Diana Loyola

Mi abuela nació un 12 de febrero de 1933, la tercera después de un par de hermanos hombres. Nació y casi el mismo día se le sentenció a ser la mano derecha de su mamá, mi bisabuela. Apenas pudo se le enseñó a lavar trastos, a cuidar del huertito en el fondo del jardín y a escoger las mejores verduras en el mercado. El bordado, el tejido y el uso de la máquina de coser vinieron después. Con pocos años hacía las compras del día y, subida en un banquito, cocinaba la sopa. Sus papás fueron fríos y algo distantes, por lo que decidió desde muy pronto que ella sería una mamá amorosa. Regresaba de la escuela y ayudaba en todo lo que le pedían en casa. Fue obediente a pesar de su espíritu libre. Apenas cumplió los 21 años se casó con el único novio que tuvo, mi abuelo.

Pronto se llenó de hijos (6 en total) y más pronto aún, de nietos. En el camino descubrió el enorme talento culinario que nace de ser un paladar gourmet, cuando algo le gustaba podía repetir la receta con todo y condimentos, así que a todos nos enseñó no sólo a comer bien, sino a comer rico. Decidió que si ser mamá era amar incondicionalmente, ser abuela era tener el permiso universal de consentir y maleducar a los nietos. Así que sí, nos ha tocado la mejor parte. No hay manera de olvidar a 10 de los primeros nietos pidiendo cada uno un desayuno diferente, con una bebida diferente (¿por qué no? Pedir enfrijoladas con pollo y licuado de plátano con chocolate era más original que pedir los huevos revueltos con jamón y licuado de fresa que pedía el primo de al lado…) y sí, cada nieto desayunaba lo que había pedido. No entiendo cómo lo lograba, pero su casa siempre ha sido el más maravilloso parque de diversiones, el mejor lugar en el mundo para comer y el refugio de todos los llantos.

Hoy tiene 13 bisnietos, todos amantes de su sopita de fideos, de su arroz a la mexicana, de sus lentejas… con la comida nos alimenta también el alma, nos hace vernos y sentirnos afortunados. Nos deja sonrientes y satisfechos y de sus cazuelas –mágicas o milagrosas-, salen más platos de lo que les caben. Tiene un vigor y una motivación inquebrantables, si se trata de viajar, de comer, de compartir, de ser pilar y refugio, no hay dolor en el cuerpo que se lo impida, no hay cansancio que la deje en cama ni tristeza que no convierta en oportunidad.

Muchas cosas han pasado en los febreros 12, por ejemplo: un 12 de febrero Francisco de Orellana descubrió en América el río Amazonas en el año de 1542. También un 12 de febrero, pero de 1879 se inauguró en Nueva York la primera pista de patinaje artificial en el mundo, el Madison Square Garden. En 1991, Corea del Norte y Corea del Sur firmaron un tratado de no agresión. La primera boda gay de Estados Unidos se celebró el 12 de febrero del año 2004, las afortunadas fueron un par de mujeres de edad avanzada. Julio Cortázar nos dejó el 12 de febrero de 1984, 34 años ya que falleció ese maravilloso escritor que “[…] tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón” (según la descripción de Gabriel García Márquez). Pero a mí, el único 12 de febrero que me gusta celebrar, es el que festeja el cumple de mi abue, que ya cuenta 85 lucecitas en el pastel. ¡Larga vida a mi reina!

@didiloyola

Compartir