Héctor J. Villarreal Ordóñez

“No se puede poner vino nuevo en botellas viejas”, dijo el Presidente en el video con el que informó sobre la renuncia de Carlos Urzúa como secretario de Hacienda y designó al sustituto Arturo Herrera. La referencia alude al episodio del Evangelio, cuando, según San Lucas, Jesús dijo que “…Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo hace que los odres revienten, y tanto el vino como los odres se pierden”. Las alusiones bíblicas son cada vez más recurrentes en el discurso presidencial, como los apoyos activos de grupos religiosos que ya promueven la difusa cartilla gubernamental de recomendaciones morales.

“En esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento”, escribió Urzúa en su renuncia y expuso su molestia por la “inaceptable imposición de funcionarios (sin) conocimiento de la Hacienda Pública (…) por personajes influyentes (…) con un patente conflicto de interés”. Los términos de la carta pegan a la credibilidad de la administración lopezobradorista y llaman a la preocupación de todos al ser expuestos por quien era responsable de la conducción económica del país. El Presidente, en su video, respondió que respeta la dimisión, pero reiteró su “compromiso de cambiar la política económica (…) Es cambio, transformación, no simulación, no es más de lo mismo…” insistió.

Horas después, mientras se escribe este texto, la agenda dio otro vuelco al informar la Fiscalía General de la detención del abogado Juan Collado “por su probable responsabilidad en los delitos de delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita”. 

Collado es defensor de Enrique Peña Nieto y de viejos adversarios del presidente López Obrador, como Diego Fernández, Carlos Ahumada y Raúl Salinas. Su fama se activó hace poco al aparecer en redes sociales junto a dichos clientes, ministros de la Corte y otros miembros del grupo de poder que le entregó la administración.

López Obrador suministra, además, otra crisis, la de las inconformidades de policías federales por el incumplimiento de prestaciones laborales y el traslado, contra su voluntad, a la Guardia Nacional. En este caso apuntó a otro expresidente: Felipe Calderón, a quien él y su secretario de Seguridad acusaron sin evidencias de ser la “mano negra” que mueve los reclamos. Calderón respondió con dureza, aumentando su presencia pública, pero abonando indirectamente al relato que más le gusta usar al Presidente para explicar la coyuntura nacional, como un supuesto dilema entre gobiernos del pasado reciente y su autonombrada Cuarta Transformación.

En su estudio sobre la comunicación presidencial, publicado en 2015, Yolanda Meyenberg y Rubén Aguilar citan a George Lakoff, el lingüista estadounidense que subrayó la importancia, en la comunicación política, de incorporar marcos de referencia hechos a partir de valores morales y usar un lenguaje empático con la mayoría a la que se quiere persuadir.

Se trata, dice Lakoff, de tomar en cuenta creencias e ideas populares y hacer que los argumentos políticos las incluyan y evoquen. Los relatos políticos exitosos, explica, son los que se vinculan a las percepciones sobre lo que es bueno o malo; confrontan valores y formas antagónicas de ver al mundo; se cuentan como historias de luchas entre héroes, villanos y víctimas; se construyen desde lo que la gente piensa, sea verdadero o falso y dicen cosas profundas con lenguaje superficial y simple.

López Obrador tiene un relato altamente funcional. Los problemas que heredó, la pobreza y la ofensiva desigualdad, la violencia desbordada, los cajones llenos de corrupción y las groseras y ridículas banalidades del jet set peñista abonan a su relato, que, bajo los lemas “yo tengo otros datos” y “me canso ganso”, se enfrenta a diario con la realidad del país. En ese debate están en juego la estabilidad, el desarrollo y el futuro de nuestra democracia. 

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