Raymundo Riva Palacio.

1er. TIEMPO: El amigo que ya no es. Hace no tantos años, cuando Andrés Manuel López Obrador era jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, Carlos Slim era más que un empresario que podía invertir en la Ciudad de México. Lo veía con frecuencia y aceptaba consejos del magnate, que ya lo era, aunque todavía no alcanzaba a estar entre los más ricos del mundo, nivel que alcanzó hasta mediados de la década pasada. Pero Slim podía inyectar muchos recursos a la capital federal, a partir de la regeneración urbana en el Centro Histórico, donde desde los tiempos de su padre Julián, su familia había ido adquiriendo propiedades en medio de la depresión inmobiliaria de la primera década del siglo XX, por la devastación de la Revolución Mexicana, que respaldó con una mercería, “La Estrella de Oriente”, que dio para muchos más negocios. Slim fue el motor detrás de la regeneración del centro de la capital y un apoyo importante en la carrera política de López Obrador, que lo tenía como consejero. La relación era intensa y compartían, en ocasiones con Carlos Monsiváis, cercano a ambos, o con Carmen Lira, principal accionista y directora de La Jornada, un periódico al que años antes había rescatado el empresario de una quiebra técnica, en apoyo a otro de sus entrañables, Carlos Payán, director fundador del diario y muy cercano a López Obrador, y a quien financió para que junto con Epigmenio Ibarra, uno de los responsables de la propaganda del presidente, fundaran la exitosa productora de televisión Argos. Aquella relación se fue erosionando, y el papel de consejero desapareció. Hace aproximadamente hace un año, cuando iniciaba López Obrador su tercer intento por la Presidencia, tuvieron su primer gran desencuentro. Slim le hizo una serie de críticas sobre su proceder y su actuar, como otras veces lo había hecho, pero en esta ocasión, sí hubo una reacción negativa de López Obrador, quien dejó de hablarle durante varios meses. La relación era gélida cuando se produjo la cancelación del aeropuerto en Texcoco, donde tenía inversiones y su exyerno Fernando Romero participaba en el proyecto del diseño junto con el arquitecto Norman Foster. Contra todas las recomendaciones, Slim decidió dar una conferencia de prensa en donde criticó la cancelación de la obra, que sólo ensanchó la brecha que en algún momento, años antes, había estado casi sellada. La amistad nunca regresaría.

2O. TIEMPO: Las lanzas se rompieron para siempre. La cancelación del aeropuerto en Texcoco fue interpretado en la prensa como el gran choque del magnate Carlos Slim con el entonces presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Las ocho columnas de los diarios de la Ciudad de México interpretaban el enfrentamiento. “Slim choca con AMLO por el nuevo aeropuerto”, tituló La Jornada, un periódico cercano a ambos. “Quiebran lanzas Slim y AMLO por aeropuerto”, publicó El Universal, propiedad de Juan Francisco Ealy Ortiz, amigo de los dos. “Enfrenta NAIM a Slim y AMLO”, tituló Reforma, un periódico que en la elección presidencial de 2012 lucía proclive a López Obrador y donde Slim, en aquellos años, hizo una operación comercial similar a la que diseñó para La Jornada mucho tiempo antes para impedir que se declarara en quiebra técnica. “Carlos Slim defiende el nuevo aeropuerto”, fue el encabezado principal de Excélsior, propiedad de Olegario Vázquez Raña, muy cercano a Slim y que apoyó la campaña presidencial de López Obrador a través de quien era su hombre de prensa, César Yáñez. Todos esos propietarios de medios tenían vasos comunicantes con los protagonistas del momento y varios de ellos, podían haber servido de intermediarios para distender su relación. Ealy Ortiz, Vázquez Raña, el exarzobispo primado de la Ciudad de México, Norberto Rivera, quien le pidió y logró con éxito que López Obrador, cuando era jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, congelara la iniciativa del PRD para despenalizar el aborto, y Miguel Rincón, el compadre del Presidente, eran parte de un grupo que socializaba —hasta la actualidad— de manera frecuente con Slim, pero que no pudieron hacer nada para que la relación con el Presidente mejorara. En el equipo de gobierno de López Obrador había otros contactos con Slim. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, que antes de ser ministra en la Suprema Corte de Justicia trabajaba en su notaría y llevaba muchos asuntos del Grupo Carso, era una interlocutora de ambos. El secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, quien dijo que la cancelación de Texcoco no había sido por un tema de corrupción —desmentido casi inmediatamente por López Obrador—, tiene entre sus principales colaboradores a personas que estuvieron en la nómina de Slim. Alfonso Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, tenía una relación con Slim desde hace más de 30 años, personal y empresarial mediante lazos familiares del magnate de origen libanés. Pero tampoco han sido suficientes voces para que López Obrador elimine a Slim como un objetivo que hoy lo obsesiona.

3er. TIEMPO: La guerra contra Slim, abierta. Desde la campaña presidencial, coincidente con el enfriamiento que tuvo Andrés Manuel López Obrador con Carlos Slim cuando el empresario criticó algunas de sus declaraciones, Telmex y Telcel han estado en el ojo de sus ataques. En abril del año pasado, el candidato dijo que sólo 25% del territorio nacional tenía comunicación con telefonía móvil, que fue refutado por las empresas de Slim como un dato impreciso. No importó. Lo repitió arropándose en el hecho que no había nadie como él que conociera el país a pie y lo hubiera recorrido varias veces, cada uno de sus más de dos mil 500 municipios. En octubre, en su evento upfront, para anunciantes e inversionistas, Televisa invitó al entonces Presidente electo, quien en una charla con Denise Maerker, con la que cerraban las presentaciones, López Obrador volvió a repetir esos datos y argumentos, frente al yerno de Slim y vocero de la empresa, Arturo Elías, quien estaba sentado en la misma mesa que él. En enero, ya Presidente, López Obrador repitió en una de sus conferencias de prensa mañaneras que la cobertura de la red móvil era de sólo 25%, que fue desmentido por el Instituto Federal de Telecomunicaciones, que dijo que la cobertura casi alcanzaba el 90%. López Obrador no ceja. El fin de semana pasado en Nayarit, dijo que le iba a quitar la concesión a una empresa —que dibujó como propiedad de Slim— porque llevaba 10 años sin terminar una carretera en aquel estado. El Grupo Carso respondió en un comunicado que no serían ellos los señalados, porque apenas llevaban nueve meses que la Secretaría de Comunicaciones y Transportes les había entregado el tramo de carretera bajo su responsabilidad. El Presidente estaba afilado contra Slim. Además de la carretera, insistió que México era uno de los países más atrasados en cobertura de internet, lo que era “un tache” para gobiernos anteriores y concesionarios; o sea, Telmex y Telcel. Pero eso dejaría de serlo, anticipó, porque pensaba crear un organismo del Estado para garantizar a toda la población “el derecho constitucional de acceso y uso de las tecnologías de la información y la comunicación”. En pocas palabras, como las empresas de Slim no habían creado infraestructura, particularmente en las zonas de mayor rezago —imputación que niega el ingeniero—, lo haría el Estado. Tiradas las lanzas, la guerra contra Slim, está claro, va para adelante. 

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