FOTOS: Angélica Ortiz ARTE: Juan Luis Gutiérrez

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Angélica Ortiz

acruz@ejecentral.com.mx

› Las vanidades y el amiguismo se han apoderado del salón de Palacio Nacional donde AMLO comparece todos los días; ni el dedo presidencial ha logrado democratizar la participación de los medios

Su cabello se le nota alborotado, los chinos cafés revuelan y tarda en acomodarlos con las manos. Es una mujer madura, de tez blanca, áspera y solitaria. Todavía no son las siete de la mañana y aprovecha para sacar de su bolsa negra un espejo y su maquillaje, rápido se polvea la cara y luego ve sus dientes con cuidado y guarda todo en su lugar.

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En el otro extremo de la fila, emerge una nube de spray por encima de la cabeza de varios periodistas sentados en primera fila, gracias al retoque del peinado extravagante de otra mujer, ella de cabello amarillo que se nota algo rígido, de cuerpo grueso, tez clara y que tras verse en el espejo se acomoda en la silla fría, dura, de la sala, y guarda su kit de arreglo personal en la mochila. La conferencia está por comenzar.

En una de las esquinas de enfrente comienza la discusión: “¿Estás sentado aquí?”, pregunta un joven reportero que todavía se nota desmañanado, a varios colegas ya sentados que se miran con complicidad hasta que alguien se atreve a decir: “está apartado”. Sin decir más, camina con un gesto molesto y resignado, mirando de reojo las filas de atrás buscando el lugar donde se sentará.

Foto Angélica Ortiz

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Los comentarios no se hacen esperar en el grupito que le acompaña desde la tercera fila, donde todavía hay pocos; eso es “huachicoleo periodístico”, más de uno dice que es corrupción y que todos tienen derecho a sentarse en las primeras filas, sobre todo si hicieron lo posible por llegar a buena hora y pasaron la fila que se hace desde las seis de la mañana sobre la calle de Moneda.

Como si se tratara de una carrera con obstáculos, los comunicadores avanzan a paso veloz entre las sillas para alcanzar los codiciados lugares de adelante, pues saben que tendrán más posibilidades de contar con el favor del dedo presidencial. La mayoría, desaliñados, hace evidente el sueño que todavía no se va, entre bostezos avanzan para darse cuenta que el lugar que buscaban ya fue ocupado, pero unos cuantos mantienen el glamur y su gusto por el buen vestir, aunque eso implique madrugar más de lo necesario.

Una mujer entra y llama la atención de algunos, va con la cabeza en alto, el peinado cuidado, y el labial rojo que decidió ocupar en la mañana contrasta con el delineado impecable de sus ojos, lleva un par de tacones altos y un traje sastre color negro, se sienta en la última fila tratando de pasar desapercibida y de lejos sonríe a sus conocidos.

El “amiguismo” previo a las conferencias resulta evidente para todos, las sillas apartadas con mochilas, bolsas, tablets o libretas, llevan el nombre de siempre. Todavía hay pequeños grupos reunidos comentando anécdotas cotidianas en la fría sala de Tesorería, aprovechan los últimos minutos que quedan antes de que se escuche del otro lado del salón el grito de los militares: “buenos días, Presidente”. Para ese momento la multitud se mantendrá sentada y atenta siguiendo con la mirada el caminar del presidente Andrés Manuel López Obrador.

El desmañanado gabinete

La conferencia se retrasó unos minutos, el mandatario se para frente al micrófono, sonríe y con la mano izquierda recargada en el atril, da los buenos días a todos. No se le nota cansado, como a algunos de sus acompañantes en el estrado que se han reunido con él en la junta de seguridad previa, para la cual han llegado dos horas antes, cuando todavía la plancha del Zócalo se encuentra vacía, las puertas del Metro permanecen cerradas y las calles que rodean el Palacio Nacional guardan el silencio de la madrugada.

No siempre son los mismos, a veces sólo asiste el gabinete de seguridad, en otras ocasiones se suman los secretarios de Economía, Energía o Relaciones Exteriores. En todos los casos llegan aprisa, con documentos y café en mano. Son recibidos por un grupo de soldados que espera en la entrada principal de Palacio y busca distracción con bromas que se hacen unos a otros para ignorar el frío y sobrevivir a los tiempos muertos entre la llegada de cada vehículo.
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Se ve una camioneta dar vuelta en el circuito de la Plaza de la Constitución, con luces intermitentes anuncia su llegada. Los militares hacen señas al conductor indicando el lugar exacto para descender del vehículo. La puerta trasera de la camioneta se abre y de ella baja un hombre que viste un abrigo negro, lleva un vaso de café y camina hacia la entrada  con una sonrisa y un gesto despreocupado, un grupo de militares le siguen el paso, se trata del secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo.

El desfile continúa y entre los asistentes del día, se encuentra la titular de Segob, Olga Sánchez Cordero, quien baja de su auto acompañada de tres hombres. Camina un poco encogida, pues viste una chamarra delgada que parece apenas cubrirla del frío. En las manos lleva un termo y una pequeña libreta café, y sin voltear la mirada arriba llega a la valla de seguridad donde un grupo de personas envueltos en cobijas y zarapes la esperan. Esperanzados levantan las lonas en las que piden justicia por algún familiar desaparecido. Sin emitir palabra alguna, la secretaria pasó de largo, y los rostros de aquellos que la esperaron desde temprano expresan la impotencia que dejan salir en un grito: “¡Queremos justicia!”.
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Sus exigencias son escuchadas minutos más tarde por un hombre que pertenece al equipo de atención ciudadana presidencial y con libreta en mano, anota sus datos para no perder comunicación, les asegura.

En dos ocasiones, el presidente López Obrador ha sugerido que los reporteros tengan la voluntad de organizarse y permitan la participación de todos, cediendo el lugar a los que no alcanzaron a preguntar anteriormente, pero es inútil. Los de las primeras dos filas, ya monopolizadas, son los que acaparan la atención del mandatario. De izquierda a derecha o al revés, desde la conferencia que dio el 3 de diciembre, la preferencia se va a los lugares más visibles, a los de siempre.

Tal es el descontento de algunos, que en la última semana un periodista dijo, a modo de reclamo durante su participación, que llevaba 25 días levantando la mano y “agradeció” que al fin le habían dado la palabra. La Cuarta Transformación no ha sido tan democrática al momento del “a ver, tú”, como dice el Presidente para dar el turno.

Antes de iniciar con las preguntas, alguna manos ya se mantienen arriba. Los miembros del gabinete que acompañan a Obrador, platican en voz baja, en ocasiones sonríen, se toman del brazo, miran hacia arriba distraídos o asienten con la cabeza ante las palabras del titular del Ejecutivo. El cansancio se nota a metros de distancia, cuando Olga Sánchez Cordero tiene que bajar por un momento del templete y regresa más tarde dispuesta a esperar casi una hora más.

Foto Angélica Ortiz

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La mascota presidencial

Las frases y respuestas chuscas y pintorescas del presidente han generado un ambiente de empatía en la sala, todavía le roba una que otra sonrisa a algunos con su tan famoso “me canso ganso”. En más de una ocasión, este tipo de comentarios lo han salvado de cuestionamientos complejos y le han servido como estrategia para granjearse a la fuente.

›Los maullidos de un gato se escuchan como amenizando las respuestas del tabasqueño, pero nadie le toma importancia. Es la mascota presidencial que ya todos conocen, un gatito rayado que se esconde bajo el templete asustado ante tanta gente.
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Foto Angélica Ortiz

Decenas de fotógrafos caminan de un lado a otro, echan una mirada como imaginando la foto que buscan y van entre los pasillos buscando el ángulo más original. Los camarógrafos, sentados en el templete que se ubica en la parte trasera de la sala, cansados y aburridos, han perdido el interés en la conferencia y miran alguna serie desde su celular, escuchan música o prefieren textear para no quedarse dormidos. Los reporteros, todos sentados escriben su nota, al mismo tiempo que alzan la voz desesperados pidiendo la palabra para poder tener la primicia del día.

“Periodistas maleducados”, “esos son aprendices de periodistas”, “Pónganse de pie, tengan respeto y profesionalismo”, se lee del otro lado de la conferencia matutina. A través de redes sociales se vive un ambiente diferente, como bots, miles de comentarios inundan la transmisión en vivo que se puede ver desde la página de Facebook o Twitter del Presidente.

Los ciudadanos aprovechan el canal de comunicación que se anunció con la 4T, y como una forma de crítica y participación ciudadana, atacan a los periodistas que no se levantan de su lugar por respeto o que no preguntan algo que favorezca al presidente del pueblo. Contados son los usuarios que ofenden o perjudican al morenista, y si estos se manifiestan, no faltan los que piden que “mejor no vean la transmisión” o “si no les parece, váyanse de aquí”.

Las últimas preguntas se escuchan, hay un poco más de desorden que antes, más de una hora transcurrió desde que comenzó la reunión. El Presidente sigue contestando las preguntas de los periodistas que ya esperan ansiosos que termine, mientras tanto, contestan mensajes de texto o se preparan para correr a la sala de prensa. “Muchas gracias, nos vemos mañana”, se escucha. Son casi las nueve de la mañana, la conferencia se alargó como casi todos los días y los periodistas suspiran aliviados.Al salir de Palacio Nacional, los mismos ciudadanos que llegaron a las cinco de la mañana permanecen de pie, sus rostros cansados no opacan la firmeza y determinación con la que siguen esperando al presidente que no saldrá por ahí. La mañanera ha terminado.

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