Raymundo Riva Palacio.

1ER. TIEMPO: De saque, Meade pierde un punto. Desde hace meses, los términos del primer debate entre candidatos presidenciales, se definieron. La mayoría de los consejeros electorales encabezados por el consejero presidente Lorenzo Córdova, mayoritearon al resto y resolvieron el tema del primer debate, el lugar, fecha y hora en el que se realizaría, además del formato de tres personas que moderarían y preguntarían. No iban a esperar que llegado el año electoral comenzaran a ver los diversos formatos, por lo que llegaron al acuerdo que, en este tema iban a actuar como un bloque homogéneo. Por lo pronto, el primer debate tendría en el combate a la corrupción y a la impunidad, uno de sus énfasis. Sin importar que no tuvieran aún candidato, el PRI buscó modificar la temática, al ser un fenómeno en el que José Antonio Meade tenía un déficit frente a sus otros adversarios. No por él, sino por el entorno de malestar nacional contra lo que se percibe como un gobierno corrupto e impune. El primero en buscar que se cambiara el orden temático fue el líder nacional del PRI, Enrique Ochoa, quien después de varias vueltas entendió que la pared levantada por los consejeros era infranqueable. Este año retomó la negociación Francisco Guerrero, quien fue consejero electoral hasta octubre de 2013, pero también chocó contra el muro. No había forma de que el tema de arranque se cambiara, que era la principal preocupación de la campaña de Meade. Los consejeros habían firmado —metafóricamente hablando— un pacto de honor para que no hubiera hendiduras en su posición cada vez más clara en la inclinación hacia un lado —del candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador— y su alejamiento ante el candidato del partido en el poder. No sabían quién sería el aspirante oficial, pero cualquier nominado tendría que enfrentar la temática que más daño ha hecho al gobierno de Enrique Peña Nieto y la que mayor indignación causa a los mexicanos: corrupción e impunidad.

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2O. TIEMPO: Los temas que queman. Como componente de la temática del primer debate presidencial, se encuentran la seguridad pública y la violencia. La desventaja de arranque la lleva el candidato oficialista, José Antonio Meade, ante el colapso de la estrategia de seguridad del gobierno, cuya tasa de índices delictivos rebasa la que tuvo el presidente Felipe Calderón Hinojosa durante todo su sexenio. Meade ha planteado como eje de su propuesta inteligencia para prevenir los crímenes y atacar la fuente de ingresos de la delincuencia organizada. Está bien pensado, salvo que eso es precisamente lo que dejó de hacer de manera sistemática el gobierno del cual es candidato. El presidente Enrique Peña Nieto toleró el desmantelamiento de las áreas de inteligencia y sólo hasta que llegó Meade a la Secretaría de Hacienda, en la parte final del sexenio, se trabajó en serio contra el lavado de dinero. La única ventana de oportunidad que tiene Meade en el debate son las debilidades de las propuestas de López Obrador. Dos temas son centrales en las ideas expuestas por Andrés Manuel López Obrador: amnistía para criminales y reorientar la misión de las Fuerzas Armadas hacia la seguridad pública. Los dos ejes de su política son un tanque de dinamita con la mecha prendida. Otorgar amnistía para criminales es darle la espalda a las víctimas y regalares un futuro a los victimarios, cuando la racional de siempre, estar del lado de las víctimas, excluye cualquier tipo de amnistía para criminales. Además, es una solución que no soluciona. Amnistiar a un asesino o a un secuestrador no es resolver el problema, incluso si hipotéticamente lograra redimir al delincuente, porque nunca se erradicará el fenómeno criminal, ya que esa política deja intacto el mercado ilegal de las drogas que se rige por el dinero, no por principios ni por actos de fe. El segundo punto es más grave, porque propone la militarización formal y permanente de la seguridad pública, que es un modelo que se utilizó en América del Sur en los 70, llamado Doctrina de Seguridad Nacional, utilizada para el control político y social que llevó a la desaparición de decenas de miles de personas. No es el propósito de López Obrador matar gente, pero su esquema es una copia inadvertida del usado por las dictaduras sudamericanas.

3ER. TIEMPO: Un ejercicio de simulación nacional. ¿Quién sería el valiente que en un discurso hablara en contra de la democracia? ¿Quién, aquel que diga que el pluralismo no es lo que quieren como método para gobernar? Los consejeros del Instituto Nacional Electoral decidieron que este sería el tercer punto para el primer debate y todos los candidatos hablan de manera distinta de la democracia. La democracia para Andrés Manuel López Obrador es la toma de decisiones a partir de votaciones a mano alzada mediante las cuales está dispuesto, incluso, a modificar derechos constitucionales. Para él, la pluralidad es algo que no desea —de ahí su llamado al “carro completo” para tener las mayorías en las cámaras— porque le impedirían llevar a cabo su proyecto de gobierno. Pluralidad, en el concepto de Ricardo Anaya y José Antonio Meade es una broma, al ser representantes de partidos que decidieron, cupularmente en el Pacto por México, redefinir la cara y el cuerpo del país, lo que también fue un proceso bastante antidemocrático.
La inclusión que apoyan es una broma: Anaya fue excluyendo a cada uno de los panistas que le estorbaban en el camino; Meade representa al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, quien tomó una serie de decisiones políticas que afectaron a la sociedad con enfoques particulares, como mostró su proclividad al compadrazgo en las listas para diputados y senadores, donde buscó la protección transexenal de sus más cercanos. Pero ni los candidatos ni los políticos son los únicos que proclaman la democracia que no practican. Los mexicanos, en su conjunto, están cada vez más desencantados del modelo. La encuesta anual de Latinobarómetro, la ONG chilena que mide la satisfacción con la democracia, revela que sólo 18% de los mexicanos está a gusto con ella. Cuando se comenzó a medir la democracia en la región, hacia 2005, seis de cada 10 la apoyaban en México, pero ha venido en picada. El año pasado sufrió una caída de 10 puntos porcentuales con respecto a 2016, la mayor entre todos los países encuestados. Cuatro de cada 10 dijeron que no querían la democracia. Fueron cuando menos honestos. Los candidatos dijeron lo contrario, pero en los hechos están alineados con lo que también piensa la sociedad.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

@rivapa

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