Héctor J. Villarreal Ordóñez

El clima de fiesta que envuelve al Grito de Independencia cada 15 de septiembre tiene mucho que ver con las ganas de festejar y, si bien la narración de la tele repite que es la fecha inaugural y el cumpleaños de la patria, no podemos verlo como reflejo literal de los sentimientos nacionales y las opiniones sobre el estado de los asuntos de la agenda pública. Sin embargo, el Grito sí es siempre una gran oportunidad –o un gran riesgo- de comunicación política, para nuestros gobernantes.

El presidente Andrés Manuel López Obrador aprovechó muy bien su primer 15 de septiembre. En sus aciertos de esa noche estuvo no incluir en sus vivas a su auto nombrada Cuarta Transformación y sí, en cambio, a la democracia y a la paz. El presidente cuidó la neutralidad que se espera de la fiesta en la noche del Grito y aguantó, hasta el desfile, al día siguiente, para impregnar la conmemoración con su visión de la historia y su relato política y electoral.

El primer Grito de López Obrador invita al recuerdo y al contraste con el de 13 años antes, el último de Vicente Fox, el 15 de septiembre de 2006. Los diarios de aquel día informaban que, apenas horas antes, funcionarios del gabinete y senadores de la República habían convencido a Fox de trasladarse, de última hora, a dar el Grito en Dolores Hidalgo, Guanajuato.

Habían pasado la cerrada elección presidencial que devino en protestas y 47 días de plantón en Paseo de la Reforma, bajo la guía del hoy presidente, para pedir el recuento de voto por voto y casilla por casilla. Diez días antes, el tribunal electoral federal había declarado la validez oficial de los comicios y entregó la constancia correspondiente al presidente electo, Felipe Calderón.

Ese viernes 15 de septiembre en el gobierno federal crecía el apremio por liberar las calles de la ciudad y permitir que las fuerzas armadas pudieran desfilar el día 16. En la mesa de Fox había reportes de contingentes afines a López Obrador instalados en la plancha del Zócalo y de bocinas instaladas para sonorizar lo que se anunciaba como grito alternativo, encabezado por Alejandro Encinas y el ex candidato presidencial, desde el edificio del gobierno local. Podía preverse, cuando menos, un choque de gritos entre ese edificio y el Palacio Nacional.

En torno a Fox había dos grupos, uno reducido y cercano a él insistía en no ceder y gritar en el Zócalo y otro, más amplio, al que se sumaron senadores de la República, recomendaba prudencia y llevar la ceremonia a Dolores Hidalgo, explicando que, como era costumbre, allá ocurría al menos un grito presidencial cada sexenio. Éstos subrayaban la prioridad de crear condiciones políticas para salir del conflicto post electoral y lograron convencer al Presidente. En la mañana del día 15 salieron a Guanajuato equipos del Estado Mayor y de comunicación social para preparar lo necesario para la logística y la transmisión del evento.

Nunca sabremos si, de haber insistido Fox en gritar en el Zócalo, se hubiera escalado el conflicto, pero sí que Encinas fue quien gritó ahí, acompañado del entonces secretario de gobernación, Carlos Abascal, y en presencia del propio López Obrador; Vicente Fox gritó en Dolores Hidalgo; el plantón se levantó el mismo viernes y el Ejército desfiló en paz a la mañana siguiente.

Este domingo pasado, todo cambió. Andrés Manuel López Obrador gritó desde el balcón central del Palacio Nacional, donde, de hecho, ahora vive; Vicente Fox gritó en su cuenta de Twitter y, en el Zócalo, un amplio contingente de entusiastas seguidores y simpatizantes del Presidente, colocado cerca del balcón y a tiro de las cámaras del Sistema Público de Radiodifusión, coreó: ¡presidente, presidente! y ¡sí se pudo! Y, ciertamente, sí se pudo. 

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