Diana Loyola

El lunes 19 de marzo, uno de los cuidadores de la reserva keniana Ol Pejeta, se despertó seguramente apesadumbrado porque sabía lo que sucedería aquella mañana en su trabajo. Desayunó pensativo y tomó su chaqueta justo antes de salir. Al despedirse, le dijo a su esposa que había llegado el día, que ya no podían verlo sufrir más. Pasado el medio día todo estaba listo: sacrificarían a Sudán, el último rinoceronte blanco del norte que quedaba en el mundo.

Sudán tenía ya 45 años, el equivalente a 90 años en una persona, y sufría de muchos males debidos a su avanzada edad. Era incapaz de levantarse y, según informó la reserva, había sufrido mucho sus últimas 24 horas. Sudán era custodiado por guardias armados de día y de noche, la caza furtiva en un país tan empobrecido y carente de oportunidades y de desarrollo como Kenia, era una amenaza constante que no podía ignorarse. La gente con hambre y necesidad de todo, no se detiene a pensar en la conservación de las especies, ni de fauna ni de flora.

Era un día caluroso, como todos, pero claro y silencioso como pocos, como si en el aire pudiera respirarse la pérdida inminente. Sudán tenía los ojos tristes, el cuerpo maltrecho cubierto de pequeñas heridas y la serenidad de un anciano que piensa en que tuvo una buena vida. Los cuidadores lo miman, se despiden poniendo sus manos sobre su piel gruesa, acariciando el lomo, dándole pequeñas palmadas cariñosas y sintiendo cómo el corazón se les hacía chiquito de tristeza. El guardián principal de Sudán aprovecha y se agacha para tomarse una última foto con su compañero y amigo. Sus últimos minutos los pasa rodeado de gente que lo cuida.

Sudán era famoso en el mundo por varias razones, la más poderosa no era ser el último ejemplar macho del rinoceronte blanco del norte, sino una cuenta en Tinder creada para obtener fondos para financiar proyectos de reproducción in vitro para su especie. Fondos que hoy son utilizados con el material genético que pudieron recuperar de Sudán (y de algunos pocos ejemplares), quien deja atrás a dos hembras: su hija y su nieta. Una pequeña esperanza sostiene la idea de lograr reproducir rinocerontes blancos y salvar de la extinción a tan magníficos animales, inseminando artificialmente a rinocerontes blancos hembras del sur.

Es lamentable que la demanda de marfil (principalmente de parte de China), tenga pendiendo de un hilo la reproducción de toda una especie. Sin un macho vivo.

Sudán era un ejemplar que no vivía en libertad, su supervivencia lo mantenía cautivo en una reserva bajo el cuidado continuo de hombres armados desde el 2015. Su carácter noble y sereno le ganó el cariño de sus cuidadores, ya era un anciano y sin embargo, su energía vital y lo que él representaba, le dieron esa aura de ser especial que tuvo hasta el último minuto. Sudán abre el camino para que muchos logremos ver a otras especies amenazadas y trabajemos más a tiempo por ellas, por ellas y por tantos otros seres que necesitan cuidados en el mundo.

La consciencia es pobre aún, se necesita sacudir a la corrupción de países como Kenia, que más allá de reducir la caza furtiva, la incentiva de manera indirecta. Así como es necesario sacudir la conciencia de los países que crean la demanda de la caza (“legal”) de animales grandes a cambio de miles de dólares, como Estados Unidos. Que la muerte de Sudán no sea en vano, que el dolor de una especie casi extinta nos mueva y nos haga hacer.

Ese lunes seguramente el cuidador llegó a su casa triste, empobrecido, mermado. Como empobrecido y mermado ha quedado el planeta sin la tortuga gigante de Pinta, la rana arbórea de Rabb, el rinoceronte vietnamita, el murciélago de la isla de Navidad, y tantas otras especies hoy extintas.

@didiloyola

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