Diana Loyola

Despertar y sentir la sensación de las sábanas sobre la piel, tomar consciencia de la respiración, abrir los ojos y notar que aún no abre el día, estirarse hasta que la espalda, y las piernas, y el abdomen sientan alivio. Espabilarse un poco antes de aterrizar ambos pies sobre el piso. Buscar casi a ciegas las pantuflas y tomar con dirección al baño. Un despertar cualquiera en un día cualquiera.

Con un poco de atención se escuchan los pájaros recibiendo la mañana, son cientos, ¡qué ganas de interrumpir la modorra!. Sentarse en el retrete y agradecer que la función intestinal es impecable (todavía). Poner la radio para escuchar música y al final, por el ánimo del día, poner las noticias. Desvestirse con desgano y abrir la llave del agua caliente, entrar en la ducha y despertar al golpe de agua fresca. Con la prisa del frío, frotar los cabellos con champú y enjuagarlos mientras se tibia el agua. Enjabonarse el cuerpo con el mismo orden de siempre, de la cara hacia los pies sintiendo la premura de la mañana. Cerrar la llave justo cuando el agua comienza a caer caliente. Hace mucho que el masaje y la conexión con la piel cuando se untaba crema, desaparecieron. El baño común de un día común.

¿Por qué limitarse a otro día más? Decidir, mientras camina hacia la esquina, que quiere vivir.  ¿Pero qué es vivir? Creer que ya lo ha olvidado, que la rutina ha llenado todo de olvido.

Subir al microbús con la sensación de tener un hueco en el pecho, un vacío que desprovee de sentido sus esfuerzos. Ganar apenas para cubrir los gastos, y a veces para amortiguar las deudas. Sentarse y sentir la ansiedad en las piernas, en las manos, en la cabeza que regresa y regresa al mismo pensamiento. Se le ocurre que ya no habita vida en su interior, que el no entusiasmo se come los minutos y los días. Sonreír como acto de rebeldía.

Llegar al trabajo y verlo más gris, más solo, ¿cuándo dejó de disfrutarlo?  Encender la computadora y ver el recordatorio de las fechas límite de las tarjetas. El hueco en el pecho deviene en hoyo negro, la tristeza arrasa. Sentirse en medio de un vórtice que se la traga, no encuentra de dónde asirse y cae en la silla derrotada.

Pasan los días y no se halla, se siente perdida en ese mar de certidumbres, de rutinas, de pasos ya sabidos. Los mismos horarios, los mismos lugares, el mismo sándwich por las noches. Sentir que no hay salidas. Vivir no es respirar, no es latir el corazón, no es moverse. La muerte es un asunto de los vivos, pero la vida es un asunto de sentido.

Recordar que el baile fue importante, inscribirse a los ensayos por las noches, sentir que la sangre fluye, que los músculos arden, que la cara es otra.  Moverse con la torpeza de los años, con el ánimo presente y enchufarse a la memoria anquilosada del cuerpo.

Regresar, regresar todas las noches, querer que no haya fines de semana, desear que pasen las horas para vaciarse entre pasos. Recuperar de a poco el aliento. Sonreír por ganas, estirar cada músculo satisfecho, borracho de sudor. Sentir de nuevo alegría, primero tímida y después desparpajada, porque disfrutar es nuevo. Renacer y sentir, sentir intensamente la sensación de las sábanas sobre la piel, tomar consciencia de la respiración, abrir los ojos y notar que aún no abre el día, estirarse hasta que la espalda, y las piernas, y el abdomen sientan alivio. Espabilarse un poco antes de aterrizar ambos pies sobre el piso y agradecer los cientos de pájaros que interrumpen la modorra.

(Para mis amigos de Ave Fénix)

@didiloyola

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