Laura Borbolla

Desde hace varios años, he escuchado a autoridades del medio de seguridad y justicia decir que, “mientras no cambie la policía corrupta” no habrá resultados diferentes o “hay que depurar las corporaciones”. En mi experiencia personal y profesional -de ya más de dos décadas-, las depuraciones no han terminado y la corrupción no se ha acabado.

He conocido muchos servidores públicos que hacen patria a diario, que no son corruptos y que tienen claridad en cuál es su función institucional, sé que la corrupción policial no es tanta y no es el problema real.

El verdadero problema es que en México, a diferencia de muchos países del mundo, ser policía no es aspiracional, es la última opción de trabajo de alguien. En otras latitudes la carrera policial permite tener una profesión, respetada y digna como la de un médico, enfermera, maestro, veterinario, ingeniero, etcétera. En otras latitudes, un policía corrupto, de antemano sabe que las sanciones para él son graves, severas y que los procesos son ejemplares.

Pero aquí en México lo ilógico es lo natural. Por un lado no se tiene un modelo unificado a nivel nacional de reclutamiento, perfil de ingreso a las academias (en caso de tenerlas), el proceso de formación es diverso, no hay especialización, no hay capacitación para ser mando, no se cuenta con la homologación de armas y adiestramiento en el uso de las mismas, luego el protocolo de uso de la fuerza tampoco es conocido por todos, y más etcéteras.

Hace unos días leí una entrevista que concedió el comisario Perrín, en la que propone que el próximo mando de la Policía Federal salga de sus propias filas. Resulta lógica su propuesta, no es correcto que en lugar de ganar el uniforme y portarlo se disfracen de policías sin haber pasado por la academia. Un amigo policía acreditado como agregado diplomático en México, al comentar sobre la carrera policial en su país me dijo: “En mí país si tú no eres policía, tú no mandas a la policía” simple y lógico. En mi opinión con eso se evitarían muchos problemas ya que los policías buenos buscan que nada ni nadie deshonre a su corporación. Las fuerzas armadas tienen el respeto y fuerza institucional por ello, se ganan el portar el uniforme y cada insignia, grado y condecoración tienen una historia de sacrificio y formación al servicio de la patria.

En México, los mandos policiacos en su mayoría no tienen formación ni práctica policial, porque una agenda tan técnica como la de “Seguridad” se ha dejado en manos de políticos. Basta revisar, la gran mayoría de los Secretarios de Seguridad Pública Estatal y Municipal no son policías, lo mismo ocurre con la Policía Federal, en el mejor de los supuestos son militares en retiro o en activo comisionados; lo cual trae otro problema, no existen prácticas con respeto a los estándares internacionales de Derechos Humanos.

El tema de forma, entonces se convierte de fondo, hay que dignificar la carrera policial; homologar los estándares basados en prácticas internacionales, certificar no sólo con el tema de “evaluación de confianza”. Se requiere de que tengan formación, capacitación y una remuneración suficiente para que no se presten a ningún cohecho. Que tengan prestaciones acordes a lo que implica a diario poner en peligro su vida por la de los demás. Que sepan que si alguna tragedia ocurre, no dejan a sus hijos sin educación ni casa. Que tengan un seguro de vida, de retiro digno y de gastos médicos con el que tengan la certeza que el Estado no escatimó recurso alguno para que recuperaran su salud plena.

La Cuarta Transformación (4-T) debe ser de fondo, el fortalecimiento institucional sin regateos y eso también implica ser feroces en las investigaciones y sanciones cuando alguien traicione a México, sin importar cual sea el servicio que preste. La inconstitucionalidad más grave es la excepcionalidad del artículo 123 en su apartado B para Policías, Peritos y Ministerios Públicos.

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