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Glenn Greenwald | The Intrcept

@ggreenwald

glenn.greenwald@​theintercept.com

Apenas hace poco más de un año, durante nueve horas tuvo lugar en Brasilia uno de los espectáculos políticos más nauseabundos y humillantes que haya tenido lugar. En la Cámara Baja de Brasil —un cuerpo donde la mayoría de los miembros están implicados en investigaciones de corrupción— un cretino, sucio y sombrío tras otro se paró frente a las cámaras de televisión y declaró descaradamente que su conciencia, su religión, su Dios, sus hijos, la devoción a Jerusalén, el recuerdo de su madre, de su pastor y la pureza de su alma exigían que se castigara la corrupción destituyendo a la presidenta electa, Dilma Rousseff.

Imagina la versión más extrema y primitiva de una moraleja alegremente hipócrita —un predicador que deja su orgía semanal en el burdel para ir directamente a la iglesia dominical y arremeter contra los pecadores— y tendrás una visión perfecta de la facción mayoritaria que desfiló con valentía aquel día. El fango que mana de sus poros es palpable. Ésas son las personas que anularon una elección nacional, y por lo tanto están gobernando el quinto país más poblado del planeta.

Con un simbolismo tan clarificante que ningún guionista pudo imaginar, ese maldito y vulgar festival de sordidez fue presidido por el presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, un capo del crimen organizado disfrazado de legislador. Poco después de que él diseñara la destitución de Rousseff —que abrazaron las mayores élites de la nación para fingir que estaba motivada por una genuina preocupación por la corrupción— Cunha fue enviado a prisión, acusado del soborno, lavado de dinero, intimidación de testigos y del crimen organizado.

En suma, la clase política y mediática incomparablemente corrupta de Brasil desgarró al país, invirtiendo efectiva y deliberadamente el resultado de las elecciones de 2014, insistiendo en que su ética elevada y su solemne respeto por el Estado de derecho simplemente no podían tolerar los trucos presupuestales mundanos y comunes que Rousseff desplegaba para que la economía pareciera más fuerte de lo que realmente era. No existen las palabras para describir cuán flagrante fue ese fraude.

Pero ahora, ellos mismos han hecho aún más clara la verdadera naturaleza de sus actos y su carácter. El mediocre profesional y operador sin alma que instalaron para dirigir el país, el vicepresidente Michel Temer, se ha estado ahogando en una corrupción rampante desde que fue instalado. Hace apenas dos meses aparecieron grabaciones en las que Temer apoyaba el pago de sobornos de un empresario brasileño a numerosos testigos, incluido su compañero de partido Eduardo Cunha, para comprar su silencio.

Piensa en eso: En el país en el que hacía poco más de un año fingían estar tan moralmente ofendidos por los trucos presupuestarios de Rousseff que simplemente tuvieron que sacarla de su cargo, ahora todos han escuchado al presidente que instalaron aprobando el pago de sobornos para asegurar el silencio de testigos. Ellos reprodujeron las grabaciones en la televisión. Todo el mundo escuchó a Temer, en su propia voz, hace sólo unos meses, participar en crímenes flagrantes. Poco después fue acusado por el principal fiscal del país, fue el primer presidente en ejercicio en ser acusado formalmente de crímenes durante su ejercicio del cargo.

›Un mes más tarde, surgió evidencia de que Temer personalmente recibió amplios sobornos, acompañados por la revelación de un video de uno de sus ayudantes más cercanos llevando una maleta llena de dinero en efectivo después de que Temer dirigiera pagos de sobornos. ¿Cómo puedes permitir que un país —especialmente uno que pasó un año con sus élites fingiendo sentirse enfermos por maniobras presupuestarias de bajo nivel— sea dirigido por alguien que todo el mundo ha visto y oído revolcarse en el soborno y el silenciamiento de testigos?

En Brasilia, todo es posible. Hace unos días, la misma Cámara Baja que votó el año pasado para acusar a Rousseff tuvo que decidir si suspender a Temer y someterlo a juicio por corrupción. Por una votación de 263-227, se negó a hacerlo, asegurando que Temer —con todo y sus sobornos— permanezca en el poder. La votación fue presidida por el sucesor de Cunha, el portavoz de la Cámara, Rodrigo Maia, del Partido Demócrata de derecha; Maia, por supuesto, está seriamente implicado en la investigación sobre corrupción.

Los mismos criminales de derecha y centristas hinchados, viscosos y pomposos que hace 12 meses se cubrieron sin vergüenza con los disfraces de la ética, la religión y la moral se unieron para asegurarse de que sus compañeros criminales que gobiernan el país no tengan consecuencias. Él no enfrentará los cargos hasta que abandone el puesto.

Con un simbolismo casi tan potente como Cunha presidiendo el juicio político de Dilma, sus votos fueron comprados por Temer usando fondos públicos. El presidente pasó los últimos dos meses llevándolos, uno tras otro, a su palacio para tocarlos con generosidad pública hasta que acordaron bloquear cualquier investigación contra él. Esto es lo que los medios brasileños de élite, en nombre de la lucha contra la corrupción y con conocimiento de causa, encumbraron en el poder. La broma es tan flagrante como trágica.

Notablemente, en comparación con el año pasado cuando se pusieron en el centro de atención, esta vez, como cucarachas, se deslizaron bajo los gabinetes de la cocina para ocultarse. Sabiendo que literalmente casi todo el país (con excepción de sus élites oligárquicas) desprecia a Temer y quiere que se vaya —literalmente tiene un 5% de aprobación— la mayor parte de ellos actuó de la manera más vergonzosa y furtiva posible. Pocos estaban dispuestos a hablar en defensa de Temer. Se arrastraron hasta el micrófono cuando sus nombres fueron llamados y lanzaron su voto producto del soborno con la menor fanfarria posible.

Aparte de mostrar al mundo la enfermedad palpitante, profunda y aún en metástasis de la clase política brasileña, ¿qué clase dominante decide dejar en el cargo a un presidente capturado en una grabación aprobando la entrega de sobornos? Este último voto también dejó caer la máscara y reveló las razones verdaderas por las que Rousseff fue impugnada.

Contrariamente a la versión engañosa creada y difundida sin descanso por los propagandistas pagados y empleados por los medios incestuosos y oligárquicos del país, su impugnación tenía dos y sólo dos motivos:

  1. Proteger a la clase política brasileña de la investigación sobre la corrupción al entregar el poder a las figuras más corruptas de la capital y permitirles matar la investigación.
  2. Servir a los intereses de los plutócratas nacionales y las finanzas internacionales “reformando” programas sociales para los más pobres de la nación en nombre de la “austeridad”.
Eduardo Cunha, un capo del crimen organizado disfrazado de legislador.  Fotos: Tomadas de www.theintercept.com

Eduardo Cunha, un capo del crimen organizado disfrazado de legislador.
Fotos: Tomadas de www.theintercept.com

El aspecto más llamativo de los dos últimos años de drama político es que una grabación en audio del aliado más cercano de Temer, Romero Jucá, surgió en medio de la crisis de impugnación, en la que describía con perfecta claridad la verdadera razón y el verdadero objetivo del juicio en contra de Dilma. Al retirar a Dilma, dijo Jucá cuando creía hablar en secreto, se habilitaría un “pacto nacional” —que la Corte Suprema, los medios corporativos y los militares habían respaldado— por el cual la investigación sobre la corrupción sería desechada y el país seguiría adelante alegremente.

Después de que esa embarazosa grabación fue revelada, Jucá tuvo que dimitir del gabinete de Temer, pero su exilio fue extremadamente efímero, porque todos —los jueces, los generales, los presentadores de noticias— sabían que la trama que él describía era la que ellos habían firmado en la destitución de Dilma. Muy poco después, Jucá se convirtió en el líder del gobierno de Temer en el Senado y la trama que describió tan perfectamente —el fin de las investigaciones y la protección y empoderamiento de los criminales— se ha seguido al pie de la letra, culminando en la votación de esta semana para proteger al Criminal Supremo.

Hace unos meses, el mismo Congreso que fingió indignación por las maniobras presupuestarias de Dilma promulgó leyes para debilitar la investigación sobre corrupción, y ahora se habla de funcionarios corruptos demandando al fiscal que los procesó. Al igual que sucede en Estados Unidos —donde las únicas personas que acuden a la cárcel por crímenes de guerra son las que las exponen—, con raras excepciones, los únicos que pagarán por la corrupción sistémica de Brasil son aquellos que la exponen. Éste fue el esquema sucio todo el tiempo en la eliminación de Dilma, y nadie se atreve a negarlo más. ¿Cómo pueden hacerlo?

Pero el gran premio de todo esto es —como siempre— las recompensas a los oligarcas y el castigo de los pobres de la nación. En una notable admisión que los medios corporativos de Brasil literalmente ignoraron, Temer fue a Nueva York en septiembre y, hablando con un grupo de magnates de fondos de cobertura y élites de política exterior, admitió explícitamente que la verdadera razón por la que Dilma fue acusada fue su resistencia a una mayor austeridad. Cada vez que parecía que Temer estaba en peligro, la moneda y el mercado de valores brasileños eran castigados; cuando parecía que sobreviviría, ganaban terreno. Eso es porque él es el instrumento para la austeridad. El ministro de Finanzas de Temer no perdió tiempo después de la votación al anunciar que las “reformas” de austeridad que están desesperados por imponer serán presentadas de nueva cuenta ahora que se ha salvado.

Temer es la creación de la clase oligárquica de Brasil y sus medios esclavizados. Tan dedicados han estado a su empoderamiento —y el de la coalición derechista que ha perdido múltiples elecciones, pero sin embargo ahora mágicamente dirige el país a través de Temer— que una de sus estrellas más brillantes de los medios de comunicación, Eliane Cantanhêde, el año pasado acusó de traición a los opositores de Temer, anunciando que “el esfuerzo para derrocar a Temer, en este momento, es trabajar contra Brasil”.

>En cierto sentido, hay aquí pura justicia kármica: Brasil tiene la clase política y los líderes corruptos y quebrantados que reflejan perfectamente el carácter de la clase oligárquica de élite que ha gobernado a la nación con puño de hierro durante décadas.

Pero en un sentido mucho más profundo, lo que han hecho es una horrible tragedia que es desgarradora de mirar: cientos de millones de seres humanos, nacidos en una sociedad profundamente estratificada, que han estado sin esperanza por generaciones, finalmente vislumbraron una esperanza durante la última década, sólo para verla ser pisoteada y extinguida por la misma clase dominante de ladrones y mentirosos que han sido los únicos autores de la difícil situación duradera del país en la que la desigualdad y la miseria es la condena de las masas.

Traducción: Carlos Morales.

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