Diana Loyola

Un propósito que considero siempre importante es sanar nuestra relación con nosotros mismos, y reconciliarnos con nuestro cuerpo, con nuestra manera de ser, con lo que esencialmente somos, vernos hacia dentro y descubrir qué nos gusta, qué queremos, cuáles son los paisajes internos que podemos recorrer en calma y cuáles son los que no, qué es lo que nos atora o detiene a ser más nosotros, más libres y más auténticos, qué de lo que pensamos y sentimos nos limita, cómo y sobre todo por qué nos saboteamos.

La primera propuesta para mí es siempre la terapia, soy firme creyente de la terapia psicológica, ya sea individual o en grupo –más cognitivo-conductual, Gestalt, Lacaniana, sistémica, psicodinámica, humanista o mindfulness que de autoayuda-, la que mejor se adapte a nuestra necesidad e intención. Poder exponer nuestros pensamientos y sentimientos con libertad, dentro de un marco absolutamente respetuoso, nos da la posibilidad de recibir retroalimentación, tener mayor perspectiva (o al menos una diferente) y un apoyo que nos puede servir para enfrentar nuestra cotidianeidad, o como yo digo “nos ayuda a remontar la ola de la vida y salir impulsados por ella en vez de resistirnos y salir revolcados, lastimados o desorientados”.

La segunda opción es aprender a escucharnos, llevar un diario, caminar en silencio y escuchar nuestros pensamientos, poner atención en lo que nos repite nuestra voz interna. Casi siempre nos decimos mucho de lo que aprendimos en la infancia, hacemos que nuestro sistema de creencias nos limite más que ayudarnos a expandir o enriquecer nuestro diálogo interno. Decía el escritor israelí Amos Oz, citando al poeta inglés John Donne: “Ningún hombre es una isla”, que “ningún hombre es una isla, pero cada uno de nosotros es una península: mitad conectado con el continente familiar, la sociedad, la tradición, la ideología, etcétera, y mitad conectado sólo con los elementos y en profundo silencio”. Me parece una imagen poderosa y profunda, que, si la analizamos un poco, nos hace entender qué es lo que somos debido a nuestra formación y qué es lo que en silencio y conectados a nuestro interior, podemos pensar por nosotros mismos. Leer y reconocernos en las historias, los personajes, los paisajes o las situaciones, nos ayuda también a conocernos, a mirarnos, a escucharnos. Se puede resolver mucho de lo que nos pasa en la vida a través de los libros, que pueden ser espejos nobles que nos permiten reflejarnos en la intimidad y seguridad del anonimato.

En tercer lugar, una manera de estar mejor en nuestra piel es apapacharnos, procurarnos bienestar, hacer aquello que nos haga sentir bien: darnos tiempo para leer, para respirar profundo, masajear nuestros pies o cuello tras un día largo, abrazarnos con una cobija… Respetar nuestros ritmos, si queremos empezar a hacer ejercicio o correr, ir al compás de nuestra capacidad corporal, ser paciente y perseverante; si queremos dibujar, pintar, escribir, bordar o cualquier otro pasatiempo, comenzar por un trazo, unas cuantas líneas, un diseño simple e ir perfeccionando y puliendo las técnicas, que el miedo a no hacerlo bien o perfecto desde la primera vez no nos detenga a intentarlo. La práctica hace al maestro. Y explorar aquello que nos gusta o motiva es un buen motor y vía de escape.

Finalmente, aceptar nuestras emociones, dejarnos sentir, ser honestos con lo que nos genera lo que experimentamos. Huir o negar las emociones termina minando nuestro cuerpo, que acaba quejándose a través de diversos malestares del estrés al que lo sometemos por no darle salida a las emociones tóxicas. Las válvulas de escape son muchas, desde llorar hasta golpear una almohada, correr, gritar… Sentir tristeza, rabia, miedo, pena, vergüenza, la emoción que se presente aceptarla y darle una salida, dejar que nos habite y luego dejarla ir.

Feliz 2018, espero logremos hacer las paces con nosotros mismos.

@didiloyola

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