Diana Loyola

Mientras guardaba en cajas mi biblioteca personal, me topé con una antología poética de Fabio Morábito, entre sus hojas encontré el poema llamado Mudanzas (¡qué feliz azar!): “A fuerza de mudarme / he aprendido a no pegar / los muebles a los muros, / a no clavar muy hondo, / a atornillar sólo lo justo. (…)”. Y justo es decir que, tras la cuarta mudanza en poco más de 30 meses, he ido aprendiendo también a moverme sin tanto trique, ni físico ni emocional.

Las mudanzas son duelos, del tamaño de la circunstancia, pero duelos al fin. Se pierde la medida del cuerpo moviéndose en el antiguo espacio, el correr del aire según puertas y ventanas, los ruidos de la casa y los de la calle, se pierde la luz particular de cada área, los olores, los caminos que nos llevan a ese hogar, se pierden los hábitos que nos ayudan a acomodarnos al ritmo y respiración de esa morada, la última, el refugio de muchas noches. De todo eso también nos despedimos…

Opté por pensar que mi verdadera casa es el cuerpo en el que habito, que mi hogar está adornado de lecturas en los muros de mi pensamiento, que mientras me ocupe de él y de amueblar bonitamente mi cabeza, no importa dónde guarde mis zapatos o mis cosas. Pero descubrí que en los muros deja uno historias pegadas como papel tapiz, olvida uno tachuelas insertadas o la marca en el piso de alguna maceta. Se dejan vestigios de haber hecho la vida ahí, vuelvo al poema de Morábito:

“He aprendido a respetar las huellas

de los viejos inquilinos

un clavo, una moldura,

una pequeña ménsula

que dejo en su lugar/ aunque me estorben.”

Mudarse es también cambiar de piel, renovarse y empezar a crear nuevos recuerdos. Mutamos a animales diferentes, con diferentes luces, con diferentes aires, somos otros porque no podemos ser los mismos. Es como si los muros nos abrazaran de otro modo y nos acomodáramos a ese nuevo abrazo, al principio ajeno, algo frío y raro. De a poco dejamos que estos nuevos brazos nos acojan, nos adopten, nos mezan por las noches.

Un día te levantas y caminas con los ojos casi cerrados de sueño, te das cuenta que te mueves por instinto, que ese espacio ya es tuyo, que poca o nada de luz te es necesaria para moverte en ese vientre que te ve renacer todos los días. Y vuelves a sentirte arraigado y con un lugar muy tuyo en el espacio.

Luego la vida va y los cambios vienen. Te das cuenta que es necesaria otra mudanza, otra pérdida y otra ganancia, otro seguir moviéndote y creciendo en la adversidad y el cambio. Mudarse es una parte de la vida llena de pequeñas muertes, de amaneceres distintos y descubrimientos nuevos. Mudarse es renunciar y al mismo tiempo estrenarse.

Al cerrar la puerta del antiguo hogar, miré de reojo el espacio vacío de todo, salvo de experiencias. Cerré, soltando con desapego la manija, dejando tras de mí, como en cajita de Pandora, las emociones causadas por tanta vida hecha ahí. Y yo, hoy duermo abrazada por nuevos muros.

@didiloyola

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