Juan Antonio Le Clercq

@ja_leclercq

No es racional esperar que en una negociación con el gobierno de Donald Trump, el gobierno mexicano pueda alcanzar un acuerdo ganar-ganar. Puede aspirarse, en todo caso, a contener los efectos y controlar los daños de las decisiones de nuestro vecino del norte. 

No es sencillo que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador encuentre un equilibrio entre proteger la dignidad nacional ante ataques injustificados, evitar daños mucho más profundos a la relación bilateral y reducir el riesgo de que sanciones comerciales unilaterales afecten el desempeño de la economía mexicana. Lo que es claro, es que nuestro gobierno no puede darse el lujo de cometer los mismos errores y dislates bilaterales del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Desde la presentación de su candidatura presidencial, ese ya lejano junio de 2015, Trump dejó en claro que atacar a México representaba un escalón clave para sus aspiraciones políticas. Desde entonces, una y otra vez, México ha sido usado como piñata, de acuerdo con las necesidades de su agenda política. La moraleja es que nuestro gobierno no puede confiar en las intenciones de Trump y que debe estar preparado permanentemente para recibir y responder agresiones. 

La amenaza de imponer aranceles como represalia ante lo que el presidente estadounidense califica como acciones insuficientes frente a los flujos migratorios, se enmarca en la estrategia para calentar el ambiente y azuzar a sus bases más radicales ante la presentación de su candidatura a la reelección. Lo que cabe esperar, conforme Trump enfrente ataques de sus rivales y cuestionamientos de la prensa, son nuevas agresiones y amenazas hacia México. 

A pesar de que sus ataques han sido reiterados y predecibles, nuestros gobiernos no han encontrado la forma de enfrentar la furia ocasional de Donald Trump. Nos hemos visto obligados a reaccionar una y otra vez, con mayor o menor éxito, con más o menos daños, pero lo que no tenemos es una estrategia diplomática para manejar los ataques de ocasión, contener sus daños y articular una respuesta más sólida de líderes políticos y de opinión, nacionales y en Estados Unidos. 

Peña Nieto y Videgaray apostaron por la relación personal con Jared Kushner; López Obrador y Ebrard han optado por invocar el diálogo y respeto mutuos. Ambas alternativas han resultado evidentemente insuficientes. La primera pregunta es si nuestro canciller y su equipo han comenzado a evaluar de manera crítica los resultados de la última negociación y los daños potenciales que el acuerdo alcanzado representa en el mediano plazo. La segunda pregunta es si tendrán la capacidad para definir una estrategia diplomática más efectiva para navegar los meses de turbulencia electoral en Estados Unidos o si lo que veremos serán respuestas reactivas conforme ocurran los acontecimientos. 

Una vez concluida nuestra elección presidencial, escribí lo siguiente (y que se puede consultar en https://bit.ly/2WvRSZj): “Es comprensible que se promueva una relación respetuosa y se busquen mejores bases para el diálogo bilateral. Pero no puede ignorarse que en cualquier momento enfrentaremos los cambios de humor y la improvisación impulsiva y furiosa de quien nos entiende como enemigos. ¿Están listos los estrategas del nuevo gobierno para responder a los ataques y humillaciones que vendrán desde el otro lado de nuestra frontera? ¿Se han definido los posibles escenarios y estrategias para diversificar nuestros intereses económicos, movilizar nuestros recursos diplomáticos y contener el daño a nuestros connacionales? ¿Se ha superado la tentación de reducir definiciones de política exterior al mero reflejo de la conducción política interna?” 

Un año después, las amenazas, las preguntas y la necesidad de definiciones siguen siendo las mismas. ¿Estaremos mejor preparados la próxima ocasión? 

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