Hannia Novell

Definir la clase media en México es un ejercicio complejo, pues no hay un criterio único para hacerlo. Los especialistas enlistan tres denominadores comunes: el monto del ingreso disponible, su desarrollo en un entorno urbano y sus aspiraciones para subir al siguiente estrato.

Añaden que la mayor parte de las personas que conforman este segmento poblacional son profesionistas, comerciantes, burócratas, empleados o académicos; es decir, se trata de un estrato que si bien puede tener una relativa independencia económica, en realidad percibe ingresos muy variados.

De ahí la complejidad para medirla y caracterizarla. Algunos apuntan que es cada vez más pequeña por el empobrecimiento de muchos estratos que antes se consideraban medios. Otros destacan  que los indicadores de nivel de vida, como la posesión de cierto tipo de bienes materiales o servicios, señalan que ha crecido.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) 2016 del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) da cuenta de que en el primer trimestre de 2005 había cuatro millones 185 mil personas que tenían un ingreso superior a cinco salarios mínimos, lo que representaba 10.7% de la población ocupada.

Once años después, en el cuarto trimestre de 2016, la cifra había bajado a tres millones 163 mil personas, lo que representaba 6.9% del total. Esto significa que el porcentaje de quienes ganan más de 400 pesos diarios, equivalentes a 12 mil pesos mensuales, bajó casi cuatro puntos porcentuales.

No obstante, los que argumentan un crecimiento de la clase media se basan en datos de la Encuesta sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de Información en los Hogares que establece que el porcentaje de hogares que cuentan con una línea telefónica, ya sea fija o móvil, pasó de 40% en el año 2000 a 90% en 2016; mientras que los hogares que tienen al menos una computadora pasaron de 11.8 a 45.6% en el mismo lapso.

Sin embargo, la política fiscal en México no funciona de manera adecuada pues el gobierno federal no ha combatido la desigualdad ya que los más ricos son los que menos pagan; no se ha aumentado la base de contribuyentes para evitar recargar el pago de impuestos en quienes ya pagan; tampoco se ha conseguido que los recursos se utilicen de manera estratégica.

En México hay dos tipos de impuestos: los directos — como el Impuesto Sobre la Renta (ISR)— que son aquellos que deben de pagar las personas físicas o morales; y los indirectos, como el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) y el Impuesto al Valor Agregado (IVA), que son aquellos que recaen sobre los gastos de producción, consumo o con cualquier intercambio de bienes y servicios.

Esto, en términos llanos, significa que esa clase media, por muy difícil que sea de caracterizar, es la que más contribuye al fisco, pues se trata de contribuyentes cautivos a los que se aplica el ISR.

Lo cierto es que esa clase media, a la que seguramente pertenecemos ustedes, queridos lectores, y una servidora, por medio de los impuestos que pagamos de manera puntual, habremos de subsidiar los muy amplios programas sociales de la administración de Andrés Manuel López Obrador.

Así que agárrese porque dar un apoyo mensual universal de mil 100 pesos a adultos mayores y discapacitados, y una beca de dos mil 290 pesos a jóvenes rechazados de las universidades del país, implicaría un gasto federal de más de 240 mil millones de pesos anuales, según estimaciones de la organización Verificado 2018. Y a esa cifra habrá que agregar el costo del resto de las estrategias. Así que la clase media que se empobrece cada día más y de por sí maltratada seguirá siendo a la que le cargan las cuentas.

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