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Alejandro Puerto

GUADALAJARA, Jalisco.- No hay ciudad en el mundo con la que se le pueda comparar. Lo que ocurre aquí en México no se repite: la arquitectura de la desaparición ha edificado nuestro espacio público. A lo largo de una avenida entera, dos monumentos coronan ambos extremos del espacio público de mayor calidad en Guadalajara. Al extremo norte, el monumento a la madre Patria; en el extremo sur, sus hijos; sus hijos desaparecidos.

Apropiada por los familiares de las víctimas de la desaparición forzada, la anteriormente conocida como Glorieta de Los Niños Héroes absorbe la vista de cientos de transeúntes acostumbrados a la violencia cotidiana de Jalisco y a la triste lógica que le acompaña. La escena es de terror, nostalgia e irónica tragedia: al pie del monumento una gigantesca lona reza “Glorieta de Lxs Desaparecidxs”, rematada con la consigna “Murieron por la Patria” en letras de oro. A su alrededor hay cientos de lonas, a la más grande le siguen al flanco cientos de rostros de personas no localizadas.

›La guerra contra el narcotráfico impuso una nueva categoría conceptual para el arte, y es el paso al monumento histórico al patrimonio de la tragedia. Es decir, deja de ser histórico porque ya no hay distancia temporal que permita generar una mirada sobre un pasado con diferencia al momento en el que se le contempla, pues la desaparición está muy presente. Es la estética de nuestro presente.

La relación del monumento con la sociedad es de lo más realista posible: produce un desplazamiento de lo unificador como conciencia histórica y relato de integración basado en episodios históricos que le dieron sentido a nuestra permanencia, a la apropiación del monumento para proyectar la realidad innegable: en Jalisco, según cifras oficiales hasta el día de hoy, dos mil 590 personas están desaparecidas, al tiempo que una persona más se suma a la lista de cuerpos no identificados en posesión de la Fiscalía de Jalisco y del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF).

SobrinoM

Una de esas dos mil 590 personas es mi sobrino: Carlos Arturo Ruiz Puerto, desaparecido el 6 de marzo del 2017 en El Grullo, Jalisco, la región con más desaparecidos en el estado. Los detalles de su desaparición poco importan; a nuestros desaparecidos pareciera que los traga la tierra y los escupe en el olvido. La espesura del silencio alrededor de un caso de desaparición es desalentadora: nadie vio, nadie escuchó.

El día de su desaparición comenzó un martirio que marcó a mi familia. La sensación de estar habitado por un vacío inenarrable ha dilatado a lo largo del tiempo como fuerza mayor. La travesía desde entonces ha ocurrido en un escenario vil que, para enfrentarlo como miles de familias, reclamó de nosotros prepararnos para una larga guerra de desgaste. Y es que buscar a nuestros desaparecidos, contrario a lo que muchos creen, no es sólo una batalla contra los criminales: es, principalmente, una batalla contra el gobierno, pues es éste el principal interesado en desmotivar a las víctimas para continuar la búsqueda, poniendo trabas constantes.

Este abandono institucional por parte del gobierno de Jalisco y el gobierno federal, me llevó a buscar a mi sobrino por cuenta propia. Enterado mucho tiempo antes de que saliera en los medios nacionales e internacionales de la existencia de dos cajas de tráiler en las que se almacenaban y transportaban cientos de cuerpos de personas no identificadas (los famosos NN en el lenguaje forense), acudí a la Fiscalía de Jalisco a solicitar orientación sobre el proceso a seguir para buscar a mi sobrino entre las bolsas negras de basura en que conservan a nuestros seres queridos.

Por parte de la Fiscalía recibí una orientación que anticipaba los vicios burocráticos que enfrentaría más tarde: me recomendaron asistir a la Fiscalía Especializada en Personas Desaparecidas. Por una desconfianza inspirada en la tramitología, decidí no acudir y, siguiendo el ejemplo de familias de todo el país, me presenté en las oficinas del IJCF, ubicado sobre la avenida Lázaro Cárdenas en el municipio de Tlaquepaque.

El edificio, integrado a la mancha urbana, es una representación ambiental de la crisis nacional de muerte y desprotección; los aromas que desprende hacen honor a su vocación. Cuadras antes se percibe el olor a sangre vertida, secada por el calor, descompuesta por el tiempo que pasa sobre ella. A la entrada del edificio, un oficial te solicita identificarte: nombre, apellido. Asunto: búsqueda en cuerpos almacenados en cajas de tráiler. Dejo mi INE y me obsequian un tapabocas que rechazo, por respeto a quienes ahí esperan que su familia les regrese la identidad. Da más asco la corrupción y a ella no hay tapabocas que somatice sus fétidos olores.

Desde aquel 6 de marzo te busco por todos lados. No camino un centímetro  de la calle sin voltear a los lados y de sorpresa encontrarte y abrazarte. Mis días desde que te separaron de nosotros los vivo en honor a ti”. Alejandro Puerto

El proceso al interior destaca por su improvisación. El primer filtro, son dos personas en una mesa, rodeadas de decenas de personas con la vista perdida en algún punto gris de las paredes sucias del Instituto. Sentadas, escuchan pacientemente a las familias de las víctimas; toman descripción del familiar al que buscan. De cabeza a pies debes describir a un ser querido que, dolorosamente, los años de ausencia hacen que su imagen se borre lentamente de tu memoria. Talla, peso, color, estatura, rango de edad, tatuajes, cicatrices, tipo de ojos, ropa que llevaba puesta el día de su desaparición, número de carpeta de investigación. Lo hago a la perfección. Conozco mejor el cuerpo de mi sobrino que el mío. Su ausencia me hizo agudizar mis sentidos: todos los días es mi primer y mi último pensamiento; su cara, su sonrisa, la sensación de sus abrazos, pero sobre todo su voz, siento que perderé la cordura el día que deje de recordar como su timbre de voz pronunciaba mi nombre y las palabras dulces que desde pequeño me profería mi primer defensor.

›En la descripción comienzan los errores que han enterrado en el olvido a cientos de personas no identificadas junto a sus familiares. Con esperanza de encontrar a tu familiar entre cientos de cuerpos, la descripción la brindas a personal no capacitado ni experto en temas forenses. Hay dificultades naturales como la confusión de las partes del cuerpo, la especificidad de transcribir la forma de un tatuaje, incluso la traducción a lenguaje escrito del color de su piel. Buscar a mi sobrino me especializó en describir una ausencia, por eso estuve pendiente de no caer ni permitir errores en la descripción. Al final, te desalienta saber algo: los datos que brindas no son anotados en una ficha científica, pensada para estos casos con espacios específicos para ser llenados; es una hoja blanca, tamaño carta de papel bond. Al calce de ella, anotan tu número de ficha: “Alejandro Puerto, ficha 55, busca a Carlos Arturo Ruiz Puerto”. Ficha 55. Hay 54 personas antes de mí y eso que llegué al mediodía.

Pasado el primer filtro, te invitan a esperar en lo que llaman “Área de Búsqueda”, que no es más que el área de Trabajo Social del IJCF. Tiene sentido, ¿por qué un servicio médico especializado en temas forenses debería de tener área de búsqueda? Eso corresponde a la Fiscalía, y la búsqueda, en un Estado funcional, correspondería a la Policía Investigadora, no a las familias empobrecidas por recorrer México fosa por fosa buscando a los suyos. Dos horas después de estar en la improvisada “Área de Búsqueda”, consulto a una oficial de Derechos Humanos de la Fiscalía.

›Me explica que la espera es tanta porque, llegado mi turno, me harán pasar a una oficina a consultar la base de datos de personas no identificadas del IJCF. Para mí es un logro, pocas veces los familiares podemos acceder a esos expedientes. Esperar, esperar. Eso hago desde que hace un año y medio mi vida y la de mis seres queridos se suspendió en el espacio donde el tiempo es más lento.

Pasaron ocho horas y llegó mi turno. En la oficina de búsqueda, dos señoritas que prestan su servicio social me atienden con afecto. Es sorprendente cómo logran sobreponer una sonrisa y un trato amable después de más de ocho horas de trabajo escuchando historias horribles y cotejando características corporales. Al final, tanto ellas como las víctimas padecemos el mismo problema: abandono por parte del Gobierno, pues, la búsqueda y la famosa base de datos, no son científicas ni profesionales. Con base de datos se refieren a un par de carpetas de archivo, de las tradicionales verdes, apiladas en una silla del rincón. En su interior, las carpetas archivan lo que llaman “Ficha de Control de NN”. Están escritas a mano y no son muy abundantes. Imposible no pensar en los errores humanos que mantienen en el olvido a cientos de personas no identificadas, unos causados por el cansancio, otros por la falta de herramientas eficaces. Después de ocho horas de trabajo, una servidora social tuvo que cotejar nuevamente dos documentos llenados por dos personas distintas y con cuya caligrafía no está familiarizada.

Mi cita es breve, después de ocho horas no permanezco más de 10 minutos consultando la base de datos. Todo el tiempo que compartí con madres de todo el país no fue suficiente para que alguien nos explicara la mecánica de la búsqueda. Nadie me dijo que por la tarde sólo se consulta la base de datos de los cuerpos que se han acumulado este año. Si quiero consultar fichas del 2017, tengo que volver un día que no haya tanta gente, preferible si es de 9 de la mañana al mediodía.

Enterado antes de que saliera en medios la existencia de dos cajas de tráiler con cientos de cuerpos de personas no identificadas, acudí a la Fiscalía para seguir con la búsqueda entre las bolsas de basura”.

El peso de la mentira reiterada me oprime el pecho. El gobernador Aristóteles Sandoval ha declarado que los cuerpos de las cajas de tráiler son de 2015 al 2017 y que se cuenta con la ficha de control de todos ellos. De ser así, ¿por qué tengo que volver otro día? ¿por qué no colmar mi búsqueda en ese momento? Experto en distancias cortas, el gobernador ha culpado de esta crisis al IJCF para sostenerse mediáticamente. Actuando con frivolidad y cálculo político, ha dejado caer el peso de su incompetencia al servicio forense, despidiendo funcionarios y aumentando la carga laboral al tiempo que la capacidad operativa sigue sin crecer.

Detrás de esta crisis hay culpables que, por falta de voluntad política, han roto los sueños de familias que esperaban realizar una búsqueda exhaustiva hasta dar con su desaparecido. Es una falta de voluntad política el hecho de que, además de rendirse contra la inseguridad en Jalisco, el gobernador no se hubiera preparado para sus consecuencias de triste lógica: a mayor cantidad de muertes, mayor demanda de servicios forenses, mayor demanda de impartición de justicia. El gobernador, con hábito de sacerdote prehispánico, ofrece más cuerpos al dios de la muerte; como invitación a la violencia, sigue construyendo más refrigeradores; su política es el almacenamiento de cuerpos, salvando sólo la impunidad y clandestinidad con la que 400 cuerpos deambularon por la ciudad de Guadalajara en un tráiler, sin registro ni control sanitario, manejados por personal no capacitado ni resguardados por oficiales de la Fiscalía. No tenían ni un sello de seguridad que garantizara su integridad. La construcción de un instrumento eficaz para su identificación no está en su agenda, a pesar de gobernar un estado cuya tasa de personas no identificadas crece con la regularidad de una persona al día.

Mientras escribo estas líneas, el gobernador ha pedido a personal del IJCF cancelar o postergar vacaciones, así como doblar turnos. No lo dice, pero se nota que su objetivo es seguir alimentando la máquina de la muerte y la desolación, no garantizar el acceso a la justicia a las víctimas ni reparar el daño. Aun así, tenemos esperanza. Al menos mi familia y yo. Para que mi sobrino regrese, en cuerpo, recuerdo o memoria, deben pasar muchas cosas en México. Perdonar y dar paz. Acceder a la verdad, saber qué le pasó. Poder explicarle a mis sobrinos pequeños que ya no deben bajar de madrugada y dejar la puerta de su casa abierta, por si acaso Carlos regresara encuentre donde dormir. Tener la certeza en las instituciones para encontrar las palabras acertadas para decirle a mi madre que lo crió: “aquí está” o simplemente “está descansando con la esperanza de resucitar como tú siempre has creído que nos pasará al final de nuestros días”.

Nada describe la sensación de tener un ser querido desaparecido. Desde aquel 6 de marzo, por si lees esto, te busco por todos lados. No camino un centímetro de la calle sin voltear a los lados y de sorpresa encontrarte y abrazarte. Mis días desde que te separaron de nosotros los vivo en honor a ti y te honro buscándote. Regreso de un día complicado, de nuevo estoy sólo en mi cuarto, veo nuestra foto de pequeños. Pienso en que un día te encontraré. Pienso en el poema de Borges que tanto me gusta, El olvido que seremos, y al que después de ti he traicionado tanto pues yo, sí “… soy el insensato que se aferra al mágico sonido de tu nombre. Pienso, con esperanza, en aquel hombre que no sabrá que fui sobre la tierra. Bajo el indiferente azul del cielo esta meditación es un consuelo”.

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