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James Risen

Estaba sentado en el restaurante casi vacío del Hotel Westin en Alexandria, Virginia, preparándome para un careo con el Gobierno Federal que había tratado de evitar durante más de siete años. La administración de Obama me exigía que revelara las fuentes confidenciales en las que había confiado para un escribir un capítulo sobre una operación fallida de la CIA en mi libro del 2006, State of War (Estado de guerra). Yo había escrito también para el New York Times sobre la operación de la CIA, pero los editores del periódico habían retirado el texto a petición del gobierno. No había sido la única vez que lo habían hecho.

ABRIGADOS CONTRA EL VIENTO HELADO, mis abogados y yo estábamos a punto de llegar a la puerta del tribunal cuando dos fotorreporteros se abalanzaron sobre nosotros para tomarnos fotos. Como reportero, había presenciado esta escena clásica docenas de veces, mirando con perplejidad desde fuera mientras fotógrafos frenéticos y equipos de televisión se ocupaban de sus asuntos. Nunca pensé que yo sería el acusado, frente a esas cámaras zumbando.

Después de dejar a los fotógrafos y entrar al juzgado esa mañana de enero de 2015, vi a un grupo de reporteros, algunos de los cuales conocía personalmente. Estaban aquí para cubrir mi caso, esperando y observándome. Me sentí aislado y solo.

Mis abogados y yo tomamos una pequeña sala de conferencias justo afuera de la sala del tribunal de la Jueza de Distrito Leonie Brinkema, donde esperamos que comenzara la audiencia preliminar que decidiría mi destino. Mis abogados habían trabajado conmigo en este caso durante tantos años que ahora se sentían más como amigos. A veces nos dedicábamos a hacer bromas sobre lo que me iba a suceder cuando fuera a la cárcel, pero usaron todas sus habilidades para asegurarse de que eso no sucediera e incluso lograron mantenerme fuera de las salas de audiencias y lejos de cualquier interrogatorio de los fiscales federales.

Hasta ahora.

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Coberturas periodísticas: Arriba: Los oficiales de la CIA, Aldrich Ames, y John I. Millis.
Abajo: El exdirector de la CIA, John Deutch, y el científico chino-estadounidense Wen Ho Lee.

Mi caso era parte de una ofensiva más severa contra reporteros y delatores que había comenzado durante la presidencia de George W. Bush y continuó más agresivamente bajo la administración de Obama, que ya había enjuiciado más casos de filtraciones que todos los gobiernos anteriores juntos. Los funcionarios de Obama parecían decididos a utilizar los casos de filtraciones de información para limitar cómo se informaba respecto a la seguridad nacional. Pero la represión de las filtraciones sólo se aplicaba a los disidentes de bajo nivel; a los altos funcionarios incriminados en investigaciones de filtraciones, como el ex director de la CIA David Petraeus, aún eran tratados con guantes.

Inicialmente, tuve éxito en los tribunales, sorprendiendo a varios expertos legales. En el Tribunal de Distrito de EE.UU. del Distrito Este de Virginia, Brinkema se había puesto de mi lado cuando el gobierno me citó reiteradamente para testificar ante un gran jurado. Ella falló a mi favor al anular una citación judicial de prueba en el caso de Jeffrey Sterling, un ex agente de la CIA a quien el gobierno acusó de ser la fuente de la historia sobre la operación fallida de la CIA. En sus fallos, Brinkema determinó que había un “privilegio de periodista” –aunque fuera limitado– bajo la Primera Enmienda, que otorga a los periodistas el derecho de proteger sus fuentes, del mismo modo que los clientes y pacientes pueden proteger sus comunicaciones privadas con abogados y médicos.

Pero el gobierno de Obama apeló la decisión del 2011 que anulaba la citación judicial y, en el 2013, la Corte de Apelaciones del 4to. Circuito, en una decisión dividida, se puso del lado de la administración, al dictaminar que no existía el privilegio de un periodista. En el 2014, la Corte Suprema se negó a escuchar mi apelación, permitiendo que la decisión del 4to. Circuito se mantuviera. Ahora no había nada que impidiera legalmente que el Departamento de Justicia me obligara a revelar mis fuentes o a ser encarcelado por desacato al tribunal.

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James Risen nació en Cincinnati, Ohio, en 1955, y creció en Bethesda, Maryland. Se graduó de la Universidad de Brown (1977) y cursó una maestría en Periodismo en la Universidad de Northwestern’s (1978).

Pero mientras perdía en los tribunales, estaba ganando terreno en la corte de la opinión pública. Mi decisión de ir a la Corte Suprema captó la atención de las clases políticas y mediáticas de la nación. En vez de ignorar el caso, como lo habían hecho durante años, los medios nacionales ahora lo presentaban como una gran batalla constitucional sobre la libertad de prensa.

Esa mañana en Alejandría, mis abogados y yo nos enteramos de que los fiscales se sentían frustrados por mi estilo de escritura. En Estado de guerra: la historia secreta de la CIA y la administración Bush, no incluí las fuentes de muchos pasajes. No dije explícitamente de dónde obtenía mi información, y no aclaré qué información estaba clasificada y cuál no.

Esa había sido una decisión consciente; no quería interrumpir el flujo narrativo del libro con frases que explicaban cómo conocía cada hecho, y no quería decir explícitamente cómo había obtenido tanta información sensible. Si los fiscales no podían señalar pasajes específicos para demostrar que había confiado en fuentes confidenciales que me habían dado información clasificada, el caso penal contra Sterling podría derrumbarse.

Cuando entré en el tribunal esa mañana, pensé que los fiscales podrían exigir que identificara públicamente pasajes específicos de mi libro donde hubiera utilizado información clasificada y fuentes confidenciales. Si no cumplía, podían pedirle al juez que fallara en mi contra y que me enviara a la cárcel.

Estaba preocupado, pero estaba seguro de que la audiencia de alguna manera completaría el largo y extraño arco que había vivido como periodista de investigación de seguridad nacional durante los últimos 20 años. Cuando subí al estrado, pensé en cómo había terminado ahí, en cuánta libertad de prensa se había perdido y en qué tan drásticamente había cambiado el trabajo de los informes de seguridad nacional en la era posterior al 11 de septiembre.

NO HAY SALA DE PRENSA en la sede de la CIA como la que se encuentra en la Casa Blanca. La agencia no entrega pases de prensa que permitan a los periodistas caminar por los pasillos, como lo hacen en el Pentágono. No hay reuniones de prensa periódicas, como las ha hecho el Departamento de Estado en la mayoría de las administraciones. La única ventaja que tienen los reporteros que cubren a la CIA es el tiempo. Comparado con otros ritmos importantes en Washington, la CIA genera relativamente pocas historias diarias. Tienes más tiempo para indagar, más tiempo para conocer gente y para desarrollar fuentes.

Comencé a cubrir la CIA en 1995. La Guerra Fría había terminado, la CIA estaba reduciendo su tamaño y el oficial de la CIA Aldrich Ames había sido desenmascarado como espía ruso. Toda una generación de altos funcionarios de la CIA abandonaba Langley. Muchos querían hablar.

Fui el primer reportero que muchos de ellos habían conocido. Cuando salieron de sus vidas insulares en la CIA, tenían poca idea de qué información se consideraría de interés periodístico. Así que decidí mostrar más paciencia que nunca con las fuentes. Tuve que aprender a escuchar y dejar que hablaran sobre lo que les interesaba. Tenían historias fascinantes que contar.

Además de sus experiencias en operaciones de espionaje, muchos habían participado brindando apoyo de inteligencia en cumbres presidenciales, negociaciones de tratados y otras conferencias internacionales oficiales. Me di cuenta de que estos ex oficiales de la CIA habían estado detrás de los escenarios en algunos de los eventos más históricos de las últimas décadas y, por lo tanto, tenían una perspectiva única y oculta sobre lo que había sucedido detrás de los bastidores de la política exterior estadounidense. Empecé a pensar en estos oficiales de la CIA como los personajes principales de la obra de Tom Stoppard Rosencrantz y Guildenstern han muerto, en la que Stoppard re-imagina Hamlet desde el punto de vista de dos personajes secundarios que observan fatalistamente la obra de Shakespeare desde fuera.

Mientras cubría a la CIA para el Los Angeles Times y más tarde para el New York Times descubrí que escuchar pacientemente a mis fuentes daba frutos de manera inesperada. Durante una entrevista, una fuente estaba hablando sobre una pequeña batalla burocrática dentro de la CIA cuando se refirió brevemente a cómo el entonces presidente Bill Clinton había dado secretamente luz verde a Irán para enviar armas encubiertas a los musulmanes bosnios durante las guerras de los Balcanes. El hombre ya había vuelto a hablar de su guerra burocrática cuando me di cuenta de lo que acababa de decir y lo interrumpí, exigiéndole que regresara a Irán. Eso me llevó a escribir una serie de historias que llevaron a la Cámara de Representantes a crear un comité selecto especial para investigar el oleoducto encubierto Irán-Bosnia. Otra fuente me sorprendió al ofrecerme voluntariamente una copia de la historia secreta de la CIA sobre su participación en el golpe de 1953 en Irán. Hasta ese momento, la CIA había insistido en que muchos de los documentos internos del golpe se habían perdido o destruido hace mucho tiempo.

Pero un incidente me dejó preguntándome si debería continuar como reportero de seguridad nacional. En 2000, John Millis, un ex agente de la CIA que se convirtió en Director de Personal del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, me llamó a su pequeña oficina en Capitol Hill. Después de cerrar la puerta, sacó un informe clasificado del inspector general de la CIA y lo leyó en voz alta, lentamente, mientras yo me sentaba a su lado. Repitió pasajes cuando se lo pedí, permitiéndome transcribir el informe textualmente. El informe concluyó que los altos funcionarios de la CIA habían impedido una investigación interna sobre pruebas que demostraban que el ex director de la CIA John Deutch había utilizado incorrectamente grandes volúmenes de material clasificado, colocándolo en computadoras personales en su casa.

La historia era explosiva y enfureció a los principales funcionarios de la CIA.

Algunos meses después, Millis se suicidó. Su muerte me sacudió mucho. No creía que mi historia hubiera tenido algo que ver, pero mientras veía a una multitud de funcionarios y ex funcionarios de la CIA ingresar a la iglesia en los suburbios de Virginia, donde se celebró su funeral, me preguntaba si estaba atrapado en un juego que se estaba volviendo mortal. (Nunca antes había revelado que Millis era la fuente de la historia de Deutch, pero su muerte hace más de 17 años me hace creer que ya no existe algún propósito en mantener su identidad en secreto. En una entrevista para esta historia, la viuda de Millis, Linda Millis, estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para continuar ocultando su papel como mi fuente, y agregó: “No creo que haya ninguna evidencia de que [haber filtrado el informe Deutch] tuviera algo que ver con la muerte de John.”)

Otra lección dolorosa pero importante vino de mi cobertura del caso de Wen Ho Lee, científico chino-estadounidense del Laboratorio Nacional de Los Álamos, de quien en 1999 el gobierno sospechaba que espiaba para China. Después de que el caso de espionaje del gobierno contra él fracasó, fui duramente criticado, incluso hasta en una nota editorial del New York Times, por haber escrito una historia que carecía de suficientes fallas y agujeros en el caso del gobierno. La nota decía que debí “haber trabajado más duro para descubrir las debilidades en el caso del FBI contra el Dr. Lee”, y que “en lugar de utilizar un tono periodístico de nuestras fuentes, de vez en cuando usamos un lenguaje que adoptaba la sensación de alarma que estaba contenido en informes oficiales y nos lo estaban diciendo investigadores, miembros del Congreso y funcionarios de la administración con conocimiento del caso”.

En retrospectiva, creo que la crítica fue válida.

Esa amarga experiencia casi me llevó a abandonar el Times. En cambio, decidí quedarme. Al final, eso me hizo mucho más escéptico con respecto al gobierno.

SER EXITOSO COMO REPORTERO que cubría a la CIA inevitablemente significaba descubrir secretos gubernamentales, y eso implicaba hundirse en las profundidades del lado clasificado de Washington, que tenía su propia dinámica extraña.

Descubrí que había, en efecto, un mercado de secretos en Washington, en el que los funcionarios de la Casa Blanca, otros burócratas y ex burócratas, contratistas, miembros del Congreso, sus empleados y periodistas, todos intercambian información. Este mercado negro informal ayudó a mantener el aparato de seguridad nacional funcionando sin problemas, limitando sorpresas desagradables para todos los involucrados. La revelación de que esta subcultura secreta existía, y que permitía a un periodista vislumbrar el lado oscuro del gobierno, era alarmante. Se sentía un poco como estar en la Matrix.

Una vez que se sabía que cubrías este mundo sombrío, las fuentes a veces aparecían de maneras misteriosas. En un caso, recibí una llamada telefónica anónima de alguien con información muy sensible que había leído algunas historias que había escrito. La información de esta nueva fuente era muy detallada y valiosa, pero se negó a revelar su identidad y simplemente dijo que volvería a llamar. La fuente me llamó varios días después con aún más información, y después de varias llamadas, pude convencerla de que llamara a la misma hora para estar preparado para hablar. Durante los siguientes meses, llamó una vez por semana al mismo tiempo y siempre con nueva información. Como no sabía quién era la fuente, tenía que ser cauteloso con la información y nunca utilizarla en las historias a menos que pudiera corroborarla con otras fuentes. Pero todo lo que la fuente me dijo era verdad. Luego, después de unos meses, dejó de llamar bruscamente. Nunca volví a saber de ella y nunca supe su identidad.

Las revelaciones de información confidencial a la prensa fueron generalmente toleradas como hechos de la vida en esta subcultura secreta. Los medios actuaban como una válvula de seguridad, permitiendo que los internos se desahogaran por las filtraciones de información. Los funcionarios más inteligentes se dieron cuenta de que estas filtraciones a menudo los ayudaban, lo que les daba una nueva mirada a los debates internos obsoletos. Y el hecho de que la prensa estuviera allí, esperando información, le dio cierta disciplina al sistema. Un alto funcionario de la CIA me dijo una vez que su regla de oro para saber si una operación encubierta debería aprobarse era preguntarse: “¿Cómo se verá esto en la portada del New York Times?”. Si se ve mal, no hay que hacerlo. Por supuesto, esa regla de oro a menudo era ignorada.

Durante décadas, el Washington “oficial” no hizo casi nada para detener las filtraciones. La CIA o alguna otra agencia fingiría indignación por la publicación de una historia que no les había gustado. Los funcionarios iniciaban investigaciones de filtraciones, pero sólo hacían lo mínimo antes de abandonar cada caso. Era una farsa que tanto los funcionarios del gobierno como los periodistas entendían.

Como parte de mi caso legal, mis abogados presentaron solicitudes de la Ley de Libertad de Información con varias agencias gubernamentales en busca de documentos que esas agencias tenían sobre mí. Todas las agencias se negaron a proporcionar algún documento relacionado con mi caso actual, pero finalmente el FBI comenzó a entregar montones de documentos sobre antiguas investigaciones de filtraciones que se habían llevado a cabo años antes en otras historias que había escrito. Me sorprendió saber de ellas.

Los documentos revelaban que el FBI había dado nombres clave a sus investigaciones sobre filtraciones de información. Un conjunto de documentos identificó una investigación denominada “BRAIN STORM” (lluvia de ideas); otro, cuyo código era “SERIOUS MONEY” (mucho dinero), involucraba una historia que escribí en 2003 sobre cómo el régimen iraquí de Saddam Hussein había tratado de llegar a un acuerdo secreto de última hora con el gobierno de Bush para evitar la guerra. Sin embargo, el gobierno había cerrado todas las investigaciones de filtración de información sin hacer algo contra mí, a menos que yo supiera.

Incluso después del 11 de septiembre, los funcionarios del gobierno tenían un apetito limitado para buscar agresivamente casos de filtración de información, y el Departamento de Justicia (DOJ) y los funcionarios del FBI tenían poco interés en ser asignados a estas investigaciones. Sabían que eran casos sin salida. Un memo del FBI del 19 de junio de 2003 sobre “BRAIN STORM” muestra que compartió el destino de prácticamente todas las investigaciones de filtraciones de esa época. La oficina de campo del FBI (WFO) en Washington “ha cubierto todas las pistas lógicas, y no se ha identificado ningún sospechoso viable”, señaló el memo. “Con base en esta situación, la WFO devuelve este asunto a la central del FBI para obtener información adicional y/o presentar este caso ante el DOJ para su cierre”.

Una de las razones por las que los funcionarios no quisieron realizar investigaciones agresivas sobre filtraciones era que frecuentemente realizaban negociaciones tranquilas con la prensa para tratar de detener la publicación de historias sensibles de seguridad nacional. Los funcionarios del gobierno parecían entender que endurecer cómo se investigaba de la filtración de información podría llevar a la ruptura de ese acuerdo informal.

En ese momento, por lo general, aceptaba estas negociaciones. Cerca de un año antes del 11 de septiembre, por ejemplo, me enteré de que la CIA había enviado agentes a Afganistán para reunirse con Ahmed Shah Massoud, el líder de la Alianza Rebelde del Norte, que estaba luchando contra el gobierno talibán. Los agentes de la CIA habían sido enviados para tratar de convencer a Massoud de ayudar a los estadounidenses a perseguir a Osama bin Laden, quien vivía en Afganistán bajo la protección de los talibanes.

Cuando llamé a la CIA para que comentara al respecto, el entonces director de la CIA, George Tenet, me llamó personalmente para pedirme que no publicara la historia. Me dijo que la revelación pondría en peligro la seguridad de los oficiales de la CIA en Afganistán. Estuve de acuerdo.

Finalmente escribí la historia después del 11 de septiembre, pero luego me pregunté si había sido un error no haberla hecho pública antes de los ataques en Nueva York y Washington. Las investigaciones independientes del 11 de septiembre más tarde concluyeron que los esfuerzos de la CIA para atrapar a Bin Laden antes de los ataques habían sido poco entusiastas. Si hubiera publicado la historia antes del 11 de septiembre, la CIA habría estado enojada, pero podría haber llevado a un debate público sobre si los Estados Unidos estaban haciendo lo suficiente para capturar o matar a bin Laden. Ese debate público podía haber forzado a la CIA a tomarse el atrapar a Bin Laden más en serio.

Mi experiencia con esa historia y las posteriores me hizo estar menos dispuesto a aceptar las solicitudes del gobierno de retener o matar historias. Y eso finalmente me llevó a enfrentarme con los editores del New York Times, que todavía estaban dispuestos a cooperar con el gobierno.

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