J. S Zolliker

@Zolliker

El seis de diciembre del año pasado, varios medios anunciaron a ocho columnas: “Recibe Sheinbaum la Ciudad de México con 10 asesinatos.” Qué bueno que las cosas ya van a cambiar, pensé en su momento con un dejo de esperanza en un país cuya tasa de homicidios ha alcanzado su mayor registro en una década y que sufre más de 10 asesinatos diarios de mujeres sólo por ser mujeres.

El pasado 13 de mayo, sin embargo, casi seis meses después de asumir el cargo donde nos prometieron un inmediato cambio, recibimos el lunes con 10 asesinatos en pocas horas en la CDMX; una nueva cifra que muchos volverán a olvidar porque somos muy dados a ello mientras no se trastoque nuestra cotidianidad.

La Ciudad de México vivió su peor nivel de inseguridad en décadas, cuando la gobernó el actual Presidente de México. El descaro de los asaltos y asesinatos era tal que millones de personas salimos a marchar vestidos de blanco y sin consigna política alguna para reclamar a las autoridades que hicieran su trabajo. En ese entonces, en lugar de reconocer el problema e invertir en una procuración y Poder Judicial destacables, se descalificó a la ciudadanía, se les llamó pirrurris y elementos infiltrados por los intereses neoliberales y etcétera.

Cuidado con los que ahora acusarán a las víctimas –sentados desde su nuevo alto podio–, porque negar la realidad nos acerca a esa retórica tan rancia como la que ha existido desde hace siglos: Poncio Pilatos fue un populista que se lavó las manos con agua del pueblo que estaba bañada en la sangre del Cristo.

Todos queremos lo mejor para México y para la Ciudad de México, donde vivimos y/o trabajamos. Pero hablando en términos médicos, no podemos curar el cáncer con medicamentos para la gastritis. Tampoco podemos operar una apendicitis a machetazos. Lo primero es aceptar el problema, después diagnosticarlo correctamente (eso no incluye decir que la delincuencia existe, porque existe la pobreza) para actuar en consecuencia.  

El asunto está en que como pueblo, como sociedad, como colectivo construido de la suma de individuos únicos, no nos olvidemos de la tragedia y mucho peor, no nos acostumbremos jamás a ella, porque cuando eso sucede, da lo mismo el número mientras no tengan cara ni nombres ni nos resulten conocidos. Ahí tenemos a 43 como ejemplo que hoy, ya sólo parecen un número pronunciable como una fecha (como un 2 de octubre) repleta de anécdotas de extraños y lejanos. Cuidado, mucho cuidado. 

El lunes fueron 10: tres en Tepito, dos en la Gustavo A. Madero, dos en la Doctores, uno en Iztapalapa, uno en Álvaro Obregón y uno en Polanco, en la delegación Miguel Hidalgo. En un radio muy corto entre ellos. Con no demasiados minutos de diferencia. Nos estamos jugando el bienestar de nuestros hijos y nietos en una sociedad cuyo tejido está desintegrándose. No simplifiquemos echando la culpa a los anteriores, porque como bien señala mi admirado Ramón Mier, el gobierno actual no causó el problema, pero es su responsabilidad resolverlo. Ellos lo prometieron en campaña y para ellos fueron electos. 

Por el bien de las libertades y la democracia, debemos exigírselos hoy. No podemos tolerar más indolencias. Diez vidas. Diez historias que se cierran y que quizás nadie recordará un día después de leer este texto, hasta que una de esas diez personas, tenga un nombre y una historia cercana a ti. Estamos a tiempo. Fueron 10 asesinatos el lunes y fue el Estado. No los olvidemos. Nunca más. 

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