Compartir

Salvador Guerrero Chiprés

La declaración del presidente Enrique Peña Nieto, al respecto de asumir que México está plagado de  incredulidad y desconfianza, publicada por The Financial Times y la persistencia del clima de opinión que está en la base de la declaración nos acompañarán aún varios meses.

Ojalá que este comience a ser un punto de inflexión.

Ya ocurrió todo aquello que ingratamente podría ocurrirle a un liderazgo nacional que encabeza un proyecto de reformas sacudido precisamente por la incredulidad, proveniente de vertientes diversas, y por variables macroeconómicas exigentes de la renovación de las imágenes que ya tenemos del liderazgo presidencial.

Necesitamos de regreso el liderazgo presidencial.

No es suficiente nuestro refugio en la simpatía por el discurso de Alejandro González Iñarritú para reivindicar desde ahí nuestra crítica al régimen y la partido predominante.

Merecemos un liderazgo competente, creíble, generador de confianza y lo requerimos antes de que concluya esta administración.

Pero para creer, que es cercano al prerrequisito religioso de la fe, es necesario tener una prueba contundente que vaya más allá de la captura de La Tuta.

No necesitamos los estigmata modernos de la verdadera transparencia, la ausencia total de corrupción y la más concreta de las formas de justicia que sería el término de la impunidad donde se hallara.

Pedimos eficiencia y un plan estratégico para el diluvio que viene.

Un arca de Noé en que podamos creer.

¿Podemos?

Compartir