Hannia Novell

El gobierno de la 4T blindó el expediente médico del presidente Andrés Manuel López Obrador. Igual que Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, el líder máximo de Morena decidió que su estado de salud no es un asunto público y cualquier dato o documento clínico fue clasificado como confidencial. El poder los hace iguales.

Al amparo del derecho a la información, el periódico Reforma presentó una serie de solicitudes a la Oficina de la Presidencia de la República, las secretarías de Salud, Marina y Sedena, así como al IMSS, ISSSTE y Pemex. 

En todos los casos la respuesta, hoy disponible para todo público en la Plataforma Nacional de Transparencia www.infomex.org.mx, fue idéntica a la de sus antecesores: la salud del Presidente es un asunto privado, son datos personales que sólo pertenecen a López Obrador y el pueblo sabio no debe estar al tanto.

Mientras en Estados Unidos es casi una tradición que el presidente en turno se someta a un examen médico anual y difunda su estado de salud, en México el tema es un arma política usada para dañar la imagen pública de adversarios y descarrilar las aspiraciones de sus rivales.

En su momento, los críticos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto utilizaron la arena política para señalar la adicción de uno al prozac, el alcoholismo de otro y cuestionar la salud del último. En esa batalla, siempre exigieron abrir los expedientes clínicos de los mandatarios para tener la certeza de que estaban en buenas condiciones para desempeñar el cargo.

Lo cierto es que la opacidad gubernamental en torno al estado de salud de los presidentes ha provocado que algunos rumores se conviertan en un alud de especulaciones, en perjuicio de la persona y de la imagen de la figura presidencial.

El propio López Obrador sembró en su momento murmuraciones e insidias relacionadas con el estado de salud de Peña Nieto: un tuit publicado el 5 de junio de 2014, en el cual señaló que: “Existe el rumor de que EPN está enfermo. Ni lo creo, ni lo deseo. Pero es una buena salida para su renuncia por su evidente incapacidad”. 

Y una declaración a medios publicada en septiembre de 2016, cuando opinó: “Es lamentable lo que comentó el Presidente, creo que debe estar, lo lamento muchísimo, debe de estar enfermo, debe de tener una profunda depresión, hasta lo estoy viendo físicamente mal”.

Sin embargo, en mayo de 2018, al calor de la elección presidencial, el entonces candidato Andrés Manuel López Obrador también fue víctima de un cúmulo de especulaciones en torno a su estado de salud.  

Con el pretexto del infarto que sufrió en 2013, en diversos espacios periodísticos se publicaron versiones que lo mismo señalaban una grave lesión en la columna, que un deficiente riego sanguíneo, causa de desvanecimientos y cansancio. En aquel entonces respondió que la “mafia del poder” había soltado rumores. “Estoy bien de salud gracias a la vitamina del pueblo, la ciencia y El Creador”.

Hoy, como Presidente de México, se esconde detrás de la confidencialidad de los datos personales. Olvida que en las sociedades democráticas los expedientes médicos de los presidentes son de interés público y una exigencia ciudadana.  “La salud física y mental de los gobernantes es una parte importante de la salud de la República, quienes tienen la alta responsabilidad de servir a la nación deben tener la capacidad suficiente para poder cumplir con su encomienda”, dijo el coordinador de los senadores de Morena, Ricardo Monreal, el 9 diciembre 2008. 

Sin embargo, parece que la transparencia es una amenaza para la “salud” de los gobernantes o ¿sólo aplica cuando mejor conviene? 

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