Raymundo Riva Palacio.

1er. TIEMPO: Salió del clóset por la puerta grande. El mitin político que organizó el presidente Andrés Manuel López Obrador el sábado pasado en Tijuana, con motivo de la negociación migratoria en Washington, fue la primera pasarela para quienes, desde ya, son los aspirantes y suspirantes de la candidatura presidencial de Morena, el partido en el poder, para 2024. El héroe de la tarde, a decir por los aplausos y los saludos, fue Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores, jefe del equipo negociador. Llegó procedente de Washington y discretamente entró por la puerta asignada por el equipo de logística de la Presidencia hacia un salón, cerca del templete donde sería el acto, en donde esperaría a López Obrador para caminar con él juntos al presídium. Entró con lentes oscuros y la mirada hacia abajo, pasando desapercibido. Pero cuando salió detrás de López Obrador, la gente lo reconoció y lo vitoreó. Abrió los discursos con un mensaje de dignidad y soberanía, ad hoc para el momento. Estaba empoderado por el Presidente, aunque en el entorno más cercano a López Obrador lo consideran un traidor, tras la jaloneada lucha por la candidatura presidencial del PRD en 2012, que aseguran el entonces jefe de Gobierno de la Ciudad de México no quería ceder. En las encuestas (secretas) para definir candidato, es posible que Ebrard llegara ligeramente arriba de López Obrador, por lo tensa de su plática privada, pero en los estudios cualitativos, definitivamente, lo superaba ampliamente. López Obrador se endureció en la negociación y amenazó con la ruptura. Ebrard no quiso llevarlo a ese límite. Táctica o temerosamente dio un paso para atrás y lo dejó con la candidatura, y quedó con saldo a favor en el futuro. López Obrador lo arropó en 2018 y lo pensó siempre dentro de su gabinete, en Gobernación, Seguridad Pública o Relaciones Exteriores, por donde finalmente optó, para evitar el desgaste del arranque de gobierno. Ebrard evitó durante cinco meses el protagonismo, pero la relación con Estados Unidos lo empujó a la marquesina. En menos de una semana, los temores parecieron írsele y se ve confiado, a veces sobrado, frente a López Obrador en las mañaneras o ante la prensa en las entrevistas. Mucho más cuajado que hace seis años, Ebrard es el más sólido en el gabinete y, por mucho, el más capaz del grupo. Pero eso, en política, no hay que olvidar, es un riesgo.

2do. TIEMPO: Mírenla, no resultó tan timidita. Visto como definió la victoria el presidente Andrés Manuel López Obrador de la negociación en Washington —“se evitaron los aranceles”—, el héroe de la tarde era el jefe del equipo negociador, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard. Eso lo sabía perfectamente la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, quien como decenas de políticos fueron a Tijuana para participar en el acto convocado para ensalzar la dignidad mexicana y el cariño al pueblo estadounidense. Sheinbaum, a diferencia de todos los gobernadores que asistieron, no entró por la puerta que estaba asignada, sino que cruzó la plaza para ir saludando con la mano en alto y tomándose fotografías todo el tiempo. Contingentes de acarreados desde la capital federal coreaban su nombre. El escenario, todo, era para ella. La cita era para las cuatro y media de la tarde para esperar al Presidente, pero ella llegó una hora antes. Cuando se acercaba el momento de la llegada de López Obrador, fue a encontrarlo, y cuando caminaron con él todos los invitados VIP hacia el estrado, ante las ovaciones y los gritos para Ebrard, trataba de rescatar algunos para ella, adelantándosele con los brazos abiertos y saludando al infinito. La jefa de Gobierno buscaba su propio espacio, como la delfín del presidente para la sucesión en 2024. Ella es como de la familia, y responde a las acciones y decisiones del presidente y de su hijo Andrés López Beltrán. Si por este fuera, ella sería la candidata presidencial. Pero la decisión la tomará su padre, quien aunque le tiene enorme cariño, verá de manera fría y pragmática quién es quien más puede para ganar la Presidencia, y cómo llegan al final de esta ruta previa. Sheinbaum, a diferencia de Ebrard, no se está jugando el futuro en una acción. El canciller logró parar los aranceles con una propuesta para reducir la migración, pero si fracasa en 90 días, máximo, la estrella que hoy brilla se apagará. Sheinbaum la está pasando muy mal por la espiral al cielo de crímenes y delitos en la ciudad que gobierna, pero la carrera no es de 100 metros, sino una maratón. Tiene tiempo para ajustar las cosas y recomponer el barco. Si lo logra, la delfín seguirá en lo alto del pensamiento de López Obrador, sin necesidad de mendigar por aplausos y ovaciones a donde quiera que vaya, ni pelearle espacios a Ebrard o a nadie, cuando no haya cabida coyuntural para ella.

3er. TIEMPO: El que viene detrás. Tijuana fue un mitin político del presidente Andrés Manuel López Obrador o un acto por la dignidad. Pero sobre todo, fue un evento donde se vieron las caras y alcances, en este momento, de los presidenciables. Sin haber querido ocupar un lugar en el estrado, en primera fila, estaba Ricardo Monreal, el coordinador de Morena en el Senado, quien llegó casi de madrugada a Tijuana porque los vuelos estaban saturados. Muy temprano ese día le llamó el Presidente para pedirle que lo acompañara a Los Cabos, a una reunión de presidentes municipales, y de ahí volarían juntos a Tijuana. Con la pena, le dijo Monreal, ya estaba en esa ciudad. Su relación con López Obrador, que lo es todo para la candidatura presidencial, se ha recompuesto después de que en agosto de 2017 estuvo a punto de irse de Morena por las triquiñuelas de la encuesta para elegir candidato a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México que recayó en Claudia Sheinbaum. López Obrador habló con él y le pidió que no se fuera, que coordinara su campaña presidencial, que le ofrecía ser secretario de Gobernación. Monreal no estaba listo y prefirió esperar, sumándose a la campaña como uno de los coordinadores regionales en 2018, encargado de una de las zonas del norte, siempre hostil a López Obrador. Conversaron muchas veces más y concluyeron que era mejor que fuera al Senado. Tenía que desmantelarse el Pacto por México e instalar las bases del nuevo régimen de la Cuarta Transformación. López Obrador le dijo que lo necesitaba. Y todavía. Cada 15 días al menos, desayunan pantagruélicamente en el despacho presidencial de Palacio Nacional para revisar la agenda y hablar de lo único que hablan mucho: política. Se conocen hace más de 20 años y se hablan claro. Monreal le ha dicho en algunos momentos que hay iniciativas que no van a pasar, que es mejor cambiarlas, como la revocación de mandato, pero López Obrador es un fajador. “Yo sé que tú puedes”, le responde. Se conocen muy bien y el Presidente conoce sus capacidades y habilidades. No está entre los punteros para 2024, pero nadie descarta al senador, que, como López Obrador, varias veces ha muerto y varias más, resucitado. 

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