Raymundo Riva Palacio.

1ER. TIEMPO: Finalmente, comenzó el renacimiento. Cincuenta y ocho años después de su fundación, el Partido Comunista Mexicano aprovechó la coyuntura que en su discurso de toma de posesión, el primero de diciembre de 1976, había perfilado el presidente José López Portillo: comenzar a discutir una reforma política. El gobierno de López Portillo arrancó con una crisis económica y una pérdida acelerada de legitimidad. La masiva cooptación del presidente Luis Echeverría de la izquierda y los intelectuales, a quienes procuró y financió, no le había dado el consenso duradero y su sexenio terminaba con una violenta actividad guerrillera —que era lo que tres años antes el partido se había planteado para la toma del poder— y una ruptura del consenso entre las élites. López Portillo necesitaba inyectar estabilidad política ante la inestabilidad económica y resolver los conflictos por la vía pacífica. Debía darle la vuelta a casi 15 años de represión, desde la huelga de los médicos a mediados de 1965, la primera confrontación pública al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz que provocó el encarcelamiento de unos 60 líderes comunistas, hasta el Movimiento Estudiantil de 1968, donde el PCM reconoció que fue rebasado y no aprovechó las condiciones de disrupción que se habían creado por la rebelión de los jóvenes, pasando por el ataque a un cuartel militar en Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, donde nació la Liga Comunista 23 de Septiembre. El Partido Comunista arrastraba escisiones, como la de los trotskistas que se convirtieron en el ala extrema de la izquierda, cuando infiltraron el primer movimiento estudiantil en 1965 y dinamitaron la estatua de Miguel Alemán, el presidente que construyó Ciudad Universitaria, junto a la Rectoría en la UNAM, y se venía debilitando por la penetración de los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría, que incluyó un relevo de comunistas extremistas en puestos prominentes, como sucedió con Manuel Marcué Pardiñas, en Política, el mejor semanario político en la historia de México, Arnaldo Orfila, director de la influyente editorial Fondo de Cultura Económica, y Jaime García Terrez, director de Difusión Cultural de la UNAM. Había que dejar la vía armada para sobrevivir. La ley de López Portillo, redactada por José Luis Lamadrid, bajo la supervisión del secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, fue la puerta de salida y del renacimiento. La Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales fue aprobada por el Congreso en diciembre de 1977, y en mayo del año siguiente, después de décadas de operar sin registro, muchos de ellos en la clandestinidad, el Partido Comunista Mexicano logró el reconocimiento oficial. Fue hace 40 años y, sin embargo, nada de lo que pasa hoy en día, se entendería sin aquellos días.

04 Ayuda EC106A

2O. TIEMPO: Los largos años de infiltración. El Partido Comunista Mexicano fue fundado el 24 de noviembre de 1919, inspirado en la Revolución de Octubre en Rusia, en 1917. Su primer secretario general fue el mexicano José Allen, cuyo apellido se lo dio su abuelo, que marchó con las tropas del general Winfield Scott, quien comandó dos ejércitos durante la invasión a México de 1847. Allen, reveló muchos años después el historiador inglés Barry Carr, era un agente estadounidense, que infiltró al Ejército en 1918, cuando trabajaba como mecánico en los Establecimientos Fabriles Mexicanos —fabricante de armas—, por instrucciones del agregado militar en la Embajada de Estados Unidos en México, el coronel Campbell, y reportaba sobre los conflictos internos en el partido, su relación con el movimiento obrero, así como los nexos con el gobierno. Washington siempre ha prestado atención a las actividades de cualquier potencial enemigo de los intereses de Estados Unidos. La información recibida se sumó al caudal de inteligencia a la que venía amasando el FBI desde 1908, cuando al fundarse, instaló una oficina en la Ciudad de México. Documentos desclasificados de la CIA y el Departamento de Estado muestran décadas de seguimiento a comunistas, como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, así como las estrategias de algunos de sus dirigentes, como Dionisio Encina, su longevo secretario general, Blas Manrique, quien era una de las figuras emergentes comunistas, y Manuel Terrazas, que dirigió La Voz de México, uno de los órganos oficiales que tuvo el Partido Comunista, como años después Oposición y El Machete. Pero ninguna operación de espionaje a los comunistas mexicanos sería tan importante y detallada como la desplegada por el FBI, COINTELPRO, de 1956 a 1971, para desactivar movimientos disidentes dentro de Estados Unidos, y que en sus 50 mil páginas incluye 200, perfectamente detalladas donde reporta todas las actividades de la izquierda dura —como la de Valentín Campa, Demetrio Vallejoy Arnoldo Martínez Verdugo—, y la izquierda reformista agrupada en el Movimiento de Liberación Nacional, encabezado por Lázaro Cárdenas, donde figuraban marxistas como Alonso Aguilar o Eli de Gortari —tío del expresidente Carlos Salinas—, comunistas como Ángel Bassols y Enrique Ramírez y Ramírez, fundador de El Día, Carlos Fuentes, José Guadalupe Zuno —suegro del expresidente Luis Echeverría—, líderes sindicales como Eliezer Morales, o políticos como Vicente Lombardo Toledano, Heriberto Jara, Heberto Castilloy Enrique González Pedrero, uno de los mentores de una figura que brillaría décadas después, Andrés Manuel López Obrador.

3ER. TIEMPO: Morir para nacer. La Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales no sólo legalizó al Partido Comunista Mexicano. El presidente José López Portillo y su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, imaginaron una reforma política que despresurizara el sistema y construyera el multipartidismo. La reforma política de 1977 tuvo un vocero, unomásuno, el periódico que fundó Manuel Becerra Acosta, que salió de Excélsior junto con Julio Scherer, que fundó Proceso, y Carlos Payán, un hombre de izquierda que había trabajado en el servicio público y que, cuando aquel diario se pudrió y se quebró, creó La Jornada. Becerra Acosta vivió para ver la crisis del PRI, que detonó al publicar lo que le había confiado Porfirio Muñoz Ledo, el surgimiento de la Corriente Democrática dentro del PRI para buscar abrir el proceso de sucesión presidencial. El presidente Miguel de la Madrid y su secretario de Gobernación, Manuel Bartlett —hoy senador afín a Morena—, se opusieron y en 1987, el PRI tuvo su primera gran fractura. La apertura democrática de 1978 le había dado una presencia parlamentaria al Partido Comunista, pero al mismo tiempo entró en un proceso de pugnas internas, ideológicas y programáticas, que concluyeron con su disolución el 4 de noviembre de 1981. Murió para nacer, junto al Movimiento de Acción y Unidad Socialista, el Partido Socialista Revolucionario, el Partido del Pueblo Mexicano y Unidad Socialista, en el nuevo Partido Socialista Unificado de México, 48 horas después, tras 62 años de turbulenta vida. El PSUM vivió poco y desapareció en 1987 al sumarse al Frente Democrático Nacional, amplia coalición de partidos —incluido el Verde— que hicieron a Cuauhtémoc Cárdenas su candidato a la Presidencia en 1988. Perdió ante Carlos Salinas, pero esa semilla daría muchas cosechas. De ese movimiento nació en mayo de 1989 el PRD, la placenta de Morena, cuyo candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, un expriista y luchador social, pero lejos de ser comunista, está en el umbral de darle a la izquierda el máximo poder de la nación, con el que soñaron en 1919 y del que siempre habían estado lejos.

Compartir