Héctor J. Villarreal Ordóñez

“Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba… Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día… forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño…” Es parte del arranque de Rendición, la novela de Ray Loriga. Las personas somos movidas por emociones activadas desde nuestra percepción de la realidad.

En México existe una fuerte disputa por las percepciones que engendran las emociones. De dónde tocó venir a cada quien, a dónde quiere ir y qué posibilidad supone de llegar, son factores que inciden en la percepción sobre los hechos actuales y la expectativa sobre los que pueden venir.

El 5 de mayo, una marcha en rechazo al gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue botón de muestra de la lejanía entre percepciones colectivas distintas que marcan el momento histórico. La movilización tuvo errores notables de comunicación. Hubo desde quienes pidieron con sensatez frenar el sesgo polarizador que impregna el discurso oficial, hasta quienes, ya en lo ridículo, demandaron la renuncia del Presidente que ganó la elección con una votación histórica. El mensaje final fue confuso y ahondó la división.

A los que marcharon les respondió el otro bando, con sus matices también, desde los que reivindican el derecho a tener y mantener una esperanza, luego de la decepción, el fracaso y el abuso atroz de los años pasados, hasta los radicales furibundos que, enfundados en la camisa del fanatismo, justifican y hacen eco de todo lo que emana de la voz oficial, prolífica en ocurrencias, obcecaciones, adjetivos e insultos.

La audiencia está expuesta a dos narrativas distantes y confrontadas, como en mucho tiempo no habíamos visto.

El 13 de mayo, por ejemplo, el Presidente explicó que “a pesar de la desinformación, de la manipulación, de querer sembrar la percepción de que no va bien la economía… quienes tienen información verdadera saben que la economía va bien”. Al día siguiente volvió con más promesas de futuros grandiosos y ajusticiadores que traerá su Cuarta Transformación, y anunció lo que “se va a llamar Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado. Todo lo que se confisca a la delincuencia y lo que se va a obtener por la corrupción… ¡todo! se le va a devolver a la gente”.

Para el Presidente, no importan mucho los datos, porque él tiene otros, ni los indicadores o mediciones externas, porque son vulnerables, dice, a la influencia de sus adversarios, los fifí. Para él, pase lo que pase, iremos requetebién.

López Obrador apela a la “gran reserva de valores en nuestra sociedad (por la que) no ha habido un mayor estallido de violencia” y se ufana “no es por presumir”, de ser el servidor público que más escucha al pueblo. No sabe si hay otro que escuche a tanta gente y no le entra por un oído y le sale por otro. Además, defiende su ritual mañanero diario, donde “las preguntas son espontáneas, alguien a quien respeto mucho dijo que era un montaje la conferencia, pero no, no, no”.

Se puede criticar de principio a fin la comunicación presidencial, pero buena parte del país la recibe con esperanza y aliento. Veremos su efecto como causa fundamental de los resultados que obtenga la marca Morena el próximo 2 de junio. También habrá esfuerzos de sus opositores políticos por crear una nueva comunicación funcional, renovada y creíble, que intente salir de la confusión y el aturdimiento. Veremos si aún es pronto para ello.

Los mexicanos estamos percibiendo la realidad de formas diversas y distantes. Será bueno encontrar zonas comunes para que no nos pase, como en la guerra de Loriga, en la que “desde que empezó… las sospechas han hecho más daño que las balas”. 

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