Diana Loyola

El origen del Día de la Madre se remonta a la antigua Grecia, donde estoy segura que ya se escuchaban frases como “¡porque soy tu madre!” o “Si lo busco y lo encuentro ¿qué te hago?”. En esa época se celebraba este día en honor de Rhea, conocida como la Madre de los dioses. Luego los romanos adoptaron esta festividad, que celebraban con tres días de ofrendas en el templo de los Cibeles. Sin esfuerzo veo ahí el nacimiento del muy clásico “una cosa es libertad y otra libertinaje” y “cuando tengas hijos me vas a entender”.

En Inglaterra, por ahí del siglo XVII, se celebraba el Domingo de las Madres, donde “las bendiciones” iban a misa después de un “¡Ponte suéter, no te vayas a enfermar!” y regresaban a casa con regalos para sus progenitoras. En 1907, Ana Jarvis quiso conmemorar el segundo aniversario luctuoso de su madre y organizó el Día de la madre para hacerlo. Encabezó una campaña muy activa, con ayuda de familiares, amigos y vecinos por todo Estados Unidos y finalmente, en 1914, se declaró el segundo domingo de mayo como el día oficial para celebrar a las mamás de todo el país. “Muy bien m’hijita”, le palmearon desde el cielo.

De ahí la idea pasó a Europa y casi 40 países comenzaron a celebrar el Día de las madres. La fecha cambia según el país, y en México se comenzó a celebrar el 10 de mayo de 1922.  Haciendo gala (¿¡por qué no!?) de nuestro espíritu festivo, fue el primer país latinoamericano en unirse a esta celebración. Lo siento, pero aquí no aplicó el “a mí qué me importa lo que hagan tus amigotes” y menos el “si se tira por un puente, ¿también tú?”, y ahí fuimos, como borregos a adoptar la fiesta.

A las “jefas del hogar” en México, todavía hay muchas personas que les regalan electrodomésticos (no hay qué ser, de veras), que si la plancha, la licuadora, la aspiradora o la lavadora. Claro, “como aquí tienen a la sirvienta que les hace todo…”, cuidadito y desordenes porque puede contarte hasta tres y si llega al tres “¡ya verás cómo te va!”.  La sociedad mexicana es matriarcal y sufridora (aunque ya menos que hace unas pocas décadas, he de aceptar), por lo que en muchas casas, la mamá pasa horas cocinando para toda la familia y luego pasa otras tantas limpiando el tiradero que deja detrás “su festejo” mientras masculla entre dientes “¿qué van a hacer el día que yo me muera?”, eso sí, tiene el control de la celebración.

En su buena intención de bien educar y cuidar a los críos, las mamás aplican castigos, vacunas, correctivos, escarmientos y sanciones con el muy clásico “Esto me duele más a mí que a ti”. Ajá.

Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que, a pesar del chantaje, el espíritu sufridor y hasta victimista que muchas mamás padecemos, el amor incondicional, la voluntad de acompañar, de motivar, de ser la mejor porra, el médico disponible siempre, la enfermera, cocinera, chofer y demás oficios que se requieren durante el desarrollo de un hijo, son los que blindan y construyen para la etapa adulta. Así que muy merecida celebración. Ojalá pudiéramos cambiarla del tono comercial y materialista, al de celebrar la existencia de ese vínculo fortísimo y exclusivo que se da entre madres e hijos. Por que madre, solo hay una.

didiloyola

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