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ejecentral

Ahora, más que antes, como que la mayoría de los mexicanos quisiéramos pensar que todo lo que vemos y vivimos en política nacional y seguridad pública, gobernabilidad y democracia y todo eso que se llama convivencia humana fueran otra cosa, sin tantos sobresaltos, sin tantos temores, sin tantos rencores, sin tantas frustraciones y fracasos… ¿somos un país del fracasó? ¿Fracasamos los mexicanos? ¿Fracasó el gobierno? ¿Fracasamos todos?…

Durante muchos años creímos que el día siguiente sería mejor que hoy porque mañana todo estaría arreglado; que todo estaría cumplido para todos porque tendríamos un gobierno que reconoce que recibió un mandato y que obedece al interés nacional de todos. Un gobierno cuyos actos se orientan a la defensa y preservación de nuestros fueros y privilegios; en particular de los mexicanos de a pie y mucho más para aquellos de a pie y sin calzado. ¿Romance? Si.

Me acuerdo. Si. Me acuerdo. Cuánto se esforzaban nuestros maestros de primaria en aquellos años gloriosos de la educación pública mexicana, con carreras a las 8 de la mañana, con la mochila repleta, con el uniforme bien puesto y con la torta de frijoles refritos para el recreo con una ánfora de agua de limón preparadas por el más grande de los amores…

Por entonces, decía, los maestros se esmeraban en decirnos en sus clases de civismo –que todavía existía- que la patria es grande y preciosa, que nuestro país mexicano era el más amado, que su pasado glorioso y el presente nos prometían un futuro de enormes potencialidades si estudiábamos, si respetábamos al otro, si trabajábamos con ahínco y si nos esforzábamos por hacer que la vida fuera lo mismo, pero diferente… Si. Se entiende.

Lo mismo en amores fraternos y hasta pasionales. Pero diferente en la calidad de vida. Por entonces, cada lunes, había la ceremonia de la bandera; cantábamos el Himno Nacional y declamábamos orgullosos loas a la patria, que significa padre, que significa protección y alivio. Todo eso nos enseñaban por entonces. Y orgullosos compartíamos el orgullo –si, así- de ser mexicanos que saldríamos al mundo a luchar por nosotros y por todos…

Por entonces, claro, no había democracia. Sí había partidos políticos pero no democracia. Siempre ganaba el famoso Partido Revolucionario Institucional que se caracterizaba por tener contentos a muchos porque repartía para muchos; quiero decir, para todos aquellos que se le acercaban y promovían y se entregaban a la gran posibilidad de ‘llegar a ser’ a través del único canal de triunfo político, de estatus social y económico: el PRI.

Por entonces, niños que éramos, suponíamos lo que sería la democracia aunque en general el tema no se tocaba en clases de primaria o secundaria. Sí el amor a la patria. Sí el esfuerzo que habría que hacer para triunfar. Sí el conocimiento como punto de partido. Sí la pasión nacionalista en la que, como Juan Escutia, el Niño Héroe de Chapultepec que se lanzó al vacío desde el Castillo gris del cerro, envuelto en la bandera ante la amenaza del ejército estadounidense que invadía México; así mismo, deberíamos estar dispuestos a dar la vida por la patria, lo que sería además de un honor, también un aporte brillante a la historia de nuestro país.

Todo eso se nos decía, maestros sanos aquellos, sin tacha, sin mácula, sin claudicación de su tarea magisterial en nombre de un sindicalismo mal entendido, nos decían que el camino por andar era largo y sinuoso, que luego repitieron los Beatles.

Claro. Eran los mismos maestros inolvidables que cuando uno hacía travesuras contaban con la pedagogía de lo inmediato: el jalón de patillas hasta medio metro del piso; el coscorrón; el reglazo en los nudillos; o las exposiciones en solitario a medio patio y a todo sol, para que lo sepa el   mundo: Todo está perdonado, maestros, los más queridos, porque como sin quererlo nos enseñaron la ‘O’ por lo redondo, pero también el respeto al derecho ajeno y la paz…

‘Muchos años después frene al pelotón electoral’, nos dimos cuenta de que aquello era una aspiración, una ilusión, un sueño: ‘y los sueños, sueños son’, que la verdad de todo está aquí, ya, a la vista, al portador: un país que vive en crisis permanente; un país mexicano que no conoce aun las virtudes y valores y responsabilidades de la democracia…

Un país que trabaja duro. Todos los días de nuestra vida. Sin parar. Como hormigas. Como abejas. Como mañanas y tardes: incansables. Todo eso hacemos para subsistir.

Pero al mismo tiempo, estos mismos que somos, de sudor en la frente, hemos dejado en manos de otros la construcción de quienes habrán de gobernarnos. Muchos de ellos sin vela en el entierro, tan sólo por el hecho de ser amigo del amigo del amigo del amigo del… Y las instituciones que se habrían de cubrir de gloria se convirtieron en cuevas de Alí Babá.

Ya estamos, de nueva cuenta, como cada seis años, como cada tres años, dispuestos a un nuevo proceso electoral. Será en junio de 2015. Los partidos políticos deciden quiénes serán sus candidatos para gobernarnos. Nosotros no. No tendremos más opciones que ‘Lagrimita’ o ‘Cuauhtémoc Blanco’, o quizá ‘Kiko’ o la actricita tal o cual… Si. Están en su derecho de aspirar a gobernarnos, claro que sí. ¿Pero son los que merecemos todos?

No sé si aun vivan mis maestros de entonces. Quiero pensar que sí. Pero si no fuera así, seguramente tendríamos que llevarlos a ‘la dirección’ y tendríamos que jalarles las patillas, darles un reglazo en los nudillos, un coscorrón y someterlos al suplicio del patio central a todo sol, porque nos engañaron, porque nos hicieron soñar, porque nos dijeron que con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo arduo y sudoroso todo habría de cambiar para bien…

No. No fue así… Pero… es que… a fin de cuentas… también ellos soñaban en que días felices llegarían: con democracia, sin corrupción, con la protección de un gobierno que sería nuestro, y con todo cumplido para todos: No los vieron. No. No los vieron. ¿Los veremos nosotros?

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