Hannia Novell

El discurso antiinmigrante del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empieza a cobrar sus primeras víctimas.  

En menos de 24 horas, una serie de tiroteos en Texas, Ohio y Chicago dejaron un saldo de 29 muertos y 53 personas heridas. El objetivo de los ataques era la comunidad hispana y al menos tres familias mexicanas están de luto.

En Texas, las investigaciones iniciales señalan a Patrick Wood Crusius como presunto autor del tiroteo. En sus redes sociales, el joven de 21 años y originario de Dallas se retrata a sí mismo como un fanático de la supremacía blanca: intolerante, lleno de odio y un abierto simpatizante de la política contra los migrantes de Trump.

“Si podemos deshacernos de suficientes personas —en referencia a lo que llama la invasión hispana de Texas—, nuestra forma de vida puede ser más sostenible”, advirtió en un manifiesto publicado en un foro de internet de ultraderecha.

No es casualidad. El republicano Trump ha promovido, desde su primera campaña por la Presidencia de Estados Unidos, la polarización social y la xenofobia contra los migrantes, especialmente contra la comunidad mexicana.

En junio de 2015 sostuvo que “los inmigrantes mexicanos que llegan a Estados Unidos traen droga, son violadores y traerán el crimen a nuestro país”. Pasó por alto las cifras de la Comisión de Sentencias en Estados Unidos (USSC, por sus siglas en inglés): si bien es cierto que los hispanos cometen el 52% del crímenes en la Unión Americana (en comparación con el 23% de los blancos no hispanos y el 20% de los afroamericanos), lo cierto es que más de la mitad de los ilícitos en los que se ven involucrados los hispanos, está relacionado con delitos migratorios.  

Y un dato más contundente de la propia USSC: el 32% del total de asesinatos y el 35% de los abusos sexuales, son cometidos por blancos.

Pero está claro que los seguidores del magnate no se cuestionan el discurso de quien busca reelegirse en la Casa Blanca, no calibran la diferencia entre una falta migratoria y un crimen sexual, y tampoco ponen en tela de juicio sus afirmaciones.  Trump lo sabe y peligrosamente, ha jugado con sus emociones, miedos e inseguridades.

Alimenta la idea de que los inmigrantes les arrebatan empleos a los trabajadores estadounidenses y provocan la disminución de sus salarios, y que el Estado gasta millonarios recursos en educación y servicios para los indocumentados, en lugar de apoyar a los estadounidenses de nacimiento.  

No mide sus palabras cuando anuncia la realización de operativos para deportar a los inmigrantes ilegales o vuelve con la retahíla de la construcción de un muro fronterizo. Utiliza el código del racismo y la violencia con la mirada puesta en el enemigo común: el inmigrante.

No mide el efecto de sus decisiones. La razón de los los recortes presupuestales en el estado de Texas —que han tenido un alto impacto en la calidad de los servicios públicos y en la disminución de sus actividades comerciales—, es porque el gobierno federal decidió desviar esos recursos para la construcción del muro, el establecimiento de medidas migratorias más severas y el entrenamiento de unidades de la Patrulla Fronteriza.

A la luz de los recientes hechos de violencia, parecería que su lema de campaña Let’s make America great again es más un grito de guerra. Un líder dispuesto a todo para ganar la reelección, fanáticos listos para exterminar al enemigo y armas disponibles en el mercado es una peligrosa combinación, cuando el odio se contagia. Y por eso ante la barbarie de un discurso intolerante y lleno de mentiras sólo queda la respuesta de personas inteligentes que piensen y no se dejen llevar por la falsa seducción de ególatra que le gusta que su circo le aplauda. 

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