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Jair Avalos | Corresponsal

javalos@ejecentral.com.mx

En 1968, cinco trabajadores universitarios poblanos fueron confundidos con estudiantes y acusados de comunistas. Dos de ellos fueron asesinados a machetazos por la comunidad. Cincuenta años después, a 186 kilómetros de distancia, dos hombres fueron acusados por los pobladores de robar niños. Fueron quemados vivos, uno era campesino y el otro estudiante.

En 2010, al mismo tiempo en que los niveles de violencia aumentaron en el país, los linchamientos también crecieron en comunidades donde hasta siete de cada 10 personas viven en extrema pobreza. Así, quemar viva a una o varias personas o golpearla hasta morir se convirtió en una válvula de escape ante la impunidad en pueblos acechados, ya sea por el narcotráfico, huachicoleros o ladrones.

Canoa, miedo e intolerancia

Sábado 14 de septiembre de 1968. Ese fin de semana era puente por tener días feriados: el domingo era la noche del Grito de Independencia y el lunes, el desfile, así se extendía el descanso. En ese año los festejos patrios cobraron un significado especial, pues desde julio había manifestaciones de estudiantes y una confrontación directa con el gobierno que encabezaba Gustavo Díaz Ordaz, un hombre tan conservador como su tierra, Puebla, un estado en el que se propiciaba la represión de la protesta, y donde los militares cacheteaban a estudiantes y profesores y los regresaban a cada facultad.

Aprovechando el fin de semana largo, cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla quisieron escalar el cerro de La Malinche y se dirigieron a San Miguel Canoa, a 17 kilómetros de la capital y por donde se encuentra uno de los caminos para escalar ese volcán.

Pero todo salió mal. Julián, Miguel, Roberto, Jesús y Ramón fueron acusados por la comunidad de ser comunistas, algo que ni los asesinos comprendían por completo, y se abalanzaron sobre ellos. El párroco de la iglesia del pueblo había azuzado a la comunidad. Sólo los tres primeros sobrevivieron, Jesús y Ramón no. Los pobladores también mataron a Lucas y Odilón, dos campesinos de la zona que les dieron albergue a los visitantes porque esa noche llovía. Los detenidos pronto salieron libres.

También en Puebla, pero casi 50 años después y a tres horas y media de distancia, Alberto y Ricardo fueron linchados. Los pobladores de Acatlán de Osorio (a 250 kilómetros al sureste de la Ciudad de México) se dejaron llevar por los rumores de que eran robaniños, pero uno era campesino y su sobrino estudiante. Esta vez no hubo que esperar los periódicos para enterarse, su muerte fue transmitida en vivo por Facebook y ninguna autoridad los auxilió.

La explicación para este fenómeno en crecimiento es muy sencilla: las carencias sociales junto con la ausencia de Estado que deja una estela de impunidad.

“Las comunidades están sometidas a varios tipos de violencia. Estos pueblos han sido despojados de sus tierras, hay secuestros y robos (…) Llega el punto en que dicen ya no más. Y todo deriva en un linchamiento”, sostiene Elisa Godínez, doctora en Antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y que se ha dedicado a estudiar los casos de linchamientos en el país.

Aunque no es un justificante, añade, conforme han subido los niveles de violencia en México “existe un crecimiento gradual, no exponencial, en el número de linchamientos”.

Y revisando los casos, así es, Puebla ocupa el segundo lugar en el registro de casos de linchamientos en los últimos años. Pero es también la entidad en donde la violencia en sus diferentes formas ha crecido. Este año, por ejemplo, aumentaron los asesinatos en 33%, respecto a 2017, por lo que en promedio se registra una ejecución del crimen organizado al día. Y los secuestros en un 75%, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad.

“No sirve de nada estigmatizar a los pueblos sin reflexionar el fenómeno. No es el ‘México profundo’ ni ‘bárbaro’ donde sucede esto, es un México cercano que debemos de analizar”, expone la especialista.

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203 personas

han sido rescatadas de linchamientos
en los últimos nueve meses.

Entre el huachicol y la amapola

El mismo día en que los pobladores de Acatlán de Osorio mataron a Alberto y a Ricardo, el 29 de agosto pasado, a 350 kilómetros, en Tula, Hidalgo, la comunidad linchó a un hombre y una mujer, también porque los acusaron de ser robachicos. Ambos municipios se encuentran incrustados en regiones en disputa por grupos del crimen organizado.

Acatlán forma parte de la mixteca poblana, que conecta con los estados de Morelos y Oaxaca. En los últimos años se ha registrado una lucha por la región, históricamente productora de mariguana y amapola, entre Los Rojos y Los Zetas. Pero también, en este municipio el 75% de la población es pobre. El 50% tiene algún tipo de carencia y el 25% sufre de pobreza extrema. El 65% no tiene servicios básicos y 30% vive en rezago educativo.

En Tula, Hidalgo, dominan Los Zetas dueños del negocio del huachicol. Aquí, cuatro de cada 10 personas es pobre, y hay 27.5% de carencia en servicios básicos.

La investigación de Elisa Godínez establece que el desconocimiento del sistema penal, la poca denuncia y el abandono de las autoridades crea la atmósfera para que la comunidad “prefiera castigar a delincuentes, a veces sólo ladrones, que entregarlos a la policía”.

Algo ocurre en el centro del país. Están ahí los estados con mayores problemas de linchamiento, estado de México, Puebla, Hidalgo, hasta la Ciudad de México; lo cual desecha el cliché de que esto sólo ocurre en pueblos pequeños. No es parte de los usos y costumbres”, agrega.

Durante las últimas semanas se han dado cuatro intentos de linchamiento al día, y sólo en el centro del país se registraron cinco alertas: En Ciudad de México, en Santa Rosa Xochiac, delegación Álvaro Obregón, un hombre fue rescatado acusado de intentar robar niños. Por una causa similar, San Mateo Tlaltenango, Cuajimalpa, hubo un muerto y ocho detenidos; mientras que en Ocoyocoac, estado de México, una persona fue rescatada acusada de robo; lo mismo sucedió en Amozoc y Acatzingo, en Puebla, donde tres presuntos ladrones fueron rescatados de casi morir a manos de la comunidad. Y un nuevo elemento, es que las redes sociales se están utilizando en la transmisión en vivo de los casos de linchamiento.

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En la mixteca poblana, por ejemplo, los pobladores están dispuestos a matar a cualquier extraño. En Ayoxuxtla, un pueblo de menos de 20 cuadras, su población vive alejada de la tecnología, pero el rumor de los robachicos en la zona supo atravesar los cerros que rodean al pueblo. “Yo ya le dije a mi marido que si alguien extraño entra en el pueblo, lo vamos a matar”, dice una mujer amable.

La desconfianza no es sólo es en los pueblos, en Izúcar, la ciudad comercial más importante de la mixteca, se han formado brigadas en las escuelas para dejar a los niños casi dentro del salón. En WhatsApp circulan los mensajes donde piden dejar las luces de los patios encendidas para evitar que los presuntos robachicos.

“Los linchamientos se dan en un contexto de un delito flagrante —asegura la investigadora—. Lo que es preocupante es la ola de noticias falsas que han aumentado y el poco criterio que existe sobre este tipo de noticias. Es algo muy nuevo en México. Las redes sociales son ahora un factor muy importante pero no es ni la única causa ni se explica en México todo el fenómeno, ni la desestabilidad social”.

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