Hannia Novell

Andrea Gail es un barco de pesca capitaneado por Billy Tyne (George Clooney), un veterano pescador obligado a buscar nuevos lugares para terminar con la mala racha, por lo que se aventura a navegar por Cabo Flemish, sin imaginar la sucesión de hechos inesperados.

Se trata de la amenaza de dos monstruosas tormentas: una de origen frío en el continente y otra de origen caliente en las cercanías de la isla Sable, que provocarán olas gigantescas de más de 25 metros de altura. Con la antena de radio averiada y el helicóptero que sale a su rescate hundido en el océano, el barco acaba por hundirse en el Atlántico, víctima de La Tormenta Perfecta.

Así, como la cinta del director de cine alemán Wolfgang Petersen, la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMVM) vivió su tormenta perfecta: la continuidad de una onda de calor (con temperaturas de más de 29 grados centígrados, clásicas durante el mes de mayo); múltiples incendios forestales (incluso en zonas céntricas, cercanas a la capital del país); quemas agrícolas; incremento de partículas contaminantes PM2.5 y de ozono, así como la ausencia de vientos dispersantes.

Por si eso fuera poco, hay que añadir que hubo una pasmosa lentitud en la reacción de la autoridad, la falta de políticas públicas en materia ambiental y el recorte de 30% al presupuesto de la Comisión Nacional Forestal (Conafor) para combatir incendios, como parte de las medidas de austeridad del presidente Andrés Manuel López Obrador. 

Vamos, hasta en el volcán Popocatépetl tuvo dos explosiones que, si bien menores, generaron una columna de humo y cenizas de 1.6 kilómetros de altura. Y Tláloc se tardó en auxiliarnos, pues la lluvia cayó hasta la tarde del jueves. 

Es cierto que en la crisis sobre la mala calidad del aire en la Ciudad de México existe corresponsabilidad del gobierno federal y de los gobiernos de la zona conurbada (estado de México, Querétaro, Puebla y Morelos). Pero el episodio de la última semana exhibió a Claudia Sheinbaum Pardo y a su gabinete como un grupo de incapaces para encarar la magnitud del problema.  

Si en la película hollywoodense, la tripulación confió en la pericia y el liderazgo del capitán Tyne, los habitantes de las Ciudad de México creyeron que el expertise de la doctora Sheinbaum en materia de medio ambiente era suficiente para mostrar conocimiento, autoridad, fuerza moral y el respaldo de la academia y la investigación. En ambos casos, los personajes fueron superados por la emergencia.

Sofocados, con la garganta y los ojos irritados, el olor a quemado y un cielo brumoso, los capitalinos vivieron con alarma e inquietud la contingencia ambiental. Hasta el cuarto día, luego de escuchar cualquier clase de especulaciones y rumores, la jefa de Gobierno de la CDMX asomó la cabeza, sólo para repartir culpas y señalar que en la pasada administración no se estableció un protocolo para tomar medidas que disminuyan las partículas dañinas.

Es cierto. Todos los gobiernos anteriores se desentendieron del tema y patearon el bote. El de Miguel Ángel Mancera, Marcelo Ebrard, Alejandro Encinas, Andrés Manuel López Obrador (con quien Claudia Sheinbaum fue secretaria del Medio Ambiente) y el de Cuauhtémoc Cárdenas. Ninguno de estos gobernantes de la izquierda mexicana avanzó en la elaboración de protocolo alguno, desde 1997 a la fecha. 

Claudia Sheinbaum Pardo tiene ya un sello: en el desastre ambiental, como en la escalada de violencia que azota a la capital del país (con la tasa de homicidios más alta de los últimos 20 años), la autoridad se ha rendido ante las partículas dañinas y las organizaciones delictivas. Urge un modelo de gestión de esta gran urbe. ¡Es hora de que Sheinbaum Pardo empiece a gobernar! 

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