Eduardo Penafiel

El desabasto durante este arranque de año ocasionado por una cadena de torpes decisiones (a pesar de lo importante que es controlar el robo de combustible), expuso una serie de comportamientos y actitudes que demuestran la complicados que podemos llegar a ser los mexicanos.

Es cierto que en momentos de crisis o cuando sucede una tragedia como por ejemplo un temblor, somos los primeros en jalar parejo. Unimos esfuerzos y nos enfocamos en ayudar de la mejor forma posible para salir adelante. Pero cuando se trata de algo más cotidiano como en este caso la gasolina, se nos cierra la mente y generalmente actuamos de forma muy egoísta. Lo digo porque no somos capaces de organizarnos para reducir la dependencia del auto y compartir nuestro medio de transporte para que los demás no sufran tanto. Esperamos siempre que el que cometió el error aporte la solución, así tenga que ser tan ridícula como cargar gasolina el día de la semana de acuerdo con el número de tu placa. Para casi todas las cosas somos lo más sociables, pero al parecer para manejar nos gusta ir solos y que nadie ni nada desvíe nuestro trayecto.

Es verdad que la comunicación y los mensajes por parte de distintos personajes de gobierno han sido muy confusos y poco claros con respecto a la situación, pero también tenemos que aceptar que somos muy poco pacientes. En el momento que nos hacen enojar, no tenemos la suficiente paciencia para analizar las circunstancias y los efectos de un evento como la escasez de la gasolina. A los pocos días preferimos, por un lado, vaciar o extraer el mayor número de litros para “prevenir” una sequía total sin pensarlo bien. Y por el otro, como el gobierno al parecer no nos la quiere dar, preferimos tomarla rompiendo ductos de gasolina sin pensar en las consecuencias y en peligro que esta acción representa. Creemos que estos actos funcionan a modo de protesta y que van a hacer reaccionar al gobierno, cuando en realidad lo que están ocasionando es incitar a los demás a actuar de forma ignorante e irresponsable.

También nos aferramos demasiado a lo material. En ciudades como la nuestra donde el transporte público no es muy eficiente y generalmente está saturado, ser dueño de un automóvil es un lujo de pocos. Además, el estatus que lo acompaña parece que nos obliga a utilizarlo si o si, sin pensar en las alternativas que tenemos alrededor y que generalmente terminan siendo más efectivas a la hora de trasladarnos. En la Ciudad de México existen bicicletas eléctricas como EcoBici y Dezba, patines  eléctricos como Lime y Bird, scooters como econduce, servicios alternativos de transporte como Urbvan y Bussi además los conocidos Uber y Cabify, que te permiten dejar tu coche en casa y olvidarte del estrés que representa manejar un automóvil y hoy, también de cargar gasolina.

Pero lo que más me preocupa es pensar que en pleno siglo XXI seguimos invirtiendo, modificando y adaptando las ciudades en torno al uso del automóvil y por lo tanto, dejando que la dependencia de la gasolina sea capaz de desequilibrar de esta forma al país y al gobierno.

No me queda muy claro cuál será el futuro del transporte y la movilidad para lugares como la Ciudad de México, pero de lo que si estoy seguro es que no involucra tener más automóviles y camiones en las calles.

Tampoco sé si lo que estamos viviendo genere un cambio en las personas y las vuelva más conscientes de la importancia que tiene la gasolina en nuestro país. Lo que si sé es que lo más probable es que cuando esto se normalice, se nos olvidará y regresemos a nuestra rutina habitual. Triste, pero cierto.

Eduardo Peñafiel

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