Diana Loyola

Pienso que la vida es complicada. Mientras lo pienso me río, no por sarcasmo sino porque me doy cuenta de que en ese justo momento el cariño me abraza y me reconforta; estoy dando un sorbo a un buen té que me regaló una amiga porque me quiere, en una hermosa taza que valoro,  mi espalda la cubre un rebozo que me dio un grupo de amigas para cuando necesitara un abrazo y la tibia luz del sol entra descarada por la ventana riéndose del frío que reina afuera. Total, me río por mi fatalismo burgués en medio de una situación afortunada.

Pero lo pienso, sigo pensándolo, la vida es complicada –por decir lo menos-. Todas las decisiones que tomamos y las que no tomamos van tejiendo la trama y la urdimbre de nuestra vida. A veces la razón nos dice que lo que hacemos es lo correcto, lo que debemos hacer para el bien de nosotros y el de todos los implicados, asumimos que es lo que hay qué hacer, lo que toca, lo que nos va a dejar avanzar. Sólo el tiempo nos demuestra si las decisiones hacen un buen tejido o si, por el contrario, el lienzo es débil para sostener el peso del presente.

Llegó a mi consulta con la cara triste y los ojos deformados de llorar. Me dijo que hace unos 20 años sintió “como si el cielo se abriera sobre ella en una bendición muy luminosa” cuando supo que estaba embarazada. En su corazón la paz y el gozo la hicieron sentir como la parte más amorosa del universo, como si fuese una gota en ese mar de amor incondicional (y a la vez el mar completo) que nunca había experimentado. No hubo miedos, ni reproches, no pensó por qué los anticonceptivos no habían evitado ese embarazo, ni qué haría con la Universidad, se limitó a sentir cómo esa semilla luminosísima ocupaba un lugar en su vientre. Con la misma sensación de bruma y ensoñación con la que salió del médico, le dio la noticia al novio. A las pocas horas éste ya había conseguido el dinero y un médico que le practicaría el legrado.

Dos días después y tras exámenes previos, dejó todavía atontada por la anestesia, el frío consultorio del doctor, con un hueco en el alma y uno más grande en el corazón. No tuvo tiempo de llorar, al enterarse su madre le prohibió derramar una sola lágrima, le dejó el peso de las colegiaturas sobre los hombros y ella comenzó a trabajar para cubrirlas. A los pocos meses se dio cuenta que lo suyo era depresión, pesaba poco más de 40 kilos y no dormía, comía a fuerza y era una autómata que iba por la mañana a la universidad y por las tardes al trabajo. Después de cuatro años su cuerpo colapsó, en el hospital le dijeron que era muy joven para tener esos problemas de salud.

Más tarde hizo una vida, decidió casarse y tener más hijos, resolvió ir a terapia, y la terapeuta le preguntó ¿por qué decidiste no tener ese bebé?, la respuesta fue dolorosa “no decidí, nadie me preguntó si lo quería tener, y me entró pánico al pensar que estaría sola, me dio miedo no poder cubrir sus necesidades”. En su caso no decidió sobre su cuerpo, se sintió vulnerable, sola y le faltaron las fuerzas para alzar la voz, para defenderse, para decir que no, que era su cuerpo y ella decidía sobre él.

No es el caso más extremo ni el más difícil, pero el dolor anquilosado por tantos años, tan en la superficie de la piel en un ciclo que regresa incesante, me marcó profundamente. Nadie debería opinar sobre lo que una mujer decide sobre su cuerpo, ni juzgarlo. Sin duda hay una urgencia de una tendencia pro-elección, donde cada persona sea dueña de su cuerpo y las decisiones que toma sobre él, hombres y mujeres por igual. El camino empieza a trazarse, pero todavía es largo.

Ella no pudo tejer con hilos fuertes ese periodo de su vida, la falta de apoyo y convicción en medio de tanta vulnerabilidad dejaron un lienzo frágil en ella, no logró superar del todo esa pérdida y su tejido parece no poder sostener su necesidad de autoperdón. La vida es tan complicada.

@didiloyola

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