washington, Kirkland & Ellis, considerada como la más importante en profesionales conservadores, y que es uno de los mejores despachos para entrenar a quienes tienen poca experiencia. En ese despacho, a escasas dos cuadras de la Casa Blanca, también trabajó Pat Cipollone, actual abogado de la Casa Blanca —con quien México vio con detalle el plan de repatriación de los migrantes centroamericanos—, y que comenzó la defensa de Trump antes de iniciar el juicio político en el Senado. La defensa del Presidente la tiene ahora Kenneth Starr, quien llegó como una de las promesas más grandes entre los abogados estadounidense, al despacho de Kirkland & Ellis, y a quien el presidente Bill Clinton nombró como consejero independiente para investigar el extraño suicidio de Vince Foster, consejero de la Casa Blanca y viejo amigo del presidente y de Hillary Clinton, así como un oscuro negocio de bienes raíces en Arkansas, conocido como Whitewater, que allanó el camino para el juicio político del demócrata. Las vidas profesionales de todos ellos, cruzadas nuevamente en torno a Trump, fueron entretejiéndose en el campo de los abogados conservadores, a cuyos núcleos legales pertenecieron. Barr y Cipollone llegaron pronto a trabajar con Trump, y Landau hasta el año pasado, directo de una de las grandes firmas estadounidenses, Quinn, Emanuel, Urquhart & Sullivan, que lleva los casos de Gonzalo Gil White, de Oro Negro, y Genaro García Luna en Brooklyn, a la que renunció para servir como embajador. El catolicismo es un cemento adicional que pega sus vidas, guiados por Barr, que recientemente en un discurso en la escuela de Leyes de la Universidad de Notre Dame, habló sobre la necesidad de lanzar “la resistencia moral”. Ese mensaje hizo voltear a muchos hacia Barr, a su grupo político y, sobre todo, a los conservadores católicos que son hoy la esencia de la administración Trump.  

Compartir