Hannia Novell

Si se tuviera que definir la situación de Ricardo Anaya en términos de esgrima, se diría que está tocado.

Su destino y el de su candidatura presidencial quedaron definidos desde que se hicieron públicos los señalamientos de que estaría involucrado en una operación que supondría lavado de dinero en la compra-venta de una nave industrial en Querétaro, a través de Manuel Barreiro, quien habría servido como su prestanombres. A partir de entonces, su actividad no pudo desligarse de ese señalamiento. En buena medida porque no fue capaz de deslindarse totalmente.

El primero de los debates presidenciales le dio un respiro y diversas encuestas lo dieron como ganador. Pero en el segundo, un solo gesto de Andrés Manuel López Obrador fue suficiente para pararlo en seco: cuando el candidato de Por México al Frente se le acercó, teatralmente el tabasqueño dijo: “Voy a cuidar mi cartera”, la sacó de uno de sus bolsillos y la abrazó. Minutos después lo remató al llamarle Ricky Riquín Canallín.

El jueves 7 de junio comenzó a circular en YouTube un video de 5:22 minutos de duración. En él se observa a Juan Barreiro, el hermano menor de Manuel, dar detalles de una red de tráfico de influencias en la que participa un grupo de empresarios y de la que se habría beneficiado el abanderado presidencial.

“Se le metió muchísimo dinero ahorita para que gane”, dice Juan a una supuesta empresaria de origen argentino. El material concluye con una frase contundente: si Anaya Cortés gana la Presidencia “se nos abren las puertas del cielo, para lo que queramos”.

En respuesta, la misma noche de ese día, el exlíder nacional del PAN publicó otro video en sus redes sociales, en el que responsabiliza al gobierno de Enrique Peña Nieto de “este nuevo ataque” y señala que el contenido del video en su contra “es totalmente falso”.

“Me atacan porque antier, en la Ibero, dije con toda claridad que Enrique Peña Nieto es corrupto y repetí que cuando yo sea Presidente, sí me encargaré de que enfrente la justicia y, de resultar culpable, vaya a la cárcel”. Al mismo tiempo, refrendó un presunto pacto entre el actual inquilino de Los Pinos y López Obrador, quien “ya se comprometió a perdonarle todo”.

El secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida, deslindó al gobierno federal de los señalamientos y exigió respeto a los actores políticos que hacen “señalamientos sin fundamento que enrarecen el clima de civilidad que debe imperar”.

La estrategia estaba definida: toda la carne al asador para bajar a Ricardo Anaya del ansiado segundo lugar y de ahí tratar de alcanzar al puntero. El abanderado de la coalición Todos por México, José Antonio Meade, lo llamó “vulgar ladrón” y emplazó a la PGR a actuar en consecuencia. El aludido señaló que Meade Kuribreña tiene “carita de mosquita muerta” y que “es un cínico corrupto igual que todos los del PRI”.

Dice el refrán que se cosecha lo que se siembra. Y eso es lo que, al final, le ocurrió al abanderado del bloque opositor. La traición a Gustavo Madero, haberse apoderado a la mala de la estructura del partido para usarla en favor de sus intereses personales, forzar la renuncia de Margarita Zavala y apoderarse de la candidatura presidencial al hacer a un lado a personajes como Miguel Ángel Mancera, son sólo algunas de las facturas que tendrá que pagar.

Además de una denuncia interpuesta por el senador Ernesto Cordero.

¿Qué pasará el día después? El 2 de julio tendrá que aceptar la derrota. Y algo peor: quedará descalificado como opositor. Una carrera política meteórica se irá al caño. Y es que Ricardo Anaya está tocado.

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