Héctor J. Villarreal Ordóñez

Que la inmoralidad campea en México es una aseveración que obtiene consenso relativamente fácil y amplio. El balance del sexenio que acaba, por fin, el próximo viernes, es prolífico en inmoralidades. Peña Nieto se despide con una inmoral humillación final, entregando condecoraciones al yerno de Donald Trump.

Las inmoralidades se acumulan de tiempo atrás. La agenda pública luce saturada de ellas el día que se le vea. Corrupción, violencia, impunidad e indiferencia son, de hecho, los temas que nutren la información nacional.

El contexto da pie a la teoría, expuesta por Juan Carlos Rodríguez en la edición 128 de ejecentral. En julio no ganó AMLO, ganó el hastío. Y el hastío, el enojo y las inmoralidades que brotan por doquier, sirven para prometer y justificar la reinvención del país y del entorno. Desde la demolición austera del modelo de administración pública, hasta el reacomodo de los colores de la bandera mexicana. Todo en la licuadora de la transformación. Pero en serio, ¿una Constitución moral?

López Obrador no bromeaba. Llamó a “regenerar y fortalecer los valores morales, culturales y espirituales”, con una “Constitución Moral” que “regirá las bases de la convivencia nacional, fortalecerá la unidad de los mexicanos y reconocerá la pluralidad de identidades”, como si la primera no fuera cosa de las leyes, la segunda fuese factible por decreto y a la tercera le estuviera haciendo falta su
reconocimiento.

Quien a partir del sábado pronunciará discursos desde Palacio Nacional aclaró que “todo será por consulta”, no impondrá nada. No mencionó la calidad de sus consultas. Pero sí reconoció que hay quienes piensan que su propuesta moral “tiene que ver con lo religioso, lo personal, con una invasión de la intimidad”. Para ellos tuvo que “no sólo de pan vive el hombre” y algo sobre el bienestar de sus almas. Colaboradores suyos dijeron que no es “un intento por normar la vida privada ni pretexto para construir un modelo autoritario de gobierno”. Qué alivio.

¿Para qué y a quién servirá entonces el instrumento “moral”, propuesto, dirigido y redactado en las oficinas del jefe del Estado? ¿Cuándo dejó de ser la esfera moral algo de lo que debemos convencernos en lo individual, para volverse, como la política y las leyes, una cuestión que atañe también a los otros? ¿Alguien ha reparado frente a esta ridícula convocatoria en la pregunta que se hace el filósofo estadounidense Robert Nozick?: Si los individuos tienen derechos, y hay cosas que ninguna persona o grupo puede hacerles sin violar esos derechos y sus alcances, ¿cuál debe ser el espacio que debe quedar al Estado?

Ni la descomposición moral en Francia en los años 40, donde los franceses fueron prisioneros de los nazis en su propia tierra, detuvo el desarrollo del pensamiento que reivindica y subraya la vigencia de la libertad, la inevitabilidad de la elección propia y la responsabilidad asociada e ello. Jean-Paul Sartre escribió entonces sobre la angustia de la libertad, reconoció que es difícil de sobrellevar y por eso hay quien la teme y busca evitarla. Pero, sugerir o aceptar, en 2018, que el gobierno promulgue una especie de guía de moralidad, con definiciones borrosas ante las libertades propias, con efectos y alcances imprecisos e ínfulas transformadoras, suena como un exceso que no debería pasar desapercibido.

No sabemos qué será la 4T, pero conviene tener claro al menos lo que no queremos que sea.

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