Raymundo Riva Palacio
Un equipo encabezado por Samuel del Villar concluyó en un informe secreto que el verdadero verdugo del columnista había sido un militar, cuya orden se había dado tras una reunión presidida por el entonces secretario de la Defensa, general Juan Arévalo Gardoqui, en la que estuvieron presentes funcionarios de la Secretaría de Gobernación, que encabezaba Manuel Bartlett

1ER. TIEMPO: Amor, con insultos se paga. Al director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett, no le gustó que se difundiera en W Radio, en el noticiero de Carlos Loret, una investigación de Arely Quintero en la que se mostraba que había omitido mencionar en su declaración patrimonial los bienes de su pareja y su hija, con propiedades evaluadas en millones de pesos. Tener dinero no es pecado ni es un delito. Su pareja por más de dos décadas, Julia Abdala, exnuera de un prominente político priista, tenía dinero y propiedades antes de conocerlo, y después de estar con él, fue ejecutiva para la venta de seguros a anteriores gobiernos, y vinculada familiarmente con proveedores importantes de equipos de seguridad. Nada que esconder, supondría uno, pero Bartlett optó por no mencionar esas propiedades, aunque no estuvieran a su nombre, en su declaración patrimonial como funcionario federal, o manifestar conflictos de interés donde los hubiera. Bartlett, a decir de Quintero, dejó de registrar propiedades en 2001, aunque afirma que sus declaraciones patrimoniales están en regla. En lugar de ir por la vía del argumento, siendo Bartlett un cartesiano puro, le salió la mano dura y utilizó a su director de Comunicación Social en la CFE, Luis Bravo Navarro, para que cargara sus ametralladoras retóricas y disparara insultos contra periodistas y articulistas. La marca de la casa, pues. En Puebla lo recuerdan como un funcionario de medio pelo en la oficina de Comunicación Social del entonces gobernador Bartlett (1993-1999), cuando la dirigía Jesús Hernández Torres. Bravo Navarro hizo periodismo —aunque en el gremio recuerdan su trabajo como mediocre— y se dedicó a la academia. Resurgió en 2012 como candidato a diputado del PT-PRD por la Ciudad de México, donde se volvió a encontrar con su viejo jefe. Perdió, pero Bartlett lo lleva a la coordinación de Comunicación Social del PT en el Senado. Su jefe lo vuelve a impulsar para una diputación en Puebla en 2015, y una vez más fue derrotado. Bartlett le dio trabajo otra vez. Bravo Navarro ha desquitado con lealtad inconmensurable los rescates continuos de Bartlett, pero su poco humilde y razonado manejo del lenguaje en sus cartas incendiarias a los medios, no lo ayudó, sino lo perjudicó. Como respondió Leo Zuckermann a una carta a Excélsior en la que objetaba sus opiniones sobre el tema, no olvide que subalternos de su jefe asesinaron a Manuel Buendía.

2O. TIEMPO: Cuando la decisión fue tomada. Poco después de la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador designó a Manuel Bartlett como el próximo director de la Comisión Federal de Electricidad. En coyuntura, en este mismo espacio se publicó una Ayuda de Memoria que resumía años de trabajo sobre el asesinato de Manuel Buendía, el columnista político más importante que ha existido en este país en los últimos 50 años. Aquel crimen fue un duro golpe para el presidente Miguel de la Madrid. En Los Pinos, un equipo encabezado por su consejero Samuel del Villar concluyó, en un informe secreto sobre el asesinato, que el verdadero verdugo del columnista había sido un militar, cuya orden de acabar con él se había dado tras una reunión presidida por el entonces secretario de la Defensa, el general Juan Arévalo Gardoqui, en la que estuvieron presentes funcionarios de la Secretaría de Gobernación, que encabezaba Bartlett, y un proveedor de armas de la Defensa, ante el temor, señalaban, de que el columnista tuviera información del involucramiento de altos miembros del gobierno con el narcotráfico, y la fuera a publicar. Nunca se aclaró oficialmente cuál fue el móvil del asesinato, pero pagaron con cárcel el director de la extinta Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla Pérez, y varios de sus comandantes más experimentados. Un agente más, Juan Moro  Ávila, cuya fisonomía no cuadraba con la descripción del asesino que dieron varios testigos del crimen, fue sentenciado como autor material. Zorrilla Pérez era amigo íntimo de Buendía,y fue la primera persona a la que su secretario particular, Luis Soto, le habló por teléfono minutos después del asesinato. Varios comandantes de la DFS llegaron en cuestión de minutos a la oficina de Buendía, que estaba a pocas cuadras de su cuartel general, y por órdenes del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, se llevaron expedientes del voluminoso archivo que teníaBuendía. Quince días antes del asesinato, después de una cena en la Zona Rosa, había bromeado con él: “Don Manuel, mejor me cruzo la calle, porque es un peligro caminar junto a usted”. Todos rieron sobre lo que siempre se pensó, pero nunca se creyó. La noche en que lo asesinaron, Buendía había roto su rutina y se despidió dos horas antes de su horario normal de salida. No caminó más de 10 metros de la puerta del edificio donde estaba la oficina cuando lo mataron. Lo estaban cazando. ¿Cuánto tiempo antes decidieron que era el momento en que Buendía muriera? ¿Por qué se decidió que el beneficio era superior al costo? Las preguntas siguen sin respuesta, 34 años después. Y Bartlett sigue siendo funcionario del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien como jefe de gobierno en la Ciudad de México había tenido como cercano colaborador, quién lo imaginaría, a Del Villar.

3ER. TIEMPO: El hombre de la mano dura. Una vez, en una gira de trabajo del presidente Miguel de la Madrid a Guatemala, en una cena en un restaurante, le pregunté a Manuel Bartlett, quien era secretario de Gobernación, cómo se había controlado la inestabilidad social, luego del shock petrolero y de los sismos de 1985. Sin dudar un momento, respondió: “Porque el secretario de Gobernación es un chingón”. Además de serlo, Bartlett sí parecía secretario de Gobernación, de esos que uno está seguro que no le está diciendo la verdad, que le miente y que le oculta las cosas, donde el control férreo que ejercía apenas se veía. Hombre dotado con una inteligencia y cultura superior, había aguantado las acusaciones de haber estado vinculado al narcotráfico, como lo acusó la DEA, y solventado el conflicto con El Vaticano cuando, molesto porque en las iglesias de Chihuahua se hacía proselitismo desde los púlpitos, las cerró antes de una elección para gobernador. Intervino con el gobierno de Venezuela para que le ayudaran a extraer a sus sobrinos que se habían metido en una secta y los pusieran de regreso a México, historia que Proceso iba a publicar, retomando la primicia de una revista popular, pero no política, hasta que se enfrentó con su mano dura. José Antonio Zorrilla Pérez, en ese entonces director de la inefable Dirección Federal de Seguridad, fue a ver al entonces director, Julio Scherer, para advertirle que no podía publicar ese episodio. Scherer se oponía, pero Zorrilla Pérez era muy persuasivo. Pidió hablar con Vicente Leñero para que lo convenciera, y quien fuera la mano derecha de Scherer en la revista, escribió tiempo después el episodio: había puesto un vaso con Coca-Cola en el filo de la mesa de la sala de juntas y empezó a deslizarlo, con las puntas de los dedos, hacia adelante, mientras decía: “¿Sabe lo que les pasa a ustedes? Son como este vaso: caminan rectos, rectos, pero no se dan cuenta de que la realidad se tuerce, como la mesa… ¿y qué pasa?”. Zorrilla había llevado al límite el vaso, lo impulsó y cayó haciéndose trizas. Entonces, le preguntó: “¿Se da cuenta?… ¿Usted tiene cuatro hijas, verdad?… Cuatro hijas a las que quiere muchísimo… No deje que les pase nada, señor Leñero”. Se fue Zorrilla y Leñero fue con Scherer. “Está cabrón, y el cabrón de Bartlett no se anda con mamadas”, le dijo. “Yo me la he jugado contigo desde el golpe contra Excélsior por cosas importantes, pero por los pinches sobrinitos de Bartlett de plano no, no vale la pena”. Esa historia nunca se publicó.  

Compartir