Hannia Novell

El mundo está dividido en dos grandes bloques y la tensión entre ellos hace inminente un conflicto. En la trama hay versiones del uso de agentes químicos contra la población civil. Esa es la excusa perfecta para que una de las partes lance un ataque contra posiciones militares estratégicas del enemigo. Para aderezar la historia, un exespía ruso y su hija fueron envenenados.

Esta podría ser, sin problema, una novela de John Le Carré. Pero no… es la realidad. “La Guerra Fría ha vuelto”, advirtió el secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, al inaugurar una Sesión Extraordinaria del Consejo de Seguridad convocada por Rusia.

En su intervención el sábado 14 de abril, el portugués advirtió que la disputa entre los países involucrados en el conflicto (Estados Unidos y sus aliados: Reino Unido y Francia) y el régimen sirio de Bashar al-Assad respaldado por Rusia “es el mayor peligro actual para la seguridad y paz internacionales”. No se equivoca.

Washington, París y Londres bombardearon el pasado viernes 13 de abril objetivos sirios en represalia por un supuesto ataque cometido el 7 de abril, en el que habría usado cloro y gas sarín contra civiles en Duma, lo que provocó la muerte de 40 personas y cientos de afectados.

“Misión cumplida”, festejó el presidente Donald Trump. El Consejo de Seguridad de la ONU rechazó la iniciativa impulsada por Rusia, China y Bolivia, que pedían una condena al ataque de los aliados. El mundo esperaba, entonces, la reacción desde el Kremlin. Vladimir Putin condenó el “acto de agresión”, pero no lanzó una amenaza directa.

Con sus acciones “Estados Unidos empeora aún más la catástrofe humanitaria en Siria, lleva el sufrimiento a la población civil y, de hecho, consiente a los terroristas que torturan desde hace siete años al pueblo sirio”, señaló el mandatario ruso en un comunicado.

Desde este lado del planeta es difícil entender las causas de este conflicto y sus repercusiones a nivel mundial. Bashar al-Assad, de 52 años y presidente sirio desde el 17 de junio del año 2000, asumió el poder a la muerte de su padre, Háfez al-Assad, quien gobernó el país durante 29 años.

En 2011, en el contexto de la Primavera Árabe, estalló un movimiento de protesta en su contra. En Damasco hubo pequeñas manifestaciones que fueron reprimidas con violencia. En julio de ese año, un coronel refugiado en Turquía creó el Ejército Sirio Libre, compuesto por desertores del Ejército y civiles.

A partir de entonces, el régimen de al-Assad inició una ofensiva contra “la rebelión armada”. El gobierno sirio dispersó las protestas y luego vino el uso de armas químicas. Uno de los primeros que fue documentado, el 21 de agosto de 2013, con un saldo de mil 400 muertos.

En enero de 2014, el Estado Islámico conquistó Al Raqa, al norte de Siria, y desde ahí proclamó el califato en ese territorio y las zonas de Irak que controlaba. En septiembre del año siguiente, Rusia emprendió una campaña de bombardeos aéreos en apoyo a las tropas gubernamentales, lo que permitió que el régimen recuperara Alepo.

En abril de 2017, un ataque con gas sarín dejó más de 89 civiles muertos en la provincia siria de Idlib. En represalia, Trump ordenó bombardear con misiles Tomahawk la base aérea de Shayrat.

A partir de ahí, la tensión ha ido en aumento. Ya lo advirtió Guterres: “La Guerra Fría ha vuelto y lo hizo con venganza”. Esta trama que pone jaque al planeta se parece cada vez más a El espía que vino del frío, de Le Carré. La realidad supera peligrosamente la ficción.

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