Héctor J. Villarreal Ordóñez

Encasillar a las personas en generaciones es arbitrario. Los individuos escapan de las definiciones construidas por los años en que hayan crecido. Sin embargo, las épocas ayudan a reconocer ciertas tendencias colectivas inducidas a veces por coyunturas o vivencias que han sido comunes.

En el prólogo de la edición española de Generación X, de Douglas Coupland, que describió en 1993, a través de tres personajes ficticios, a los hombres y mujeres que rondaban entonces los treinta años, Vicente Verdú apuntaba: “Los ‘X’ carecen de furor reivindicativo. No se han gestado como rebeldes, sino como residuos. No se sienten solidarios sino individuos… No tienden a manifestarse, sino a desparecer. No constituyen un movimiento; se encuentran, en su mayoría, parados”.

Veintiséis años después, aquella juventud, en cuyo interior se gestó “una suave cultura del desastre… el menosprecio del porvenir y la competitividad… el rechazo a los trabajos convencionales (y) la fuga en dirección cero”, ronda ya los cincuenta y, como sea que haya sido, hoy comienza a ceder espacios de actuación y toma de decisiones a los millennials, que nacieron en la década de 1980 y a la llamada Generación Z, que entra ya a su segunda década de vida.

En ese traspaso, por cierto, han irrumpido, al menos en la escena política, personajes nada ficticios de generaciones nacidas en los cincuentas y antes, hoy sexagenarios y octogenarios, que, en el paquete de la autonombrada cuarta transformación, se colaron de nuevo en espacios de poder público, no se sabe aún si para entrar al quite o para qué, pero sobre quienes, decía Coupland, los “X” mantuvieron siempre una clara “envidia demográfica”.

En días pasados, El Universal publicó la Encuesta Intergeneracional sobre Actualidad Latinoamericana GDA 2019, un interesante sondeo, según el cual más de 80% de los jóvenes de hoy en México opinan que el país vive una mala o muy mala situación, la mayoría no creen en el gobierno, las iglesias, los medios de comunicación o los partidos políticos, si acaso, un poco en la familia, y juzgan como mal o muy mal la seguridad, la corrupción, el empleo y la educación.

Las nuevas generaciones tienen posturas en favor de la protección del ambiente, el respeto a los derechos humanos, el matrimonio igualitario, la despenalización del aborto, la legalización de las drogas y el uso de anticonceptivos.

Según la encuesta, 86% de los millennials y 90% de los Z se informan a través de medios en Internet; tres y 0.9%, respectivamente, lo hacen en la televisión abierta y sólo 0.5% de los millennials dicen informarse en revistas impresas. Alejados de métricas del éxito que pudieron ser significativas para los X, la mayoría de los jóvenes de hoy definen la felicidad como “vivir en armonía” y “tener libertad”.

¿Qué les dicen a ellos los términos del debate público actual? ¿Cómo recogen la narrativa oficial que parte al país en dos bandos, el cuatrotransformador pro-gobierno y el conservador fifí, según la cosmovisión presidencial? ¿Podrá la oposición política derrotada en 2018 replantear su relato y conectar con esta nueva audiencia, que en los próximos años tomará las decisiones cruciales para México? ¿Revisarán las iglesias su propuesta social, religiosa y espiritual, para no diluirse en la irrelevancia?

El mundo se mueve rápido. La tecnología y nuevas formas de pensar y de vivir precipitan el relevo. Quienes contemporizamos con la Generación X contada por Coupland, tendremos que digerir el no esperado regreso de los antecesores, pero, sobre todo, ser capaces, pronto, de crear nuevas historias y formular mejores soluciones a los problemas del país, si no queremos apurar la obsolescencia. 

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