Raymundo Riva Palacio.

1er. TIEMPO: Hay caras que nunca se lavan. La ideología mata principios, cuando menos en la moral del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien durante más de una década ha abrigado a Manuel Bartlett y lo ha convertido en uno de sus más fieros gladiadores en defensa de los recursos naturales de México. Bartlett es todo lo que la izquierda repudia por su participación tortuosa y negra durante el proceso electoral que culminó la noche del 6 de julio de 1988, cuando oficialmente Carlos Salinas derrotó a
Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier en la contienda presidencial. Aquella elección ha perdurado en la memoria política como fraudulenta, que poco importó a López Obrador cuando, al coincidir en el tema energético en 2008, comenzó una relación política a la cual Bartlett le había hecho un guiño dos años antes, cuando pidió el voto por López Obrador en repudio al candidato de su partido, el PRI, Roberto Madrazo, y del PAN, el partido en el poder, Felipe Calderón. Bartlett atravesaba por un proceso de reinvención política, después de haber sido señalado como el arquitecto del fraude electoral en 1988 y señalado en Estados Unidos por un testigo protegido de la DEA, Víctor Harrison, de tener relaciones con el narcotráfico. Las acusaciones de Harrison se cayeron, pero las sospechas sobre Bartlett, nunca. Una vez, incluso, cuando le preguntaron al entonces embajador de Estados Unidos en México, John. D. Negroponte, si Bartlett podía entrar a Estados Unidos, respondió que sí, pero lo que no sabía era si podría salir. Bartlett, un francófilo, siempre ha visto con recelo a Estados Unidos, y trasladó sus fobias norteamericanas a toda una generación de políticos educados en las universidades Ivy League que lo desplazaron del poder. Quien fue secretario de Gobernación, de Educación y gobernador de Puebla, tenía muy poco de vida útil dentro del PRI sin tener edad para el retiro, por lo que comenzó a coquetear con López Obrador, quien lo arropó para que la coalición Movimiento Progresista que hizo al tabasqueño su candidato presidencial, lo postulara como plurinominal al Senado por el PRD, el PT y Movimiento Ciudadano. Las contradicciones no eran sujeto de análisis. El PRD nació del impulso de Cárdenas, primera víctima del fraude del 88, y el PT había nacido de la mano de Raúl Salinas, hermano del expresidente, con el aval de Fernando Gutiérrez Barrios, sucesor de Bartlett en Bucareli.

2do. TIEMPO: La pulverización de la memoria. Para 2006, Manuel Bartlett seguía luchando para que su mala fama como el “mapache” en las elecciones presidenciales de 1988, se olvidara. La reinvención se ancló en su oposición a las reformas energéticas de Ernesto Zedillo, de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto. Bartlett cuestionaba las reformas porque eso significaría, aseguraba, “privatizar y desmantelar” a Pemex, que era el argumento central del discurso más vehemente y encendido de Andrés Manuel López Obrador, por años el líder de la izquierda social. El intento por acallar los gritos de fraude electoral contó con el respaldo inopinado de Carlos Salinas, quien como expresidente escribió un libro voluminoso en el que abordó las elecciones del 6 de julio para defender la legalidad y legitimidad de su victoria. Bartlett era beneficiario directo de ese alegato. Después de todo, la noche del 6 de julio en la Secretaría de Gobernación, desde donde en ese entonces se manejaban los procesos electorales, con sólo 2% de los votos contados y resultados preliminares que reflejaban que Cárdenas estaba aplastando a Salinas en las urnas, el presidente Miguel de la Madrid le ordenó que dejara de dar resultados. Bartlett obedeció y las computadoras en Bucareli, donde iban apareciendo, se quedaron negras. De ahí vino la famosa “caída del sistema” que Bartlett matizó años después señalando que se “calló” —la orden dictada por De la Madrid— pero no se cayó. Treinta y un años después, Francisco Cantú, profesor asistente en la Universidad de Houston, publicó hace unos días una investigación persuasiva en la American Political Science Review, una de las publicaciones más respetadas por los politólogos en el mundo, que se titula “Las Huellas del Fraude: Evidencia de la Elección Presidencial en México de 1988”, donde utilizó nuevas herramientas de análisis computacional para revisar las votaciones de aquella jornada. A través del uso de una nueva base de datos con imágenes de más de 50 mil votos disponibles de aquella elección a la que le aplicó un sistema de detección computarizado para reconocer problemas con las imágenes, identificó alteraciones flagrantes en casi un tercio de las boletas en el país. Dicho de otra manera, encontró fraude electoral en  30% del voto, que iban de manipulaciones fraudulentas de 3% en la Ciudad de México, al 66% de alteraciones en Tlaxcala. La mayoría de las alteraciones las encontró en el sur del país en los enclaves priistas, donde estaban los caciques que respondían a las exigencias, manotazos y amenazas de quien era el secretario de Gobernación en ese año, Manuel Bartlett. El fraude, recuerda Cantú, no nació y murió el 6 de julio. Se comenzó a fraguar en 1987.

3er. TIEMPO: El plan estratégico del “mapache” electoral. En 1987 el PRI se fracturó por última vez. La Corriente Democrática ideada por Rodolfo González Guevara, en ese entonces embajador en España, pero que como subsecretario de Gobernación, bajo Jesús Reyes Heroles, fue pivote en la construcción e implementación de la Reforma Política que legalizó a la izquierda y abrió la puerta a la democracia una década antes, sumó apoyos para realizar oposición al PRI desde adentro del PRI —inspirado por la corriente crítica de Pablo Castellano dentro del PSOE— que encontró en Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo dos simpatizantes que proporcionaron el combustible y prendieron la mecha de la insurgencia político-electoral. El quiebre dentro del PRI llevó a una Reforma Política en ese año, en el que, recuerda el politólogo Francisco Cantú, se crearon los incentivos para el fraude electoral de 1988. Esa reforma le dio el control del proceso electoral a 300 consejos distritales que, entre sus atribuciones estaba recontar los votos con el consentimiento del partido en el poder y, dado el caso, “ajustar” el resultado final. De esa manera, dice Cantú, hubo una casilla donde el candidato del partido oficial, Carlos Salinas, tuvo 73 votos, pero le añadieron el cero para dar 730. Otra, el PRI obtuvo 232 votos, pero el resultado final fue de mil 422. Lo que documenta Cantú es un fraude nacional operado desde Bucareli, en el despacho del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett. El trabajo de Cantú aporta por primera vez evidencia científicamente probada de qué sucedió en aquella elección en la que Salinas ganó con 50.4% del voto, delante de Cárdenas que tuvo 31.1% y Manuel Clouthier que llegó a 17.1 por ciento. Si el politólogo encontró alteraciones en 30% de los votos, probablemente Cárdenas habría sido Presidente de la República. Bartlett se le atravesó y las familias Cárdenas y Clouthier jamás lo olvidaron. Millones de mexicanos tampoco, pero quien importa hoy en día, López Obrador, sí. El Presidente le ha dado toda la confianza para hacer lo que quiera Bartlett como director de la Comisión Federal de Electricidad, soslayando por completo el oscuro historial de un político altamente educado, inteligente y sofisticado, vestido de demócrata, cuando pocos hay como él que tanto daño le han hecho a la democracia mexicana.  

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