Raymundo Riva Palacio.

1ER. TIEMPO: ¿Me nombrarían embajador? En 2017, el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, pensó sustituir al cónsul general en Hong Kong con un profesional de larga experiencia que, además, llevaba una década viviendo en ese territorio autónomo. En su mente estaba Jesús Seade, quien había pasado con honores por las universidades Lingnan y Shenzhen, a donde había llegado después de haber sido negociador en jefe de la Ronda de Uruguay y del Acuerdo General de Tarifas y Barreras Arancelarias –a donde se incorporó México en 1986–, y como resultado de ello fue nombrado en una de las subdirecciones, al fundarse la Organización Mundial de Comercio. Seade recibió la propuesta de Videgaray cuando estaba redefiniendo su vida en esa región, con la propuesta para ser consejero especial para el proceso de internacionalización de la Universidad China en Hong Kong –el núcleo de las más recientes protestas en ese territorio autónomo– y como profesor de Economía y vicepresidente asociado para Asuntos Globales. Seade entabló negociaciones con la Secretaría de Relaciones Exteriores, que avanzaron sólidamente hasta que llegó una petición un tanto inusual: estaría de acuerdo en el salario, que no compensaba con el acumulado que tenía, siempre y cuando lo nombraran “embajador”. Sería un nombramiento protocolario, como el que se colgó cuando fue negociador en la Ronda de Uruguay, pero que le daba estatus. La petición llegó a la oficina de Videgaray, donde causó sorpresa. No se evaluó mucho y se le dijo que esa petición no podrían cumplírsela. Todo lo demás había sido aprobado, pero Seade insistió en el nombramiento de embajador hasta que su exigencia descarriló la intención de nombrarlo cónsul general. La experiencia debió haberle servido, porque cuando Rogelio Ramírez de la O, por muy largo tiempo asesor económico del entonces presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, lo propuso como su representante para las negociaciones del Tratado México, Estados Unidos y Canadá que había iniciado el gobierno de Enrique Peña Nieto, Seade aceptó sin la exigencia de que lo nombraran embajador. Peña Nieto y Videgaray integraron a Seade en la transición, para incorporar al gobierno entrante, que iba a concluir la negociación y administrar el nuevo acuerdo comercial, y fue uno de los canales con López Obrador. Videgaray tenía en el futuro canciller, Marcelo Ebrard, el canal para explicar a López Obrador la negociación política; Seade era el instrumento técnico para que dejara su impronta en el documento. La experiencia al terminar la cohabitación, fue positiva. Así todos lo dijeron.

2DO. TIEMPO: Cuando se embobó Seade. El conocimiento en materia de comercio y negociaciones comerciales, nunca se puso en duda con la actuación de Jesús Seade, como representante del presidente electo Andrés Manuel López Obrador en las conversaciones con el representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, y la ministra canadiense Chrystia Freeland, negociadores en jefe para el acuerdo comercial norteamericano. Su participación dentro del equipo mexicano que encabezaban los secretarios de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, y de Economía, Ildefonso Guajardo, fue propositiva y sin problemas de ninguna clase. La idea era que la negociación con los socios comerciales de México fuera en consenso con el nuevo gobierno, y Seade fue la pieza más importante en la parte técnica. Videgaray y Guajardo viajaban con él a Washington en aviones comerciales y lo metían a todas las reuniones o visitas informales. Las primeras visitas a lugares donde nunca había estado, pese a que conocía perfectamente Washington, lo mostraban con los ojos muy abiertos y la sonrisa se le pintaba fácilmente en cada encuentro. Cuando por primera vez pisó la Oficina Oval en la Casa Blanca, recuerdan personas que lo vieron ahí, miraba a su alrededor observando todos los detalles, como si estuviera maravillado. De la mano de Videgaray conoció al presidente Donald Trump y a su yerno, Jared Kushner; con Guajardo, entró de lleno a la burbuja de Lighthizer y Freeland. Al mismo tiempo, Seade mostraba prudencia, y aportaba ideas y comentarios a los negociadores. Cuando entraban a discutir un capítulo delicado por la posición de López Obrador, como el energético, Seade regresaba a la Ciudad de México para planteárselo y explicárselo al Presidente electo, quien le daba indicaciones y lo enviaba de regreso a Washington. De esa forma, la redacción de uno de los primeros párrafos del capítulo energético fue reescrito de una forma que no alteró el fondo, pero se ajustó a las ideas de López Obrador. En ese tiempo Seade estuvo en el asiento de atrás de la negociación, amable y dispuesto para que salieran las cosas. No hubo ningún momento durante casi seis meses de convivencia profesional, en el que hubiera tensiones. Las negociaciones avanzaron rápidamente y Seade se veía, si no de regreso a Hong Kong, como había dicho, para reencontrarse con su familia –que sigue viviendo allá–, sí en el 1911 de la Avenida Pennsylvania, a dos cuadras de la Casa Blanca, sede de la Embajada de México en Estados Unidos. No tardaría mucho su decepción. Esa oficina tenía dueña y el nombramiento no pasaba por sus méritos o el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, sino por el Presidente. 

3ER. TIEMPO: La negociación soy yo. La decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador para la titularidad de la Embajada de México en Estados Unidos recayó en alguien cercano, Martha Bárcena, diplomática de carrera, esposa de Agustín Gutiérrez Canet, quien había sido años atrás cónsul general en Hong Kong, y que previamente a la elección presidencial había sido un canal secreto, en coordinación con Luis Videgaray, en ese entonces secretario de Relaciones Exteriores, entre el presidente Enrique Peña Nieto y el candidato presidencial López Obrador. Bárcena y Gutiérrez Canet, tío de la esposa del presidente, pasaron muchas horas con López Obrador antes de la elección platicando sobre política exterior y geopolítica, en la que ambos son expertos. No debía haber extrañado a nadie que fuera ella, diplomática en activo, su representante en Washington. A Seade no lo maltrataron. Lo nombraron subsecretario de Relaciones Exteriores para América del Norte, aunque en realidad no hace nada con Estados Unidos y Canadá que no sea comercio exterior. Es, para efectos prácticos, subsecretario para el T-MEC, que no es poca cosa. Seade lo asumió y absorbió en Washington lo que hacían Videgaray, el exsecretario de Economía, Ildefonso Guajardo, y la Embajada. La negociación era sólo de él y para él. Exigió que nadie en Washington se metiera en el tema sin su autorización. Incluso, prohibió las entrevistas, empezando por la embajadora Bárcena, que él no hubiera palomeado. El gentil Seade de la transición se convirtió en algo que no conocían. Decidió ir solo a las negociaciones con sus pares estadounidenses y canadienses, y hablar, lo más posible, únicamente con el Presidente. Omitió también informar a los representantes comerciales y, en el camino, aceptó condiciones injerencistas, como inspectores estadounidenses para verificar que se cumplan las leyes en materia laboral.  Seade aceptó alguaciles laborales que violaban leyes y normas mexicanas, y se lo guardó bajo el brazo hasta que los afectados se dieron cuenta por la prensa. ¿Era la condición para sacar este año el acuerdo comercial y colgarse las medallas? No hay respuesta aún a esta pregunta, pero el presidente López Obrador dijo que no era aceptable y seguían negociando. El final no llega aún y Seade seguirá cabildeando para que las cosas salgan como se comprometió en Washington la semana pasada, vendiendo la patria a cambio de ¿qué? Dirá, de salvar a la patria.  

Compartir