Héctor J. Villarreal Ordóñez

La conferencia de las mañanas de Andrés Manuel López Obrador es, en su diseño y en sus ejecuciones diarias, una acción política inédita. Ningún Presidente de México había utilizado jamás un recurso de comunicación como ese, que reitera diariamente los ejes del pensamiento del mandatario, sus obsesiones, sus prioridades, sus filias y fobias, y también sus elocuentes contradicciones.

El reportero le pregunta al Presidente sobre una nota periodística, según la cual su antecesor, Enrique Peña Nieto, es investigado por autoridades de Estados Unidos por supuestos sobornos recibidos por autorizar la compra a sobreprecio de una planta de fertilizantes, cuya adquisición ha motivado ya una orden de aprehensión contra el exdirector de Pemex y un empresario.

“No tengo información, no he visto la nota, pero la voy a revisar hoy”, responde pausadamente el mandatario, aunque la información está desplegada a ocho columnas en El Universal, uno de los principales diarios de circulación nacional. Una de dos: el Presidente miente o al menos esa mañana salió a dar su conferencia de prensa sin ser informado siquiera de los titulares de los periódicos.

El reportero, incrédulo, insiste: ¿las autoridades de Estados Unidos no le han notificado sobre esta investigación?

López Obrador le contesta: “No puede haber impunidad, nada más que son procesos legales. No es perseguir a nadie. Lo he dicho muchas veces, no es mi fuerte la venganza. Incluso dije, desde el principio, que yo soy partidario de ver hacia delante y que la política en esta materia iba a consistir en dar el ejemplo de honestidad para no quedarnos anclados en el pasado y que se viera hacia adelante una especie de punto final, que esa era mi postura, pero que si la gente pensaba lo contrario, había que llevar a cabo una consulta para revisar todo el periodo neoliberal y no a chivos expiatorios, sino empezar arriba, con los expresidentes, desde Salinas a la fecha”.

El Presidente, sin embargo, no sabe, según él mismo, qué dice la nota de referencia o qué datos aporta sobre probables ilícitos de su antecesor. Tampoco, según dijo, ha sido notificado por autoridades estadounidenses sobre la supuesta indagación. No sabe si hay materia para abrir, conforme a las leyes, una investigación en México, no cuenta con ningún elemento de información, pero ha dicho que nadie será juzgado si la gente no lo pide a través de una imaginaria consulta.

Unos minutos después, el expresidente Enrique Peña Nieto, desde la comodidad de su punto final, escribe en Twitter que rechaza “categóricamente las falsas imputaciones” y las atribuye a la “mala fe”.

El guion no es nuevo. Sale a relucir cuando se trata de responder a señalamientos sobre presunta corrupción de Peña Nieto, cuyo nombre nunca es mencionado, pues López Obrador generaliza siempre en “el periodo neoliberal”, como si nada del desastre que dice haber encontrado en el gobierno pueda ser responsabilidad concreta de la gestión anterior. Todo lo malo se diluye en ese culpable difuso e impersonal llamado periodo neoliberal.

El periodo neoliberal, sea lo que sea, no será juzgado conforme a las leyes. El periodo neoliberal es juzgado diariamente en el discurso de Andrés Manuel López Obrador y es encontrado culpable de todos los males del país, los pasados, los presentes y los que puedan venir. Su juicio se ventila día con día en una disertación matutina, sus culpas sirven para explicar el freno de la economía, la creciente violencia e inseguridad, el desabasto de medicinas, la crisis migratoria o la desigualdad. Las conferencias mañaneras son el tribunal de la Cuarta Transformación.

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