Diana Loyola

Este 2018 lo comencé con una relectura: “Las ciudades invisibles”, del escritor italiano Italo Calvino. Es un libro que me toca fibras muy sensibles, que transformó la manera en la que vivo y miro y siento las ciudades, que despertó más de un sueño, me hizo desear mundos imposibles y me enseñó a reconocer las ideas intangibles que constituyen una urbe.

¿Por qué “Las ciudades invisibles” para comenzar el año? Por la sencilla razón de que miré hacia adentro y lo que encontré fue una ciudad herida, lastimada de corrupción y homicidios, de impunidad, violencia y familias doloridas de pérdidas e injusticias. Lo inmaterial en Ciudad de México es casi palpable, todos los habitantes tenemos una historia cercana –sino es que propia- de sustos, de pesadumbre y hasta de muerte. Esa es la realidad actual, nos guste o no. Y los relatos de viaje que hace el Marco Polo de Italo Calvino, son bocanadas de aire limpio, son ciudades donde lo impalpable reina, donde lo invisible es lo que rige y es lo verdaderamente importante.

Este contrapeso me ha ayudado en diferentes niveles, imaginarnos creando una ciudad con infinitas posibilidades de mejorar, fundando los cimientos de una sociedad despierta y consciente, frenando aquello que nos lleva a la autodestrucción, al uso sensato y reflexivo de los recursos, ha resultado un bálsamo que cura la fatalidad y funciona como cedante a la angustia. Este 2018 es un buen año para imaginar cambios, para generarlos, para volver a creer y hacer de a poco que sucedan. Que sea un cambio de gobierno, personal.

Calvino pone de manifiesto muchas de sus preocupaciones ecológicas en este libro e inventa diferentes ciudades, que responden a cada una de ellas. El emperador de los tártaros, Kublai Kan, comprende que el mundo marcha hacia la ruina, que el abuso de los recursos acabará por debilitarlos, así que los relatos que el viajero imaginario Marco Polo hace de estas ciudades fantásticas son su deleite. Frente a poblaciones enflaquecidas, el emperador piensa: “Es hora de que mi imperio, ya demasiado crecido hacia fuera, empiece a crecer hacia adentro” (…) “Su propio peso es el que está aplastando al imperio” -tan parecido a nuestro presente-. Y Marco Polo le habla de la ciudad invisible de Baucis, cuyos habitantes muestran un profundo respeto por la Naturaleza, tanto, que no se atreven a dejar huella alguna de su civilización sobre ella. También le relata sobre la ciudad de Octavia, la ciudad telaraña, que se sostiene con cuerdas de las crestas de las montañas que la rodean, “Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Octavia es menos incierta que en otras ciudades. Saben que la resistencia de la red tiene un límite”.

Aquí me detengo un momento a pensar en el modelo de crecimiento en el que vivimos, el desarrollo económico tiene como consecuencia el deterioro ambiental, abusamos ilimitadamente de recursos limitados y Calvino lo sabía, aún cuando en 1972 (año en el que se publicó por primera vez Las ciudades invisibles) no había una verdadera consciencia del calentamiento global o la sobrepoblación y sobreexplotación de los recursos, él observó y se preocupó por estas tendencias. La pregunta es ¿qué está en nuestras manos, en nuestro día a día, que pueda darle un giro a esta situación insostenible?

Pasear los ojos por las líneas escritas por Calvino y sus ciudades felices, orgánicas, cambiantes, invisibles a las ciudades infelices, lleva a concebir a lo intangible de una ciudad como un refugio. La ciudad de Andria está diseñada siguiendo el orden cósmico, sus habitantes evalúan cada uno de los cambios calculando los riesgos y las ventajas para ellos y para el universo, pues cada movimiento que hay en el firmamento los influye y cada movimiento que ellos hacen se refleja en el cosmos. Tantas otras maravillosas ciudades. Suspiro.

Seamos ciudadanos invisibles, respetuosos, hacedores, creadores de nuestros propios mundos aunque los concibamos imposibles. Estamos urgidos de transformar lo que tenemos en lo que queremos, en nosotros y en el orden universal.

@didiloyola

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