Eduardo Penafiel

El día por fin llegó. El narcotraficante mexicano más famoso del mundo fue encontrado culpable y pasará el resto de su vida en el “Alcatraz de las Rocosas”, una cárcel de máxima seguridad en el estado de Colorado, en Estados Unidos.

Fueron tres meses de juicio en donde la cantidad de evidencia presentada en contra de Joaquín Guzmán Loera mejor conocido como El Chapo, poco o poco reveló el imperio de billones de dólares que este hombre de 61 años había construido.

Detalles acerca de cómo se financiaba el Cártel de Sinaloa, la logística de distribución, los asesinatos, las muertes, los túneles, los escapes, los sobornos y demás detalles dan material para armar una serie de decenas de capítulos, una trilogía de películas, varios libros y también para desenmascarar el nivel de corrupción de la política mexicana y lo sencillo que es vulnerar y controlar las instituciones de seguridad de nuestro país.

Mientras que en Estados Unidos fue tratado como lo que es, como un criminal, asesino y un mal para la sociedad, en nuestro país el Chapo genera opiniones encontradas. Muchas personas lo consideran un héroe o leyenda, una especie de Robin Hood que apoyaba y ayudaba a miles de personas y familias, dándoles una oportunidad que jamás hubieran tenido y que sin duda el gobierno nunca les hubiera dar.

Pero en México existirá un antes y un después del Chapo, no solamente porque todo lo revelado en este juicio cambiará la forma en que operarán los cárteles, sino porque con este nuevo gobierno no se sabe, o por lo menos nadie puede explicar de forma clara, cuales son las intenciones del presidente actual y cómo va a enfrentar este tema.

La amnistía ofrecida durante su campaña sigue siendo un tema delicado que, aunque parece no tener una justificación clara, no se niega del todo. Cuando en enero se reveló que un colaborador de su campaña presidencial del 2006 muy cercano a Andrés Manuel López Obrador recibió sobornos del Cártel del Chapo, simplemente lo hicieron a un lado argumentando que provenía de un testigo protegido y que no era relevante, ya que el juicio no era en México.

Y sobre la sentencia del Chapo, nuestro presidente comentó: “Que sea una lección, para que se piense que la felicidad verdadera no es el dinero, no es lo material, no es el lujo barato, no es la fama, la verdadera felicidad es estar feliz con uno mismo y estar bien con nuestra conciencia y estar bien con el prójimo”.

Perdón, pero en este país no necesitamos lecciones, necesitamos acciones. Evitar trabajar en un plan profesional y actuar en contra del narcotráfico, una de las industrias que más ha dañado a nuestro país en los últimos treinta años es un grave error. El impacto del narcotráfico va más allá de vender droga, asesinatos y corrupción, la industria ha deteriorado el tejido social de nuestro país a tal nivel que es imposible ignorar sus efectos.

No se puede hablar de legalización cuando no se piensa actuar sobre lo ilegal. Tampoco se puede hablar de mejorar la seguridad si no se endurecen las leyes y se trabaja para que se respeten (sin militarizar al país). Pero lo que es completamente inaceptable es dejar pasar el tiempo con la intención que a los ciudadanos se nos olvide lo grave que es y que, a través de lecciones y palabras, lograremos el bienestar social del que tanto se ha hablado este sexenio.

Se me quedó muy grabado lo que dijo la senadora Xóchitl Gálvez esta semana: la incapacidad también es corrupción. No se puede omitir la incapacidad aunque haya honestidad, porque la incapacidad te puede llevar a tomar decisiones muy negativas que le cuesten dinero al país.

La oportunidad del cambio está ahí, pero el paso del tiempo es el peor enemigo. Por favor empecemos a actuar o por lo menos a exigir y presionar de mejor manera para que, aquellos que lo tienen descrito en su descripción de puesto, lo hagan. Si nada más lo hablamos o lo escribimos, corremos el riesgo de terminar como ellos: con muchas palabras y algunas lecciones.

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