Raymundo Riva Palacio.

1er. TIEMPO: ¡Fuera la politiquería! ¿De dónde? El domingo pasado, al referirse a la discusión sobre el desabasto de medicinas, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que eran rumores enmarcados en la “politiquería”. La definición de “politiquería”, según el diccionario, es la “degeneración de la política. Intervención en la política con propósitos turbios, para ganancia personal o de un grupo, aprovechándose de forma egoísta del poder o la posición pública”. Bajo ese conjunto de conceptos, la principal “politiquería” que enfrenta el presidente está en su gabinete. En siete meses de administración ha roto récord en renuncias: dos secretarios de Estado, Carlos Urzúa de Hacienda, y Josefa González Blanco en Medio Ambiente; dos subprocuradores, Felipe Muñoz, en la Investigación Especializada en Delitos Federales, y Gualberto Ramírez, en Investigación de Secuestros; dos subsecretarios, Simón Levy, en Turismo, y Gilberto Guevara Niebla en Educación (que aún no se hace pública); el director del Seguro Social, Germán Martínez; el comisionado presidente de la Comisión Reguladora de Energía, Guillermo García Alcocer; el responsable de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, Jaime Rochín; el comisionado del Instituto Nacional de Migración, Tonatiuh Guillén; y otros dos funcionarios que cayeron para arriba:Omar García Harfuch, que dejó la Agencia de Investigación Criminal para hacerse cargo de la Policía de Investigación en la Ciudad de México, y quien era responsable de los penales federales, Francisco Garduño, quien fue nombrado al frente de Migración. Hubo otras dos renuncias que no fueron aceptadas, la de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y la del jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, que públicamente desmintió. Para un Presidente al que no le gusta hacer cambios, esto es un absurdo. Los primeros gabinetes tienen una duración promedio de dos años, tiempo suficiente para ver quién no funcionó y pagar los compromisos de campaña. El segundo es para fortalecer y consolidar lo logrado. El tercero es el que prepara la salida y la búsqueda para mantener al partido en el poder. La mayoría de las renuncias se han debido a la “politiquería”, que son las batallas internas por el poder, las luchas por impulsar la agenda de sus dependencias, la fatiga o la implementación de señales confusas emitidas por el Presidente a sus colaboradores. En cualquier caso, hay un problema de orden dentro del gabinete, y de gran desorden administrativo. Tampoco hay mucha institucionalidad. A los presidentes, en México y en el mundo, no les renuncias; ellos despiden. A López Obrador sí le tiran la toalla y él la recoge.

2O. TIEMPO: Nadie sabe a quién aprieta. Varias salidas en el gabinete del presidente Andrés Manuel López Obrador han obedecido a las derrotas en el campo de batalla. La más reciente, la del secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, fue contra el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, que terminó doblegando a su compañero de edificio —ambos despachan en Palacio Nacional, aunque en extremos opuestos—, quien quirúrgicamente le fue quitando brazos operativos. Urzúa no aguantó y el Presidente estuvo de acuerdo en que se fuera. Esta fue una pelea entre pares, aunque Urzúa cargaba también enfrentamientos con la secretaria de Energía, Rocío Nahle, y con el director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett, cuya vocación por eliminar la Reforma Energética le había causado serios problemas para hacer creíble y viable el plan de rescate para Pemex. Hubo otras desiguales y, por tanto, inentendibles. Este es el caso de Simón Levy, exsubsecretario de Turismo, que calladamente le hizo la guerra a su jefe, el secretario de Turismo, Miguel Torruco. Levy se quejaba con ejecutivos en el sector de que Torruco no sabía realmente del sector y que había permitido que le quitaran presupuesto, provocando que el trabajo de los subsecretarios fueran muy exiguo y limitado. Levy no pudo con Torruco y se fue, lo que no significa que ha dejado de intrigar, en el mejor ejemplo de la “politiquería” que repudia López Obrador. Hay otros funcionarios que se fueron, aprovechando coyunturas, porque no les hacía caso el Presidente. El mejor ejemplo es el de Josefa González Blanco, exsecretaria de Medio Ambiente, que casi lloraba con los colaboradores de López Obrador que no lograba interesarlo en ninguno de sus proyectos. “Pues preséntale uno interesante”, le respondió en una ocasión uno de los más influyentes. González Blanco le hizo caso y decidió madrugar para hablar con él en Palacio Nacional. Lo esperó en uno de los pasillos de Palacio Nacional y cuando pasó junto a ella, lo interceptó. Para su sorpresa, el Presidente ni siquiera la reconoció, y le tuvieron que decir de quién se trataba. Días después, se fue del gabinete. Hay otros casos en los que los subalternos no se llevan con sus jefes. Es el de los exsubprocuradores, Felipe Muñoz y Gualberto Ramírez, a quienes heredó el fiscal general Alejandro Gertz Manero de administraciones pasadas y simplemente los ignoró. Se fueron por inanición y desamor profesional, que no es el caso del casi exsubsecretario de Educación, Gilberto Guevara Niebla, cuyos choques permanentes con el secretario Esteban Moctezuma han hecho inviable e imposible que trabajen juntos.

3ER. TIEMPO: El Presidente no se quedará solo. A la velocidad que ha tomado la hemorragia de funcionarios del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, difícilmente llegaría a la mitad de su sexenio con el mismo equipo. Pero eso no va a suceder. Dentro del gabinete hay personas con el estómago grande y un sistema digestivo envidiable. Dos secretarios son los que más resistencia han presentado. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, quien antes de que la dejaran como asistente de facto del secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, ya había renunciado dos veces, mismas que le rechazaron. Sánchez Cordero está en la puerta de salida del gabinete, motivo por lo cual hay cargos importantes en Bucareli vacantes que ya no ocupó. El otro con un interior indestructible es Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones y Transportes, que se ha convertido en el mejor punching bag del Presidente para recibir todas las críticas derivadas de la construcción del aeropuerto en Santa Lucía. Jiménez Espriú es incapaz de hacerle incluso una mueca a López Obrador. Hace algunas semanas un grupo de expertos invirtió cuatro horas en explicarle porqué Santa Lucía no sería un aeropuerto de operación aérea simultánea con el Benito Juárez de la Ciudad de México, hasta que finalmente entendió lo que le decían. Entonces, preguntó: “¿Quién le dice esto al Presidente?” Todos se voltearon a ver antes de responderle: “Usted lo metió en esto, usted le dice”. Jiménez Espriú le dijo, pero no le hicieron caso. Son dos de los secretarios con mayor edad en el gabinete y permanecerán en él hasta que el Presidente decida que es tiempo de cambiarlos. No tienen la fuerza interna de otros de sus colegas, y tampoco parece que les preocupe mucho, en su palmarés profesional, que sean piezas desechables a contentillo del Presidente. 

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