Héctor J. Villarreal Ordóñez

Entre las sentencias populares que sintetizan lecciones importantes en frases cortas hay una que señala que “las cosas no se dicen, sino que se hacen, porque al hacerlas se dicen solas”. En política, en cambio, es común que se busque maximizar el efecto de solo decir cosas, sacar ventaja a los discursos y a las promesas, aunque tarde o temprano las palabras se topan con los hechos y encuentran ahí su medida de realidad y su prueba de verdad.

La autollamada Cuarta Transformación dice cosas todo el tiempo, entre ellas, que su política de comunicación no usará recursos públicos para premiar o castigar a ningún medio. El presidente López Obrador refirió que se buscará “una distribución horizontal del presupuesto de comunicación”, para que “alcance a todos” y eso “se hará en función de criterios transparentes”.

El coordinador de la comunicación oficial agregó que se ajustarán a un presupuesto de cuatro mil 711 millones de pesos, mismo que “no se va a mover, ni se va a pedir ampliación”. Se quejó de que el marco legal es incompleto y dijo que “se requiere un padrón único de medios que no existe en el país”, ya que para la compra de tiempo y espacio se tomarán en cuenta el alcance, el share y el rating.

Pero, como es habitual en los anuncios mañaneros de la 4T, nada se dijo sobre el cómo de sus promesas. Y de la relación con los medios, algunos hechos que sí conocemos son que el presidente detesta y descalifica cotidianamente a Reforma; que Jorge Ramos se volvió enemigo del proyecto por insistir en hacer preguntas; que UnoTV y Pablo Hiriart son poco gratos al gobierno y que las benditas redes sociales son canal preferente para que feligreses de AMLO les cobren a los medios cuando “se pasan… pues ya saben lo que sucede”.

El elemento más visible del modelo de relación lopezobradorista con los medios es la disertación mañanera, que satura y confronta la conversación pública, manipula la historia y la realidad nacional y, bajo la apariencia de conferencia de prensa, pone al presidente en el papel de un vocero que impone, elude, insulta o se desdice, según le convenga, pero no dialoga ni responde.

La amenaza de dar menos dinero a los medios no va a transformar nada, es sólo optimizar el viejo mecanismo de control. Si el nuevo gobierno de verdad rechaza y ve vicios en la publicidad gubernamental, debe instrumentar su eliminación, para que ya no exista, como sucede en otros países. En cambio, el recorte que presume solo endurecerá el control, pues las promesas de horizontalidad y equidad hoy son pura retórica.

Basta ver el efecto del reparto de dinero público en sistemas de medios locales, en estados con proceso electoral, como Puebla, por ejemplo, para advertir que sacar la relación medios-poder del eje del dinero requerirá en México de mucha voluntad política y auténtico compromiso democrático. No alcanza con declaraciones de intención.

El gobierno también dice que “se apoyará en los medios públicos para no contratar empresas privadas en la elaboración de las campañas”. Pero hasta hoy, los hechos son que buena parte de los medios públicos federales llevan cinco meses ocupados en transmitir la conferencia matutina, perder rating, aplicar la pobreza franciscana y administrar la irrelevancia.

Prometer no empobrece, reza otro dicho. Maquiavelo escribió que hay quienes “han tenido muy poco en cuenta la palabra dada, han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres y así han hecho grandes cosas”, y advirtió que un gobernante prudente “no puede, ni debe, mantener su palabra cuando su cumplimiento se pueda volver en su contra”. Veremos si la 4T se ajusta al supuesto. 

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